12/24/2007

Desayuno de diamantes

La comedia de Blake Edwards, “Desayuno en Tiffany”, parecerá una estúpida historia romántica hollywoodence de 1961. Tal como en “Las mariposas son libres”, con dos jóvenes se encuentran en la gran ciudad, como vecinos de un edificio; ingenuo él, despreocupada ella, quienes al final se enamoran.
Eso, en apariencia porque lo mágico de este film es la temática subyacente y que no deja de sorprender en esta sociedad chilensis bastante pacata en exponer algunos temas latentes. Estamos hablando de un film de los ’60, donde la temática de la prostitución encubierta se ve embalsamada por la genialidad de su director.
En la Gran Manzana cohabitan Holly, suerte de dama de compañía de potentados empresarios, y Paul Varjak, un joven aspirante a escritor que no encuentra nada mejor que mantenerse como gigoló. En esta comedia no hay escenas de sexo explícito, si no que la blancura radiante de dos palomas que anudan un final cuadrado y autocomplaciente, en nombre de ese viejo ideal llamado amor.
Imposible dejar de relacionarlo con mis abuelos, imaginándolos en fiestas donde el alcohol, las drogas y las libertades sexuales hacían sus primeras apariciones en esta sociedad de consumo. Para muchos años después, encontrarnos con un film de similares características y, oh que coincidencia, de manos de otro mago de la comedia: Woody Allen con “Match Point” y la temática de los trepadores sociales a como de lugar.
Claro que Woody enfrenta la temática del oportunismo con más libertad que Edwards, en una época tal vez más conservadora en lo público, porque en lo privado volvemos sobre tendencias que siempre hemos demostrado como raza: la llegada al poder por medio de la complacencia de los deseos sexuales.
“Desayuno en Tiffany” es un film emblemático por los temas atrevidos que trató en su momento, por la empatía de sus personajes con una destacada Audrey Hepburn; una canción que hasta el día de hoy suena y que fue emblema de uno de los capítulos de “Sexo en la ciudad”.
Un film que comienza con un bocado frente a la joyería Tiffany, con una joven de estilo de vida a todas luces superficial, y que termina, para mal de muchos, en medio de una lluvia en un callejón miserable de Nueva York, con una vida de amor a prodigarse por delante. Claro que sólo para los que creen que el amor es el único pivote que puede echar abajo las ansias de triunfo y comodidad burguesa.

12/18/2007

Queridos ochentas

Me llama la atención que varias de nuestras mentes más excelsas pregonen con pesimismo los tiempos que corren hoy en día. José Saramago y Armando Uribe, portugués uno, chileno el otro, reconocidos por su trabajo literario que convergen en una opinión: no les gusta cómo está el mundo desde que pasamos del año 2000.
Entre otras cosas, aluden a esa falta de valores que nos hagan una raza más amigable. La música tecno sería el síntoma más característico de esta suerte de egoísmo existencialista. Tal vez por ello tendemos a valorizar más lo antiguo que lo nuevo. Los dibujos animados de los ’80, una época con canciones y temas que no sueltan ni las generaciones escolares más recientes.
En medio de este descontento hay algunos atisbos que nos alegran. ¿Qué tienen en común el movimiento de los pingüinos del año pasado con las tomas estudiantiles de 1984?, en que aún es posible creer en un mundo mejor, basado en una educación de mejor calidad y más igualitaria.
Para los que hemos pasado la treintena “Actores secundarios”, de los realizadores Pachi Bustos y Jorge Leiva, nos traerán a la memoria los zapatos pluma y los jeans amasados; las chasquillas estilo pestañas y la Claudia Miranda haciendo sus piruetas en el aire emulando los movimientos del Flashdance. Algo de eso tiene este documental que parte con la toma del liceo Valentín Letelier en Santiago en 1984, pidiendo más democracia.
Más de alguien verá este film como un acto valiente y soberbio. Sin embargo, una mirada traslúcida nos remitirá a esos mitines donde la energía juvenil planeaba revistas y escaramuzas para alterar el orden del gobierno de turno hasta llegar al “pago de Chile”: la desazón del olvido de un segmento de la población que abogó por un cambio de mando.
Fatalista por donde se mire. “Actores secundarios” es la historia no concluida de una administración que aún no paga sus deudas. Las coordinadoras de estudiantes siguen siendo casi las mismas, pero ahora no saben por qué luchar sino que por un boleto de micro gratuito. Señera lección cuando vuelven al liceo los ex alumnos, los que combatieron, y hablan con las nuevas generaciones ahogándose en la miseria de saber que sus deseos quedaron inconclusos.
Mejor la literatura de Thomás Moulián, al menos acá hay luces para salir del letargo de un film que es una denuncia con amarres.

12/11/2007

El carpintero infeliz


Para el desarrollo de esta trama no hay nada más que una escuela de carpintería, una farmacia y una barraca. Los diálogos son los menos, incluso casi la mitad del film parece un documental para educar acerca de las mejores técnicas de carpintería. Aún así, obliga a no quitar la vista al ofrecer más preguntas que respuestas; y mejor aún, el final es francamente sorprendente.
Desde un comienzo el director de “El hijo”, Jean Pierre, obliga al espectador a seguir los pasos del protagonista con una cámara que lo sigue desde la nuca donde quiera que vaya. Es un juego de estilo para adentrarse en la mente del personaje principal: un carpintero perfeccionista, exigente, solitario, que vive del trabajo impecable de una tabla y del ejercicio constante de su cuerpo.
Hasta que llega un nuevo alumno a su clase de carpintería. Al principio pide que lo cambien de taller, pero después lo acepta. Lo espía, lo mira de reojo y, en una oportunidad, decide almorzar en la cocina del instituto con tal de no toparse con él en los comedores. Hasta ahí, el film sólo es motivo de interés para los amantes en el trabajo de la madera. Francia, la cuna de los artesanos; para ellos este oficio es una labor de cuidadosa preparación.
Pero el profesor se obsesiona con este muchacho, hasta el punto de seguirlo y entrar a su habitación sin que el joven sepa. Se encuentran en una oportunidad en un lugar de expendio de comida rápida y entablan amistad. Lo cierto es que el curso está compuesto por cinco estudiantes que forman parte de un plan de reinserción social. Son ex presidiarios y todo parece indicar que el hombre es un altruista a prueba de balas.
Pero su ex esposa le dice que cómo se le ocurre recibir al muchacho en el aula. Decide conocerlo en persona, pero él se lo impide. ¿Es el hijo de él?, ¿es hijo de ella?, ¿es hijo del propio demonio? Pierre va trabajando el film con la maestría de un artesano sobre un tronco en bruto. Desprolijo de atractivos desde un comienzo, pero que a la postre va tomando forma de algo que incomoda, que se enquista en el alma y no hay modo de clarificarlo sino que viendo el film hasta el final.
Hay claves para entender este film moralista: el carpintero, como el Cristo del nuevo siglo que viene a reivindicar el perdón por sobre todas las cosas.

12/05/2007

Olas Salvajes

La vi en un soporífero viaje en bus y, casi sin darme cuenta, fue atrapando mi interés dejándome ese sabor de haber acortado el viaje invirtiendo el tiempo en algo entretenido. Se trata de olas, pues ahora llega el verano iquiqueño, se trata de surf, con más de algún campeonato atrayendo a los mejores de esta disciplina del país, pero se trata de amor también.
Hacía tiempo que no veía una versión de la Cenicienta remasterizada. Un trío de jovencitas llegan hasta las cálidas playas de Hawaii, con el fin que una de ellas participe en una competencia de surf en un lugar donde las olas pueden alcanzar fácilmente los seis metros de altura. Para ello se convierten en camareras, lo que les permite mantenerse mientras dure el entrenamiento.
Sin embargo, toda la confianza y esfuerzos invertidos en la joven se ven repentinamente amenazados cuando la deportista se enamora de un principiante del surf, con mucho dinero. Los jacuzis la deslumbran, así como las fiestas al calor de una hoguera, cocos y piñas coladas. Sus hermanas, por cierto, resienten este alejamiento.
Las imágenes paradisíacas de la isla, sumadas a arriesgadas maniobras de cámara, ubican al espectador debajo de las olas en travellings perfectos, como una clara invitación a sacarse esos gruesos abrigos de lana y meterse al agua a como de lugar.
“Olas salvajes”, del director John Stockwell, recrean esa vieja aspiración ya casi extinta, creo, de casarse con el hombre más adinerado y apuesto del lugar, con una buena dosis de esfuerzo propio. El film peca de escarbar con escaso interés en esta tribu urbana bastante característica en esta ciudad. La de surfistas buenos para amanecerse, practicantes de una vida sana y relajada, lejos de las parrandas de alcohol de otras agrupaciones juveniles.
A ratos recuerda la zanbullidas en “Azul profundo”, de Luc Besson, ambas con protagonistas de carisma sereno, como si el nerviosismo de las olas ayudaran a aquietar las aguas internas de las pasiones. “Olas salvajes” entretiene y más para los iquiqueños amantes del mar, porque alienta una actividad deportiva que no hay que dejar decaer, como ocurrió con la caza submarina.
Si no entiende cómo se gana en una competencia de surf, tiene que ver este film con una buena piña colada en la mano y un traje de baño por si le dan ganas de meterse en Cavancha con bloqueador solar.

11/26/2007

Amores profanos

El protagonista es un fotógrafo homosexual que acude al médico para que diagnostique los motivos de su malestar físico. Todo parece indicar que contrajo el virus VIH, pero no es eso, sino que tiene un cáncer terminal ramificado por todo el cuerpo y que, de no tratarse, le restan tres meses de vida. Lo peor es que se niega a someterse al tratamiento con radioterapia.
Así comienza el film “Tiempo de vivir” de Francois Ozon y que arrasó con los premios César. Trata de la vida de un hombre arrogante para quien empieza a vivir el proceso de su muerte con valentía y, hasta este punto, todo parece indicar que dedicará sus últimas horas a hacer lo que nunca hizo en su vida. Sin embargo, este cliché sería cierto de no ser por una dirección desprolija de sentimentalismos y una actuación a prueba de balas.
De partida, el joven se enfrenta a su hermana con quien nunca congenió, termina con su pareja de forma violenta y se rapa la cabeza en una espiral de acontecimientos que parecen ser su propia venganza por el destino cruel al que lo sentenció la vida. Sin embargo, la visita a casa de su abuela abre las compuertas a otra forma de mirar el mundo. Él le confiesa que decidió visitarla porque sabe que le queda tan poco tiempo como a él.
De regreso, se interpone con una pareja que están incapacitados de tener hijos. Entonces le proponen que fecunde a la mujer, con tal de tener él mismo un descendiente y ellos el hijo que tanto quieren. Problemas de reclamos por tuición saben que no habrá, ya que es un muerto en vida.
Si habría que parodiar el título de este film habría que llamarlo “El amor en los tiempos del cáncer”, ya que la enfermedad es la excusa para reflejar el cambio radical en la forma en que nos estamos relacionando. Donde la ciencia genética que todo lo puede se entrecruza con una moral de alcances insospechados.. El exitoso de siempre ya no lo es tanto, y desde esa postura comienza a registrar con su cámara fotográfica aquellas imágenes que quisiera llevarse tras su muerte: la sonrisa de su hermana, el sueño tranquilo de su ex pareja o un par de niños bañándose en la playa.
El final va decantando en una placidez sin remedio. El agua, el mar, en contraposición a la esquizofrenia de la gran ciudad. Un film imperdible para los viejos que quieren saber de qué modo amarán sus nietos o para que los jóvenes comienzan a tomarse más en serio esos otros detalles que les ofrece el entorno, lejos del exitismo pomposo y hueco.

11/14/2007

Herencias inolvidables

Tal parece que las primeras escenas de “Herencia”, de la debutante directora argentina Paula Hernández, fueron tomadas del cuento chileno “El vaso de leche” de Manuel Rojas. Pero ese es sólo el comienzo para darnos cuenta de un film de exquisita sensibilidad pese a todo el contraste pesimista que hacen los medios de Buenos Aires.
Olinda es propietaria de un restorán bonaerense, en tiempos en que desea vender su propiedad para retornar a Italia. Sin embargo, las dudas persisten hasta que llega a su vida un joven inmigrante alemán en busca de comida y un techo donde dormir, después de haber sido víctima de un robo.
La relación de hosquedad caracterizada desde un comienzo por Olinda va cediendo al cariño casi maternal por este desconocido. ¿La razón?, pues Olinda empieza a reforzar la idea de irse de Argentina, al relacionar esos sueños casi olvidados que tenía con los ímpetus irrevocables que tiene el alemán de quedarse.
“Cuando se es joven nunca se pierde la esperanza de ser feliz”, dice ella, pero Peter no se engaña y le responde que la actitud acogedora de ella no sería la misma en Alemania ya que “si me robasen allá, nadie me ayudaría”. Claro está que el fenómeno de la inmigración no es algo nuevo, como tampoco lo es la solidaridad, la nostalgia y el deseo del eterno retorno como Ulises. En esta repetición de ideas fuerza, Hernández incorpora los cambios en los gustos que impone el mercado, en una escena clave cuando Olinda se atreve a ir a uno de estos “fast food”, señal que su negocio necesita un retoque de modernidad.
Una historia entrañable, aunque se deje de lado todo el flagelo de la emigración que vive nuestro vecino país. Una obra para saldar deudas con la nostalgia, el amor por lo propio y, por sobretodo, la demostración de afecto que conforman las identidades nacionales. Peter no siente ese apego por Argentina hasta que su vecina se atreve a llevarlo de la mano a recorrer esas callecitas multicolores ¿viste?, después de lo cual Peter dice “este es el primer día lindo para mí en Buenos Aires”.
Curioso que esta cinta sea re premiada sólo por la industria de cine independiente. Algo parecido ocurrió con “Whisky”, de los realizadores uruguayos Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Realmente el cine trasandino las lleva en sentimiento en medio de la sinrazón de los tiempos modernos.

11/07/2007

Todo Oídos

Alguna vez la Mistral se tiró al suelo diciendo que en medio de tanta intelectualidad, siempre reflotaban en ella esas raíces medio salvajes que, aseguraba, la perseguían adonde fuera. Esa misma idea impregna el film “El latido de mi corazón” hasta el final. Vocación versus amor. Pasión por la música, versus pasión por los negocios. Gusto por la melodía tecno, versus los sones selectos.
Thomas es un joven francés que vive junto a su padre con quien trabaja en el negocio de la inmobiliaria. Su labor consiste en hacer la vida imposible a aquellos inquilinos duros de pagar la renta del mes. Mete ratones, golpea e, inclusive, incendia inmuebles con tal de sacar a los morosos clientes. En medio de esa odisea no deja de escuchar música tecno.
Hasta que se enamora de la esposa de su mejor amigo, como el último vestigio de esa vida insensata que lleva antes de volcar todo su ingenio para llegar a convertirse en un eximio pianista. Todo ocurre en el momento en que divisa a un antiguo profesor de música, amigo de su madre muerta, una practicante del piano con soltura. Contrata los servicios de una estudiante china, quien realiza una especialización en el viejo continente. Desde un comienzo el idioma se interpone entre maestra y alumno y este será uno de los pasajes ideales para que el director, Jacques Audriard, eleve a los altares el lenguaje universal de la música.
Excelente realización europea para quienes sienten la vida con sinsabor. Más de alguien querrá saber lo que ocurrió con esa pasión que amasó durante su juventud y que luego fue olvidando con los avatares de la vida cotidiana. Algo de ello hay también en la película inglesa “Billy Elliot”, cuando la pasión se abre camino por las espesuras más impenetrables.Pero no todo es sublimación para los sentidos refinados. Hacia el final se deja entrever que las pasiones violentas perdurarán en el protagonista, por mucha terapia musical que tenga. Será una lucha constante la suya, la de estar en los nimbos de la “alta” cultura y aquellas aristas básicas como el deseo de venganza y la lujuria. No se sabe qué pasó después con su amante, porque lo importante acá es destacar ideas fuerzas como las condiciones marginales en que viven los inmigrantes, la fuerza del espíritu de superación y el amor que a veces, sólo a veces, vienen tomados de la mano.

10/30/2007

Mariposa juvenil

Era aún un niño cuando vi esta película por vez primera. Sólo recordaba una escena, de cuando un joven ciego intenta conocer a su vecina palpándole el rostro y se asusta al darse cuenta que tenía pestañas postizas y peluca. Era todo lo que tenía en mente hasta que el canal de los clásicos del cable me devolvió la memoria completa.
Se trata de “Las mariposas son libres”, del director Milton Katseles, hecha en 1972. Es lo más hippie que he visto con el amor, en medio de las flores de la adolescencia, como plato de fondo, en una comedia que dio a conocer a una novata Goldie Hawn y un desconocido Edward Albert.
Una joven llega hasta San Francisco, la capital del mundo hippie, para abrirse camino en el mundo del teatro. Llega a vivir a un apartamento, cuyo vecino es un joven ciego y adinerado que intentará durante un mes librarse del yugo de su madre. Se conocen, se hacen amigos y, quizás, se enamoran.
Él es un chico inteligente y sensible; ella, una mariposa sin mayores preocupaciones. El amor juvenil despierta en esta verdadera radiografía de uno de los movimientos sociales de grandes repercusiones para el siglo que estaba por venir (la corriente ecológica es una de estas vertientes que se gestó en esa época, así como nuestra infamada píldora del día después). Los hippies de San Francisco hacían nata en las calles con sus collares, sus blusas floreadas y sus puchos de macoña.
A estas alturas sería un documental, de no ser porque está basada en una irrealidad que tiene mucho de verdad. Al amor erótico se suma el sentimiento de una madre aprehensiva (genial Hielen Heckart), con los mejor que tiene el film: las hilarantes conversaciones que tiene la madre con la desarrapada muchacha y, después, con el amigo de ésta. Cómo no olvidar la escena en que la señora ofrece una manzana a la joven y ella no recuerda bien en donde vio una escena similar...Estupendo para los amantes del vintage; un estímulo al sentido del humor sincero; y una peculiar forma de buscar la autorrealización juvenil, sino fuera por ese ya particular final autocomplaciente del cine norteamericano. Lo deficiente: carece de una banda sonora de lujo. Lo curioso: todo ocurre en esos apartamentos que hoy conocemos como loft y que antes eran considerados como verdaderas ratoneras citadinas.

10/22/2007

¿Iletrados tercermundistas?

“Borat”, del director Larry Charles, es la demostración genuina de la decadencia del imperio americano. Valga la observación no por las grietas que pueda estar sufriendo Estados Unidos, sino todo lo contrario: acá un país tercermundista como Kazajstán es expuesto como una horda de iletrados, sorprendidos y apabullados por el grado de civilización americano manifestado hasta en las costumbres de usar papel higiénico.
Borat es el nombre del mejor periodista que posee el infamado país europeo. El film comienza con una radiografía de las calles miserables y el estilo de vida retrasado de Kazajstán (valga nombrar que esta nación hizo un reclamo formal ante la embajada de Estados Unidos). Borat viaja a Norteamérica para aprender sus costumbres junto a su productor, un regordete personaje que anuncia la llegada a la gran comedia del séptimo arte a unos renovados Laurel y Hardy del documental.
Pero después todo se despeña en un absurdo que deja el manejo de personajes que más parecen actores que ciudadanos comunes y corrientes. Es que Borat debería haber llegado para ridiculizar a la ciudadanía norteamericana basándose en una supuesta intolerancia yanki de manera natural, pero ocurre todo lo contrario.
Uno de los primeros entrevistados anuncia el fracasado humor de la cinta, cuando señala que “aquí no nos burlamos de aquello que no escogemos” y es precisamente ahí adonde apunta la comicidad de Charles, tratando infructuosamente de acometer contra los judíos, los evangélicos, las mujeres y los homosexuales; salvo algunas advertencias hacia un país radicalizado en la venta de armas y un nacionalismo exacerbado, le resto de las críticas están dirigidas hacia un Borat bastante intolerante.Con serias incongruencias, la cinta transforma la estadía de reportero en una causa para encontrarse con su enamorada Pamela Anderson. Luego, al verla en un video pornográfico, Borat se desanima y sufre; pero al final logra llevarse como souvenir de vuelta a su patria nada menos que a una prostituta de color. Más que hacer reír, Borat irrumpe por el lado agresivo que tiene la ironía para, simplemente, provocar la rabia.

10/18/2007

Mitos Musulmanes

Dos turcos se enamoran en Estambul. Ella es una muchacha de veinte años que intenta recuperarse de un intento de suicidio; él, un cuarentón alcohólico. Ella (Sibel) no encuentra más escapatoria a su atribulada vida que casarse con el hombre menos indicado, sólo para contravenir las costumbres de su familia medio musulmana.
Sibel es amante de la buena cocina, del orden y la vida hogareña, mientras que Cahit vive en un cuartucho de mala suerte apostando a la vida al lado de una botella de alcohol. Lo único que los une es esa mirada pesimista de pararse frente a la vida con resignación. La miseria abunda a borbotones en este film que en muchas aspectos lleva la impronta de “Réquiem por un sueño”, y la pluma nihilista de Charles Bukowski.
Nunca he entendido esas ganas de retratar la miseria por la miseria, en un acto que tiene mucho de enfermizo. Como esas muestras de arte donde se exhibe un retrete después de haber sido usado con desmesura. No hay escapes a tanta idolatría para mostrar lo peor del alma humana, supongo que con fines de redentores. Salvo algunos pasajes de hondo sentimentalismo, como cuando ella cocina y él se deja llevar por esa aparente vida llena de absurdos hasta que, como señala el efecto Pigmalión, los roles se invierten.
Pero para qué les cuento el final tan sorprendente como su desarrollo. “Contra la pared”, del director moro Fatih Akin, ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2004. Y claro, después de verla queda algo de la sensación de la fina exquisitez de “La vida soñada de los ángeles”, con el pasar de esas aves raras que intentan vivir en los linderos de la civilización, queriendo escapar de todo orden de cosas, pero al final se dan cuenta que eso sólo los puede llevar a la locura vislumbrando sólo una vía alternativa: dejarse convertir en un ladrilló más del muro.Interesante desde el punto que permite conocer la concepción de vida que tienen parte de los musulmanes del viejo continente, metafóricamente tal vez, viéndose acorralados por la vorágine de la modernidad del alcohol, la prostitución y las drogas. Con ese velado mensaje que sólo los valores morales familiares están llamados a servir de guía de salvación en esta confusa carrera por conocer los motivos de dos personajes que se retuercen de dolor al intentar burlar los designios del amor, la sociedad y la opresión.

10/09/2007

Pasaje a la Libertad

“Pasaje a la India”, del director, David Lean, tal vez sea uno de los films más premiados en la década de los ’80 y hoy uno de los más injustificadamente olvidados. Basado en un libro del escritor británico Edward M. Forster, anunció con clarividencia hace más de un siglo lo que estaba por venir: la oleada independentista de los países sometidos a los reinados europeos.
Hasta ese momento, sólo era meritorio de interés todo aquello que venía de las culturas hegemónicas formadas bajo el bloque de las potencias, en especial, de los reinados expansionistas como Inglaterra. Sin embargo, tanto la novela como el film pudieron conservar el aliento de inconformidad que vivían los habitantes sometidos, sin derecho a voz, habituados a merecer un poco de atención como el amo al perro que ladra de vez en cuando.
“Pasaje a la India” cuenta la travesía que debe emprender una respetable ciudadana inglesa, con férreos contactos con la corona británica, hacia la India. Un país donde está su prometido, rodeado por un cerco prohibido de traspasar para los ciudadanos de la gran corona. Sin embargo, con el pasar de los días, la sensibilidad de mujer curiosa va develando un mundo que aprecia con estupor, como cuando se atreve a dar un paseo en bicicleta para encontrarse de sopetón con las esculturas sensuales del kamazutra habitadas por monos violentos.
Semejante temática es la que protagonizó Meryl Streep en “África mía” pero, menos sentimental que ésta, “Pasaje a la India” va cediendo terreno al motivo amoroso para encontrarse en las aguas turbulentas del juicio por violación contra uno de los indios que había demostrado un respeto casi reverencial por los invitados de turno. Eso, en apariencia. “El imperio del sol”, de Steven Spielberg, retoma los episodios justo donde termina “Pasaje a la India”, con el niño inglés abofeteado por su propia criada coreana cuando la revolución de los subordinados era inminente.En Chile no es posible imaginar la condición de país sumido por los dictámenes culturales de una potencia extranjera. La India sólo se independizó en 1954, con un desarrollo cultural que hasta hoy no ha sido cuantificado en términos de beneficios y perjuicios y que pronto llevó a otras naciones, las africanas por ejemplo, a emular sus ímpetus de país libre, hoy, en proceso de consolidación.

10/02/2007

La foto del terror


Si hay algo que nos saca del sopor del trabajo o la familia, es el temor. Ese instinto tan viejo como la raza humana que nos impele a cometer actos que van más allá de nuestra propia racionalidad. El miedo, como el amor, es una de las pasiones más extrañas y que el arte nos ofrece una aproximación de la forma más sencilla que posee: asustándonos.
Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom son dos jóvenes tailandeses creadores de “Shutter”, una cinta del más puro terror asiático, lejos de los circuitos comerciales de este lado del continente. Hace tiempo que las grandes potencias han cedido terreno en cuanto al cine de terror y “Shutter” viene a confirmar esta premisa.
El destino se encarga de reunir a dos jóvenes en una relación que parece ser el preludio de una aventura de amor a prueba de balas. Sin embargo, después de un carrete, van conduciendo por la carretera en un automóvil para atropellar accidentalmente a una mujer ocasionando la fuga de los supuestos asesinos. Desde ese momento, comienzan a desencadenarse una serie de extraños acontecimientos que se relacionan con la aparición de unas manchas en las fotografías de él, que es fotógrafo, y sorpresivas apariciones a ella.
Hasta ahí, el consabido relato que desde hace tiempo el cine asiático viene convirtiendo ya en receta. Todo desencadena en un hecho concreto, se encuentra la solución, pero al final ocurre siempre un hecho que deja en entredicho la relación que existe entre el mundo terrenal y esa área que parece rondar a los que cruzan las puertas quejumbrosas de la muerte.
Lo curioso de estas realizaciones es que dejan entrever otras lecturas. Una: el juego que rompe con lo que creemos saber como realidad, algo parecido pasó con las facturas sicológicas que dejó Syamalan en “Sexto sentido”. Segundo: el sinsentido de vivir gobernados por las tecnologías. Esta vez es la fotografía la utilizada como medio para conectar a los vivos con los muertos. Tercero: la aparición de esos extraños personajes que en vida son considerados como parias de la sociedad y que al final terminan vengándose de quienes los humillaron.Otra curiosidad que atraviesa todas las realizaciones de terror asiático, es la dualidad entre campo y ciudad. En este caso, Jane y Tun deben salir de la metrópolis hacia un pueblo rupestre para encontrar sosiego espiritual. Con “Shutter”, hay terror de la mejor factura, porque permite mirar más allá, a través del lente de una cámara fotográfica.

9/20/2007

Pájaro en mano

El primer impulso que uno tiene al ver, y más que nada escuchar, el film “La vie en rose”, de Oliver Duham, es entrar a una tienda y comprar la banda sonora de la película. “La vida en rosa”, que de rosa tenía bien poco, aborda la biografía del “gorrión” de Francia, Edith Piaf, trágica, fatalista, sostenida por los acordes de una voz profunda que fue la Francia misma de la posguerra.
Lo afirma magistralmente en la escena en que Edith canta para el público de Nueva York, cuando aparece una madura Marlene Dietrich para agradecer a la cantante “toda esa Francia” que volvió a sentir, después de años de estar lejos de la capital parisina. Y es que el film, sin la banda sonora, habría pasado por las salas de cine con más penas que glorias. Por lo demás, se omite tajantemente que Dietrich fue amante de la gorrioncito francés.
Complicado trabajo cuando se trata de abordar la vida de una cantante para quien los días la fueron consumiendo en la alegría impostada del alcohol y las drogas. Una Marilyn Monroe europea, con aristas complicadas en la línea argumental, debido al hecho de querer acentuar los aspectos dramáticos a fin de reafirmar la tesis que todo su arte estuvo impelido constantemente por una azarosa trayectoria.
Mejor hubiera sido enfocarse en una etapa de su carrera, en el trabajo de su voz o en los artilugios siniestros que la fueron conformando como mujer fatal. Sólo hacia el final se aprecia lo lamentables esfuerzos por contener todo (“más vale pájaro en mano que cien volando”), en una caleidoscópica ansiedad por incluir pasajes que más que aclarar, confunden. Así, la escena donde aparece Edith llamando en la agonía a una hija muerta que hasta ese instante jamás fue nombrada.
Duham debería haber trabajado con la misma consecuencia con que soslayó de plano la participación de la artista durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hay omisiones que alteran el sentido del film, como el paso del descrédito (después de la acusación de asesinato de un empresario) a la fama rodeada de managers y peluqueros. Se agradece la participación de Marion Cotillard, aunque a veces tiende a caer en la caricatura humorística. Pero, de seguro, más de alguien recordará algunos temas que ya forman parte del bagaje cultural del mundo, y que viene del registro de esta voz desgarrada y original que Francia no ha vuelto a repetir.

9/12/2007

Golpe a la digestión

Nada mejor para estas Fiestas Patrias que servirse una malta con huevo, un trago nacional que, como la película del mismo nombre, innova, combina distintos elementos, tiene buen sabor, pero al final de todo obliga a correr al primer baño para devolver todo lo consumido.
Con “Malta con huevo”, Cristóbal Valderrama debuta en el cine con más aciertos que fracasos. Es la historia simple de un muchacho vividor de quien no se sabe a ciencia cierta de qué sobrevive. Anda en una citroneta amarilla, la que utiliza hasta de dormitorio cada vez que lo echan de las pensiones, con meses de deudas. Hasta que encuentra a un amigo de la época en que eran liceanos. Cree “envolverlo” para irse a vivir juntos y, de esta forma, alivianar en parte la carga de pagar el alquiler.
Hasta que un día despierta y se da cuenta que han pasado veinte días, con todo ese tiempo sin saber realmente qué pasó. Cree que se está volviendo loco y busca en vano orientación en su amigo hiper ordenado, ultra peinado, yerno ideal para cualquier madre chilena. Hasta acá la primera parte del film, con secuencias fantásticas y de suspense de buen nivel. Es aquí mismo donde cobra vida la narración en off del amigo ordenado y a desentrañarse las verdaderas razones por las cuales su amigo estaba volviéndose loco.
El más tranquilo de los inquilinos era un químico frustrado con ímpetus de asesino. No halló nada mejor que urdir la trama para encontrar a su víctima, un tipo a quien nadie echaría de menos por ser un estorbo para la sociedad. Acá está lo más raro de la realización con un humor negro, pero de un negro combinado con el rojo del gore, que retrata lo desquiciada que está la sociedad chilena. Alberto Fuguet, el productor, se especializa en acentuar estos rasgos patológicos.
Están los motivos que mueven al químico para asesinar, como el resabio violento de una época marcada por asesinatos con impunidad. Está el pasaje donde el vividor entra a la habitación en medio de una fiesta para intentar violar a una mujer alcoholizada. Una oda al alcoholismo, donde la mujer no queda bien parada y menos los hombres tratados como tarados y desequilibrados. Un retrato bastante deprimente de quienes somos, claro que con humor, un final fuera de lugar, para asumir con audacia toda la miseria “chilensis”. Felices Fiestas.

9/06/2007

Las zapatillas de Billy

“Billy Elliot”, del director británico Stephen Daldry, fue una de esas pequeñas joyitas que corrió por el circuito menos comercial de Inglaterra y, por esas cosas del destino, llega a convertirse en un film aclamado en el mundo con premios en España y Estados Unidos. Tiene razones de sobra, si consideramos la trama que es una mezcla de comedia y dramatismo, de sensibilidad humana intensa y conflictos sociales del régimen duro de Margaret Thatcher.
Billy es un niño que vive junto a su hermano mayor, su padre y su abuela en un pueblo del norte de Inglaterra. Su futuro está limitado por la actividad del lugar que le tocó nacer, una zona minera donde los vecinos luchan por la reivindicación de su derecho a trabajar. Es época de huelgas, con un padre agarrándose la cabeza a dos manos cada vez que vuelve a casa con su hijo mayor.
Billy tiene once años y vive saltando entre charcos de agua bajo días nublados. Palpitando en él la música de forma distinta que al resto, pero no lo sabe. Hasta que encuentra en su camino a la maestra Silkinson, un personaje deschavetado, suerte de ángel que, a regañadientes, le quita los guantes de boxeo para calzarle un par de diminutos zapatos de ballet.
Muchos creerán que se trata de un film de reivindicación de los derechos homosexuales y podría serlo. Aunque trasciende los linderos sexuales para abarcar en amplitud el panorama de la sensibilidad humana, el desarrollo de aquel don que, de no alimentarlo, muere por anorexia. Pero también el film clama por esas oportunidades que la sociedad debiera brindar a cada uno de los ciudadanos para desarrollar estas habilidades. Las huelgas de las minas de carbón sirven para graficar esta demanda connatural al hombre.
Imposible olvidar a ese padre viudo para quien la vida es un trago amargo, quebrándose y, al final, aceptar el destino feliz de Billy. Hay otro film que trata el amor filial tan potente como éste: “Jinete de ballenas”, y otro que intenta socavar los motivos de la autorrealización: “Imperio del sol”. Ambos protagonizados por menores, en una etapa cruel que sobrellevan con hidalguía encima de las mareas de la discriminación y la ceguera social de mentalidad grisácea.
Todos los hombres debemos calzar alguna vez las zapatillas de Billy, de lo contrario confórmese con ver este clásico realmente inolvidable.

8/29/2007

Cortesana honorable

Es curioso que en el siglo 18 mientras el amor romántico se consolida en films como “Cyrano de Bergerac” o las incontables versiones de “Romeo y Julieta”, aparezcan obras que retratan el reverso de la medalla. Nada mejor para la moralina norteamericana para apoyarse en los escritos del Marques de Sade, pero hay una mujer, Margaret Rosenthal, que se atrevió a retratar la vida de una meretriz.
Su libro “La honesta cortesana” fue adaptado al cine por Marshall Herskovitz con el título “Belleza peligrosa”. Mezcla entre la escolástica dejada por “Memorias de una geisha” y el destino fatal de “Orquídea salvaje”, el film de Herskovitz tenía de todo para hacer de este retrato de la época de las pelucas empolvadas y los corsés, un film tan inolvidable como aleccionador.
La historia está ambientada en una Venecia con aires de fiesta, donde las “cortesanas” se paseaban en goletas mostrando sus atributos. El pueblo participaba de estos jolgorios con alegría, pero era una algarabía circunscrita a los hombres. Aparece una muchacha que espera encontrar al hombre de sus sueños, y lo encuentra. Comienzan a verse a escondidas y se enamoran. Todo habría desembocado en un matrimonio de cuentos de hadas salvo por una cosa: él pertenece a una familia acaudalada acostumbrada a los enlaces por interés. Ella, en tanto, pertenece a la clase baja.
La madre de la niña (una bien conservada Jacqueline Bisset) trata en vano de aconsejarle lo inútil que es sufrir por amor. Entonces le muestra algunas opciones que deberá tomar en la vida: hacerse lavandera, monja o... prostituta. Le confiesa que tanto ella como la abuela habían ejercido el mismo oficio, razón que la lleva a aleccionarla tanto física como mentalmente.
“Ama el amor, pero no al hombre; si no estarás a su merced” y “el bien más preciado para una mujer es el conocimiento” llevarán a la joven a adorar este ejercicio más que nada porque en esa época eran las únicas mujeres de la baja escala social que podían visitar las bibliotecas sin ser mal vistas. Su cercanía con el mundo masculino la llevará a participar en cierto modo de la política y todo ese mundo la seducirá hasta que decide convertirse en “la ramera privada” de su enamorado
Tal como dice ella “lo que Dios y la codicia unieron, que el amor los separe”. Se quita los ropajes vistosos de esa libertad impostada para caer en un final de extremo facilismo, y de una escasa credibilidad. A pesar de todo, excelente realización desde un feminismo a destiempo y una educación sexual que algunos querrán incendiar en las piras de la inquisición.

8/22/2007

Amor o vocación

Acá Barbra Streisand hace la personificación exacta de Lisa Simpson: ferviente defensora de los derechos civiles, con pancarta en mano camina por las calles de la universidad para encender los ánimos en contra de la guerra. Hasta que, por esos vericuetos del destino, se enamora de un muchacho amante de los deportes y la vida fácil.
La Streisand y Robert Redford conformaron ese estilo de pareja tan en boga por esos años de la lucha fría. La niña ingenua que pasa los días con una razón para vivir, y el “chico bien” para quien no tiene mayor sentido complicarse la existencia con cuestiones que, a su parecer, escapan de su control. Hasta que esta desaprensión afecta sus propios intereses.
A pesar de sus claras desavenencias, ellos intentan llevar una vida normal. Se van a vivir a la playa en un lapso de tranquilidad que les da tiempo de tener un hijo y él de darse el lujo de escribir el libreto de una película. Pero las circunstancias laborales los llevan a defender ideales que creían superados. Es la época de la caza de brujas de los comunistas en el cine, cuestión que llevará al despeñadero esta relación que seguía la huella de “Love history” o “Endless love”.
Más de alguno de los que vieron o verán este film de Sydney Pollack, “Tal como éramos”, se sentirán atraídos por la personalidad de Katie Morosky, bostezando en reuniones banales que la llevarán a enfrentarse con rabia ante la frustrante pasividad de los norteamericanos. Otros, en tanto, se ceñirán a Hubbel Gardner, con esa filosofía de quien no tiene nada que perder.
Es cierto, ninguna de las dos ideas fuerza (la relación sentimental y el ideal político) son tratadas de forma tal que despierte el sentimiento o el apego por un ideal. Y es que desde un comienzo la trama se torna complicada, pues uno de los dos estilos deberá imperar. Gabriel García Márquez lo decía: el único motivo que puede derribar al amor es la vocación, erradicando el contrapeso familiar seguido hasta el cansancio desde “Romeo y Julieta”.
Usted tendrá que ver el final de este film, que lleva la voz deliciosa de la Streisand, razón por la cual ganó un Oscar en 1973, y que sirvió para que la neurótica Carrie Bradshaw de “Sexo en la ciudad” semejara igual cierre en uno de los capítulos más entretenidos de la serial.

8/16/2007

Rata de alcantarilla

Cumple con el recetario a que nos tiene acostumbrado Disney desde hace casi un siglo, y también responde a esas jugarretas de digitación de los laboratorios Pixar. Sin embargo, algo hay en “Ratatouille” que sorprende.
Es la historia de una rata que vive en las periferias de París, con ínfulas de cocinero. Para ello se hace valer de su buen olfato que, en medio de una familia acostumbrada sólo a saciar el hambre en los basurales del campo, lo dejan como centinela de cuanto quieren engullir para detectar si los alimentos están o no envenenados. Hasta que la abuela decide exterminarlas a punta de escopetazos.
Es allí cuando Pixar se luce con los efectos de la huida de la rata montada sobre un libro de cocina. Hasta que llega a la gran ciudad y conoce a un famélico limpiador que trabaja en el emblemático restorán de Custeau con ganas de convertirse en gran cocinero. Logra comunicarse con la rata. Sabe que es una experta en menesteres culinarios y deciden aliarse para crear los platos más sabrosos probados jamás en la capital parisina, sin que nadie sepa de la existencia del roedor.
En “Ratatouille” hay algo de “El Perfume” de Tom Tykwer, donde el mensaje es claro: confiar en los instintos más que en la razón, ubicando al sentido del olfato por encima de la visión. Disney vuelve a crear ese personaje simpático, simil de la conciencia que debutara con Pepe Grillo y que en esta ocasión, sobra. Además del personaje cruel que es el maitre del restorán y la eterna pareja de enamorados.
Para los más pequeños, y algunos grandotes también, recibirán los mensajes aleccionadores de no robar, que el esfuerzo compensa siempre un resultado gratificante, que el amor lo redime todo junto a otros motivos enaltecedores como la amistad, la verdad, el espíritu de superación y un llamado a prestar a la imagen menos importancia.
Algunos sentirán cierta repulsión al ver marchar a estas ratas de alcantarilla paseándose a sus anchas por la cocina. Por favor, deje en claro a los niños de esta fantasía antes que lo sorprenda con una mascota de este tipo. “Ratatouille”, con toda esa ingenuidad en que ya ni los niños creen, llega en momentos en que el desparpajo de “Los Simpons, la película” decepciona. Y, desde ese punto de vista, es mejor dejarse marear por las monsergas de una rata que debió en su vida pasada haber sido amiga fiel de San Martín de Porras.

8/08/2007

Jóvenes de siempre

Estación obligada para quienes deseen entender los cambios de la juventud desde mediados del siglo pasado. Contestatario, inconformista. Eso es “El graduado” de Mike Nichols, un clásico que lanzó a la fama a Dustin Hoffman y Anne Bancroft en 1967.
Benjamín es un joven de 20 años que regresa a la casa paterna después de haberse graduado de la universidad. En contra de lo que desean sus padres, él sólo quiere divertirse. Por ello comienza la relación más sexual que afectiva con la madura y fatalista amiga de sus padres, la señora Robinson. Lo que no esperaba la pareja era el regreso de la hija de los Robinson quien termina enamorándose de Ben y juntos comienzan una loca carrera por salvar ese sentimiento.
Es el lado masculino del film “Lolita” de Stanley Kubrick, con la interpretación de un muchacho llamado a transgredir las normas de la burguesía de una Norteamérica puritana. Con algo de muchacho atolondrado, Ben vivirá a plenitud una época marcada a fuego por los ideales hippies de huida y redención. El final no pudo ser el más acertado, cuando la pareja se mira perpleja como preguntándose ¿y ahora qué haremos?
La transformación de la sociedad de Estados Unidos está bien planteada, por medio de la disfuncionalidad familiar tan común en estos tiempos, pero que en esos años febriles recién comenzaban a aparecer. Una voz sincera, con el despertar sexual adolescente acompañado con los sones mnelódicos de Simon & Garfunkel.
Para algunos, esta obra peca de incongruencia al dividir la trama en dos partes claramente diferentes: una, la relación entre el joven y la señora; y la otra, el vuelco agresivo hacia un amor juvenil. Pero el nexo entre ambos eslabones es claro, con temas como la desorientación afectiva y el impulso liberador en contraposición al sórdido mundo de la adultez. Mucho mejor que ver “En la cama”, del chileno Matías Bize, un film que responde a un sólo punto de vista, pero panfletario y seudointelectual.
Lo mejor de “El graduado” es que deja en el aire cuestiones morales que deberá resolver el propio espectador y que tienen relación en cómo trascender el sexo, tan en boga en estos años de enfermedades incurables. Varias de las tendencias de hoy se lo debemos a los jóvenes de los ’60 como el vegetarianismo y reivindicación de las minorías sexuales. Partes del descontento contra un sistema belicista y, desde ese punto de vista, Nichols se empina con un clásico que cautiva.

8/01/2007

Cabezas amarillas

Hablar de la posmodernidad es referirse a un tema que nace en los albores de los ‘90, casi al mismo tiempo en que apareció en la televisión la serie de dibujos animados Los Simpsons y que ahora David Silverman llevó a la pantalla grande en no más de una hora y media.
Tiempo suficiente para escoger los hechos más originales de sus itantos años de trayectoria y destacarlos de una sola vez en una película que bien podría ser una aventura más de la televisión, claro que un poco más larga. La trama parte cuando el río de Springfield y la ciudad, son afectados por la contaminación de sus aguas, razón por la cual el gobierno de Norteamérica opta por aislarlos y, finalmente, tratar de hacerla desaparecer.
El responsable de tamaña tragedia no es más que Homero, el jefe de una familia al más puro estilo italiano. Luego que el clan familiar logra escapar hacia un lugar de ensueño canadiense, afloran conflictos éticos que los obligan regresar a fin de salvar a los habitantes de su terruño original. En el camino, cada uno hará un retrato de una sociedad norteamericana sin tapujos y con sarcasmo manteniendo la habilidad que tuvo Groening para reírse de si mismo.
Claro que este tipo de humor funciona a la perfección cuando se trata de ridiculizar a los estadounidenses. Acá es otro el cuento que pasa por hacer reír, salvo un par de hechos fortuitos que lograron esbozar una que otra sonrisa.
El film sirve para ejemplificar por qué Los Simpons tuvieron un éxito sin precedentes, sirviendo de ejemplo para otras series de la televisión norteamericanas. Porque hablaron de ecología, cuando pocos entendían lo que era el calentamiento global; porque ahora se atreven a arriesgar la estabilidad de la familia, con un divorcio. Más de alguno sentirá complacencia con el rompimiento del ostracismo de Lisa, la hija ecologista que se enamora y es correspondida por primera vez, y porque hablaron de homosexualidad, racismo y eutanasia sin caer en esos esterotipos tan propios de nuestra cultura.
Se agradecen esos guiños contra la publicidad, el abuso por quienes ostentan la fuerza, y el escaso efectismo de piruetas digitales. Sin embargo, esperaba más de esta familia que se atrevió en su momento a tratar temas punzantes y que ahora se revolcó sin asco en un “más de lo mismo” que ya empieza a cansar.