12/26/2006

¡Qué resaca!


Hace tiempo que el cine viene dando manotazos en el aire con el cuento de las grandes ciudades, tan inabarcables como decepciones se pueden encontrar ahí. Si le gustó “Bajo el sol de Toscana”, de seguro esperaba una verdadera revelación con esta entrega del Ridley Scott titulada “Un buen año”.
La semejanza entre ambas películas es incuestionable. Las dos se sitúan en una pequeña localidad campestre de Italia; tienen como protagonistas a personajes que cambian sus vidas casi por casualidad, al percatarse de lo deplorable que resulta vivir en Nueva York o Londres. Scott junta estas concepciones en la era de la globalización con las viejas armas del romanticismo ramplón y el falso humor.
Scott tenía de todo para encumbrarse por encima de “Blade Runner”, pero no lo hizo. Hay huellas de lo mejor de su creatividad futuristo-pesimista en este ambicioso funcionario de las finanzas, cuando regresa a su natal Provenza con el propósito de vender la finca de su abuelo recientemente fallecido. Un celular de última generación y un sofisticado sistema GPS en su automóvil dejan la sensación que el futuro ya lo estamos viviendo en carne propia. Que las viejas lecciones de Orwell, Bradbury y Huxley no son productos de una imaginación catastrofista.
Russel Crowe, en su peor actuación, no logra convencer en su evolución interior desde la frialdad del cálculo matemático hacia la poesía del paisaje o una tarta bien hecha. Con episodios que sobran, como la medio hermana que intenta seducir, Max Skinner (Russel Crowe) ni hace reír ni menos llamar a la reflexión. Sólo halló el camino más fácil al complicarse el camino en su propio nido laboral. Su mejor amigo le vaticina que todos los intentos por cambiar de vida son simplemente voladeros de luces.
Quien realmente destaca es el abuelo, interpretado por Albert Finney. Es él quien insiste en cada recuerdo (como sacados de un spot publicitario) que “cuando encuentres algo bueno, déjalo crecer” y “que es bueno perder, pero que no se vuelva costumbre” o “más que sol y agua, las vidas necesitan equilibrio”, reflexiones que hasta el día de hoy deben penar a Crowe.
El director jugó con lo mejor de los estereotipos, como la frialdad inglesa y que los franceses son tan cálidos como sus vinos. Llama la atención que en medio de tanta Francia los temas fueran todos en inglés. Si de fuerza vital de pueblos se trata, que Ridley vaya a Cuba como lo hizo Wim Wenders, y deje madurar sus ideas hasta que suban como las burbujas fermentadas del mejor vino.

12/20/2006

Felices como pájaros


Pasamos rápidamente por el canal de los clásicos y sin darnos cuenta caímos en la numeración de aquellas viejas cintas escarbando en una memoria escamoteada por el trago. Recuerdas la escena de la niña que visitaba sus abuelos muertos con tan solo recordarlos. O la escena donde ese par de niños llegaba a un lugar parecido al Olimpo donde vivían los genios que estaban por nacer ¿Cómo se llamaba esa película?
Ese mismo canal nos dio la respuesta una semana después, con la mente más relajada. Se trataba de “El pájaro azul” dirigida por Walter Lang, basada en una novela del búlgaro Maurice Maeterlinck y protagonizada en su esplendor por la pequeña prodigio del cine de 1940, Shirley Temple.
Claro que hubo otras versiones, pero quizás por qué razones ésta se mantuvo con mayor fidelidad en las retinas de nuestra memoria. La historia es sencilla: Mytyl es una pequeña engreía que reniega de sus orígenes humildes. Entonces aparece un hada que le ordena encontrar al pájaro azul que simboliza la felicidad humana. En esta empresa la gata Tylette, transformada en mujer, intenta fracasar este objetivo con tal de librarse del yugo de los humanos.
Para lograr la ansiada felicidad deberán, primero, vencer el temor de atravesar un cementerio a las doce de la noche. Sólo así accederán al pasado, donde están sus abuelos muertos, al presente representado por el lujo y la constante lucha del hombre con la naturaleza, y el futuro donde están los niños por nacer (bastante arios, como sacados de una escuela hitleriana). En este recorrido se refuerzan ideas tipo como que la muerte es el olvido, que los hombres somos libres pero no nacemos con tal derecho y otras “frases hechas”, pero hechas para un mundo infantil.
Si hay que argumentar como adultos, dejemos a Vicente Huidobro vapulearnos con su ácido ensayo titulado “Balance Patriótico”: “Que los viejos se vayan a sus casas… todo lo grande que se ha hecho en América y sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes. Así es que pueden reírse de la juventud”.
Rodeados de toda la parnafernalia de una fecha que debiera estar en estado de gracia como la Navidad, queda la esperanza que en los corazones de las nuevas generaciones aún palpiten los viejos ideales. Porque de eso trata el film, de los deseos y los incontables caminos para hallar la felicidad. En esa avecilla que Mytyl creyó encontrarla en el lujo, los recuerdos del ayer o las promesas de mañana, y que al final estaba más cerca de lo que imaginaba.

12/13/2006

Y la menté floreció


Vivimos en un planeta hiperpoblado. Para sobrevivir es necesario adaptarse. Acá no sólo entra en juego la biología de las especies, la creatividad también tiene un peso gravitante en esta mentada adaptación humana.
Es una idea obsesiva del realizador Spike Jonze, que comienza a deshilvanarse con un periplo vertiginoso acerca de la teoría evolucionista de Darwin. Así empieza “Adaptation” que en sus inicios pensó llamarse “El ladrón de orquídeas”, título que finalmente llegó a la cartelera nacional.
El ladrón… es el título original de un reportaje de la periodista Susan Orlean, del periódico New Yorker, el que fue ampliado a formato de novela por encargo de la editorial Random House. En él relata la odisea de John Laroche para encontrar la enigmática “orquídea fantasma” en una reserva forestal de Florida. La misma editorial desea llevar esta trama al cine, razón por la cual encarga los servicios de un guionista amateur. Charlie Kaufman es un acomplejado escritor obsesionado en su aspiración por hacer de su trabajo algo original. Su hermano gemelo, en tanto, cumplirá el rol contrapuesto al crear un guión banal prosternándose a los requerimientos de la industria del celuloide, algo que Charlie renegará con los dietes apretados.
El final, hay que decirlo, es realmente aleccionador. Porque la clave para enfrentar los vericuetos de la adaptación del libro no está en hacer un remedo de lo narrado, sino que a partir de esa idea basal recrear todo lo que ha leído, en este caso, comenzando por un crimen.
Pero antes que la adaptación, está la pasión. “Escribe desde el dolor”, dirá uno, “encuentra esa cosa específica que te apasione”, dirá otro y Charlie, en su desesperación, deberá eliminar a su creadora para sobrevivir y salir ileso de la locura, el estancamiento y la muerte. Es en esta disyuntiva de la estructura que usará Charlie en la ficción que el film real se tropieza, con juegos temporales que hacen al espectador ir y volver con hechos de hace nueve, tres y dos años. Tropiezo premeditado que regresa con la aparición de esos aspectos del cine odiados por Charlie como el sexo y las carreras persecutorias.
Excelentes actuaciones, acertada banda sonora, pero con una estructura que será una delicia para los innovadores y una latosa puesta en escena para quienes gustan seguir las recetas de lo ya establecido.

11/30/2006

Faldas al viento


Pedro Almodóvar ha recurrido en sus últimas entregas al exorcismo que siempre quiso otorgar a una infancia dulce y agraz. “Volver” -a diferencia de “La mala educación”- y tal como dice su nombre, tiene la firme voluntad de retrotraerse hacia ese centro cálido y nutricio de la matriz femenina.
Madrid sigue siendo el vértice medular de las obras de Almodóvar. Pero con la invención del pueblo fantástico Alcanfor de las Infantas, Pedro hace desfilar con soltura a las vecinas sabelotodo, armando una confabulación que trasciende los propios lazos entre familiares. Un lugar donde la muerte y el duelo sólo son vivencias de un proceso natural sin estridencias, atenuados por el comidillo de apariciones fantasmagóricas.
Almodóvar vuelve a mezclar los géneros. Principal destructor de los contenidos banales de la televisión, hace uso de ellos para armar sus propias historias. Así como el crimen se convierte en la columna vertebral de “Volver”, el melodrama se transforma en sus articulaciones y músculos fluyendo entre las venas un realismo bastante increíble. Todo comienza, como en el cuento “Tramontana” de Gabriel García Márquez, con el soplido persistente del “solano”, un viento que amenaza con volver en desiquilibrados mentales a la mayoría del pueblo constituido por mujeres.
No es un film para remover las filigranas del sentimiento familiar, como lo hace la realización española “Solas” de Benito Zambrano. Acá Almodóvar se da el lujo de expiar una historia familiar de forma correcta, sin exagerar en ningún punto: ni en el sexo, ni en la impunidad del delito, el desarraigo o la violación. La idea central es el reencuentro que se fortalece y desprende de los mitos armados por la comunidad, sin alcanzar la profundidad de “Paris-Texas” de Win Wenders.
Con un final donde todo parece resolverse fácilmente, Penélope Cruz merece mención aparte. El director supo jugar con ella con lo mejor del kitsch, al retrotraernos a una Sofía Loren en sus mejores tiempos cuando caminaba sobre el empedrado de una Italia destruida por la guerra en “Dos mujeres”. Más voluptuosa que antes y más segura, la Cruz brilla con esplendor en su madurez, algo que Hollywood jamás podrá hacer lo mismo de ella.

11/23/2006

Pedazos de corazón

No hay rincón de la humanidad donde un acto bestial contra un niño no sea duramente castigado. En las cárceles saben bien de ello. Durante los primeros minutos de “Children of Beslan”, un documental transmitido por Cinemax, aparecen las caras sonrientes de los pequeños de Beslan, la ciudad rusa que acaparó la mirada atónita del mundo el 2004, sin saber lo que les esperaba.
Desde allí un grupo extremista exigió la salida de las tropas rusas de Chechenia. Para tal efecto se atrincheraron en un colegio el día en que apoderados y alumnos festejaban los inicios de la época escolar. Los primeros disparos fueron confundidos con el reventón de globos. Los adultos, conscientes de lo que ocurría, trataron de mantener esta fantasía haciéndoles creer que las bombas que colgaban del techo envueltas en cinta adhesiva eran realmente cámaras grabadoras para un programa de televisión. Encerrados en el gimnasio, faltaba poco para que los encapuchados hicieran notar su furia contenida.
En un comienzo el documental retrata en boca de los niños sobrevivientes su apreciación de lo ocurrido, incólumes en su limbo de ingenuidad. Los pequeños relataron sin un gesto de extrañeza el modo en que se peleaban un vaso de orina cuando la sed se hizo insoportable. Otro señalaba sin requiebros cómo un grupo de amigos, en la huida, se lanzaban a beber de una pileta segundos antes que una bomba cayera en su centro surtidor. Rallando en la descontextualización, no aparecen las razones históricas de las demandas nacionalistas. La voz infantil se impuso para reflotar los gérmenes del odio en cadena, casi al final.
En su orfandad, los niños sólo querían matar a los agresores. Mareados por el duelo, una muchacha dibujaba la escena violenta de sus raptores para quemar infatigable los bocetos una y otra vez. Peor aún, la única frase repetida en la hora que dura el documental fue “no permitiremos que destruyan la escuela”, que es la base donde se reafirma la idea de nación. Una metáfora siniestra que termino con estos versos de Neruda: “Pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos/ pero de cada crimen nacen balas/ que os hallaran un día el sitio/ del corazón”.

11/14/2006

Lágrimas del cielo

Al comenzar la década de los noventa, el cine deja que los casos policiales más complicados sean resueltos por mujeres. Y parece que la fórmula dio los resultados esperados. Primero fue la agente del FBI Clarece Starling en “El silencio de los inocentes” y luego la policía Kirsten Cates en “Rush”.
Kirsten –interpretado por Jennifer Jason Leigh- es una novata y aventajada policía que recibe la orden de desarticular una banda de narcotraficantes. En la investigación se une al agente Jimmy Raynor –Jason Patric- que lleva camino adelantado haciéndose pasar por un consumidor sin remedios en las inmediaciones de un bar frecuentado por toscos cowboys.
Mientras aparecen nuevos antecedentes, los policías deben entregar periódicamente a sus superiores, en sobre cerrado, las muestras de los alucinógenos adquiridos con el día, la hora y el contacto que los surtió. Pero mientras no den con el pez gordo de los narcos deberán continuar simulando su condición de consumidores, hasta que la delgada línea que separa el delito de la ética profesional se diluya.
De agentes a drogadictos. De saludarse con formalidad cada mañana, pasan a compartir la cama. Son unos ilusos justicieros que no sólo deberán vérselas con el hampa maloliente, sino también con la irresponsabilidad de sus jefes, la insensatez de los tribunales y, por sobretodo, de un sentimiento cada vez más fuerte que los puede llevar a la ruina.
Interesante realización de la directora Lili Fini Zanuck, con una banda sonora impecable que hizo famoso el tema de Erick Clapton “Tears in heaven”, sin pretensiones estilísticas y que atrapa la atención desde un comienzo reparando en el paredón indigno donde caer o surgir en majestad. Como un Jesús de los nuevos tiempos, con la razón de salvar al mundo de los estragos de la drogadicción.
Los profesionales se enfrentan a una carrera en solitario que sobrepasa sus propias fuerzas al cruzar la valla de lo prohibido. Sin saber que adentro imperan otras leyes. Y querrán salir para salvar sus propias vidas, haciendo de sus pocas convicciones un papel arrugado en el suelo y convenciéndose que donde reina la ley del más fuerte la astucia – no los ideales sublimes – será el pasaporte hacia la libertad.

11/09/2006

Bella miseria

“La belleza no es la idea que tenemos de ella. Es más áspera, tosca, no fatiga, no es esplendorosa”, decía Adolfo Couve y es eso lo que irradia “La rosa púrpura del Cairo” de Woody Allen.
Una cinta en apariencia fea. Ambientada en una Nueva Jersey de árboles desnudos en los años de la gran depresión económica norteamericana. Donde abundan los rostros taciturnos, la cesantía y parques de entretenciones terroríficos. Donde la comedia de Allen, desprovista de efectos especiales, se quiebra y se convierte en tragedia.
Un dulce drama con el foco centrado en Cecilia, una frágil mesera que engalana su vida soñando. Va al cine tanto como puede para satisfacer esos ideales insatisfechos creados por la cinematografía; a saber, el héroe redentor que venga a rescatarla del pordiosero que la rodea. Hasta que Tom Baxter, el explorador que recorre el Nilo en busca de una piedra preciosa, se dirige a ella en plena función, sale de la pantalla y se enamoran.
Esta redentora parábola a la capacidad sanadora que tienen los sueños se cruza con la idea platónica de lo que es la realidad. Una realidad moldeada por el cine para retratar a empresarios cegados por el lucro y a un público ávido por salir del enclaustramiento reclamando porque el film no tiene argumentos ni acción.
Baxter se parece un poco a Cassiel, el ángel de “Tan lejos tan cerca”, al experimentar feliz todas las bajezas y sublimes intenciones humanas. Y para afirmar después que en su mundo “irreal” la gente es más consecuente y para enjuiciar, de paso, al cristianismo cuando Baxter ve un crucifijo en una iglesia sin entender su significado. Por eso compara a Dios con un guionista por ser lo más cercano a su concepto de creador.
Un film intimista y feminista que necesita la mediocridad para ir en rescate de esa pequeña porción de belleza humana que se halla en la sensibilidad de Cecilia. No hubiera sido lo mismo verla en el Club Harlem en un divismo desconcertante. Ella necesita volver a sentarse en la butaca de siempre para seguir soñando y en ese gesto volverse etéreamente bella, sabiendo que su marido la seguirá esperando para verla lavar los platos sucios.
Cecilia es la mujer-sueño, como lo es Salvatore en “Cinema Paraíso”, en una comedia que deja de serlo en la impotencia por desatar las amarras ¿de la realidad de la calle o de la pantalla?, usted decidirá.

11/01/2006

Barriles de Codicia

No verán un solo gesto de amor en Syriana. Sin embargo, el director Stephen Gaghan, en este alarde de intelectualidad pura, se queda corto en sus intenciones.
Trascurrida más de media hora, había que adivinar el motivo principal de la trama. ¿Negocios?, ¿terrorismo?, ¿corrupción? Gaghan mezcla todo eso en una idea que sólo hacia el final se torna visible: el problema energético a escala planetaria y la complicidad de empresarios y gobierno para administrar los yacimientos extranjeros del petróleo.
Bob es un espía del Departamento de Defensa de Estados Unidos con la misión de asesinar a un príncipe del Líbano contrario a negociar con los norteamericanos. En vista que los chinos habían ganado un sustancioso contrato con las petroleras del Golfo Pérsico, Kazajtán se transforma en el nuevo surtidor americano y para concretar este negocio se usarán estrategias poco convencionales.
Para el espectador que ha adquirido anticuerpos ante la apabullante información que genera el conflicto de Oriente Medio, le costará entender este film. Y es por una simple razón: hay datos que el director da por conocidos, sumado a la falta de personajes que tejan por si solos un mínimo de empatía con el público.
La actitud desafiante de acusar las fuentes del poder económico y político parecerá algo destacable; no obstante ello, es bastante cobarde. Cuando realizadores como Michael Moore optaron hace tiempo por la crítica imperialista en formato de documental, Syriana coquetea con la idea de la rebelión dejando a las masas provocadas en un letargo invernal.
Se agradece la exhibición desconocida a este lado del continente de los kilómetros que deben recorrer indios y pakistaníes para trabajar en las refinerías kuwaitíes. Semejante a lo que muestra una Norteamérica de inmigrantes mexicanos trabajando en restoranes. Por este motivo, la cesantía en Oriente Medio pudo ser el detonante de la fuerza destructora del fundamentalismo religioso, algo que quedará esta vez en las brumas de lo posible.
En este aparente desorden de lagunas informativas, Syriana asume un alto deber político. Lo que Ingmar Bergman es al cine filosófico, Gaghan va creando su propio estilo narrativo en política internacional, pero de un modo muy sofisticado.

10/26/2006

Espejito, espejito

Una dentista me decía que para estudiar su profesión en estos tiempos había que tener “cuero de chancho”. Es la ley del más fuerte que obliga a engrosar el cutis no sólo para estudiar, y trabajar también. Es por ello que Andrea elige un puesto que no responde a su vocación, pero la seduce.
¿Cómo plasmar en el cine este signo de interrogación que nos plantea la vida moderna? Con “El diablo se viste a la moda”, del director David Frankel, aparece una periodista recién egresada, quien salta al mundo laboral como secretaria de una revista de modas. Andrea sabe que este puesto servirá de puntapié inicial para su carrera, salvo por una cosa. La jefa de redacción es una mujer famosa por su mal carácter, en un rol interpretado a cabalidad por Meryl Streep.
Aparece la compañera de trabajo abusiva que, en momentos de debilidad, no cesa de repetirse “amo mi trabajo”. Mientras el modisto ambiguo parece resignarse ante la impotencia de la novata y decide ayudarla mejorándole la imagen personal. Por otro lado, amigos, padre y pololo ven con desazón el cambio de Andrea hacia una frívola amante del fashion, los eventos glamorosos y los viajes deslumbrantes. Será un pasaje de ensueño como una Marilyn Monroe a punto de ser asfixiada por los tentáculos de la industria.
Si es una revelación a las imbricadas aristas del sistema laboral de este siglo, mejor quedarse con el dramatismo patético de “Bailando en la Oscuridad”. Si es el reflejo de ese dudoso apego filial tejido entre jefes y empleados, a fuerza de costalazos, mejor sería este “Jerry Maguire” de circo. Si huimos de la ciudad de una vez por todas, me quedo con la somnolienta “Perdidos en Tokio”. Y si hay que bajar el tono tristón a las penurias de una oficina, saquemos del polvo esa “Secretaria Ejecutiva”, los films de Chaplin o nuestra entrañable Oficina del Jappening con Ja.
El traspié de Frankel es poner a una Cenicienta que no sabe reír ni llorar con sus vivencias. Hay escenas lúcidas como el encuentro hilarante de las dos empleadas en la clínica, o casi al final cuando la jefa dice que ambas son como una gota de agua , porque saben adelantarse a las necesidades de los mortales corrientes. Sin embargo, casi todo se reduce a vaguedad donde los fracasos matrimoniales y el excesivo apego al trabajo son opacados por el grueso del maquillaje, los vestidos estrambóticos y los perfumes caros.

10/18/2006

Reflejo de los Balcanes

Roxana iba hacia el interior y decidió abandonar a medio camino el bus destartalado repleto de músicos, canastos y gallinas. Cuando me lo contó dijo que el episodio sólo era comparable con las escenas tipo de Kusturica.
Y tiene razón. El director bosnio lleva la impronta de crear ambientes donde todo parece desembocar en un festín orgiástico. Se hace acompañar de una orquesta a modo de coro de tragedia griega y personajes que rallan en la esquizofrenia. Es su modo de contar la realidad desquiciada de la guerra, que vuelve a entroncarse en “La vida es un milagro” con otros dos motivos: el amor y el absurdo.
El film nos introduce en un paraje sin nombre de los Balcanes, poco antes del inicio de las hostilidades entre bosnios y serbios. Es un pueblo montañés indiferente a las adversidades que lo rodean y que vive para organizar partidos de fútbol con una soprano de fondo, fiestas apoteósicas, soñar con un nuevo tren que les permita desarrollar el turismo y una burra enamoradiza que intenta acabar con su vida poniéndose porfiadamente entre los rieles.
Hasta que la guerra deja a Luka, el ingeniero, sin esposa ni hijo. Es más, llega a su cuidado una hermosa prisionera musulmana llamada Sadaha con quien empieza a involucrarse sentimentalmente en una pasión salpimentada de realismo mágico y bastante humor. No hay personajes secundarios que sobren, pues ellos muestran quienes son los verdaderos enemigos para los montañeses, los osos, en una vida repartida entre peleas de perros y gatos que conviven sin mayores sobresaltos.
Nadie mejor para retratar el absurdo de la guerra -los vecinos serbios están a un paso- cuando intenta ridiculizar el asunto racial. “Después de Hiroshima no hay más teorías” dice Jadranka. “Todo está en tu cabeza, no es Hiroshima”, responde Luka, en medio de los estallidos.
Con reminiscencias de “La carrera del siglo” de Blake Edwards, y lo mejor del humor femenino que encarna la actriz Vesna Trivalic -como una vez lo hizo la comediante norteamericana Marie Wilson-, vuelvo a encontrar ese candor de las películas hiperkinéticas, con personajes vulnerables, donde sólo se quiere llegar a la cama para rendirse al sueño, después de una jornada agotadora de reflexión y risas.

10/12/2006

Vampiros del desierto

Dicen que el demonio es bello y viste con elegancia. Nada parecido a esa bestezuela de cuernos y cola de macho cabrío. Tal vez por ello las historias de vampiros atraen tanto la atención y, por cierto, temor. John Carpenter hizo una película sobre estos seres con más bajas que altos en sus logros.
El director de “Vampiros” emplea la archiconocida historia creada por Bran Stocker hace más de un siglo, pero lo interesante de esta nueva versión es que está situada al sur de Estados Unidos, casi en la frontera con México. Son Santa Fé y Fort Union las principales locaciones donde el líder de una secta de vampiros, llamado John Valek, integra el grupo de los ocho más sanguinarios chupasangres del país con la misión de encontrar la cruz negra de Beziers la que, por medio de un exorcismo, les permitirá hacer de las suyas a pleno día.
Los monstruos se han hecho con el tiempo más resistentes a los sortilegios comúnmente empleados para atacarlos. Ya no bastan el ajo ni los crucifijos. El sol y las estacas son las principales herramientas que quedan para eliminarlos, por ello no se explica tanto gasto en balas de estos expertos exterminadores.
En un comienzo, los cazadores de vampiros parecen regocijarse con la captura asumiendo un trabajo rutinario hasta que se encuentran con el líder, diezmando a más de la mitad de los especialistas. De ellos quedarán dos, más una prostituta que está en vías de convertirse en una no viviente más y que es utilizada de carnada para atrapar a Valek.
Aparte de los vampiros, Carpenter parece indicar subrepticiamente otra de las plagas que amenazan con expandirse en la sangre de los norteamericanos: los residentes mexicanos, las principales víctimas, y el clero católico, carentes de raciocinio. Insulsez que llega al final en un extraño gesto de amistad y amor cuando en toda la trama no hubo el menor asomo de desarrollo de estas dos vertientes.
Si de verdadero temor se trata, vuelvan a ver por televisión la serie “La noche del vampiro”, basado en un cuento de Stephen King, donde la amistad de un par de niños se ve ultrajada en una noche cuando uno de ellos vuela por los aires, entre tinieblas y vestido a la usanza decimonónica, para efectuar una extraña visita a su fiel amigo. Terror a toda prueba.

10/05/2006

Fábrica de sueños

El cine de antaño, además de ser un espacio donde los sueños de unos pocos lograban comulgar con abucheos o aplausos los deseos de la mayoría, era, además, un micromundo con personalidad propia.
No hace mucho, era posible ver entre funciones al típico personaje paseándose entre las butacas vendiendo maní confitado. El caso de los acomodadores premunidos con linternas quienes, en medio de la oscuridad, ubicaban a los espectadores para recibir una retribución en dinero. Gatos, ratones, pulgas y hasta mamás con bacinicas se sumaban a este caleidoscopio, cuando los amores furtivos se daban cita sin que nadie lograra remecerlos en el fragor de la batalla. Por cierto, la batalla que mostraba el cine.
Épocas que Giuseppe Tornatore supo registrar magistralmente en “Cinema Paraíso”. Aquella sensiblera película que, de romanticota, jamás hizo aguas hasta caer en lo absurdo. La historia comienza cuando la madre de Salvatore, un exitoso cineasta de Roma, le comunica que ha muerto Alfredo, un viejo amigo de la infancia. Entonces regresa a su pueblo natal para despedir los restos de su mentor, no sin antes repasar, mediante la técnica del flashback, los mejores momentos de su niñez y juventud en torno al único cine que había en el lugar.
El film resuma nostalgia por un pasado que no siempre fue mejor, pero que rezumaba amistad real y el verdadero amor volandero. Y esa filosofía de vida silenciosa en la madre, cuando hace notar lo penoso que resulta oír a una mujer distinta cada vez que llama a su hijo por teléfono. O en ese cariño sin reparos del viejo Alfredo, cuando le advierte al joven Salvatore que se vaya del pueblo y que si algún día regresa derrotado, que no golpee la puerta de su casa.
Tornatore tiene la maestría de hacernos sentir la fugacidad del tiempo con el devenir de los avances tecnológicos. Muestra de ello es el cura censurador de besos y que luego se resigna a las libertades que trae consigo el mercado. Aquellos pedazos de celuloide que sobraron de las tijeras de la Iglesia, Alfredo los fue atesorando para construir una de las escenas más memorables de la historia del cine.
Especial para quienes vivimos los últimos minutos de las funciones a rotativo doble, antes que llegaran las salas hiper-acondicionadas, ultra-vigiladas, y de prolongadas introducciones adelantando tal o cual estreno, advirtiendo los malos hábitos de la piratería para llegar exhaustos al film, no sin antes quedar medio sordos con una estrambótica apertura de trompetas y naves siderales.

9/29/2006

Comer hasta por los ojos

Termino de ver un programa de Megavisión donde juntan a una joven con anorexia y a una obesa mórbida. ¿Enfermedades típicas de la modernidad?, ni tan así. Hace 400 años santas como Catalina de Siena o Teresa de Ávila se autoinducían el vómito para recibir de la forma más inmaculada posible el cuerpo de Cristo.
La verdad es que estos padecimientos estomacales tienen directa relación con la soledad. Es por ello que la gastronomía es una actividad social donde el arte cinematográfico tiene algo que decir. April es una joven que habita en un barrio marginal de Nueva York junto a su afroamericano novio. Es el Día de Acción de Gracias y ha invitado a su atípica familia a cenar. Será la comida el eje de toda la historia que tiene como propósito mejorar las deterioradas relaciones que April mantiene con su madre y hermana.
Bobby, el novio, acude a comprarse ropa nueva, sin saber de moda. Ella comienza a preparar el pavo con lo poco de ingredientes con que cuenta y, peor aún, la cocina deja de funcionar repentinamente. Entonces, sola en el departamento, pide ayuda a sus vecinos a quienes nunca había visto. En un periplo cortaziano, April sube y baja escaleras golpeando puertas para toparse con una pareja negra bien avenida, una vegetariana extremista, un joven con complejos edípicos, un obsesivo perfeccionista y hasta unos amables inmigrantes asiáticos.
Los invitados vienen en auto, en un “road movie” que revela las asperezas de una madre enferma de cáncer incapaz de recordar al menos un buen pasar con su hija ausente. En el asiento de atrás está la abuela esclerótica, demostrando las diferencias irreconciliables de tres generaciones.
Con “Fragmentos de April”, de Peter Hedges, el cine independiente de Estados Unidos reafirma en calidad estilística lo que la industria hollywoodense se muestra cada vez más parapléjica. El film no alcanza la mirada profunda entre comida, tradición y modernidad de “Comer, beber y amar”, ni el candor social alimenticio de “Como agua para chocolate”. Pero April hace que un simple pavo se convierta en el centro medular que amplía la sensibilidad en un barrio miserable, así como en ese fino humor negro de una familia de clase media, los prejuicios raciales, la violencia callejera, y la necesidad imperiosa de la reconciliación.
Si no fuera por un final condescendiente con lo políticamente correcto sería una película excepcional, al contener algo más que pedazos de pizzas abandonados a su propia suerte sobre la mesa desnuda.

9/20/2006

Estilo Italiano

Para el director-actor John Turturro, el paraíso no tiene nada que ver con darse una vida fácil entre frutales y bandejas de ciervo sin mover un dedo. “La felicidad es amar tu trabajo, porque cada trabajo es como el primer amor”, dice Mac, el personaje que dio nombre al film con que Turturro debutó como creador en 1992.
Un pasaje autobiográfico, sin aspavientos de grandeza. “Mac” comienza con el funeral de un padre autoritario para quien el trabajo lo era todo; decía: “sólo hay dos formas de hacer las cosas: la adecuada y la mía, y ambas son la misma”. Están los tres hijos a los pies del ataúd, carpinteros que prestan sus servicios a un empresario arbitrario y con menos talento para la construcción de casas en un Nueva York de 1953.
Hasta que Mac forma su propia empresa. Para ello compra varias hectáreas a fin de levantar un conjunto habitacional de cuatro casas, pero hay un problema. Las bellas construcciones quedan al lado de un criadero de vacas, con el aroma a bosta pululando entre sus calles. Pero Mac está empeñado en emplear todas sus energías tras el éxito de su proyecto, con la ayuda de sus hermanos.
Pero no todo es trabajo. También hay pasajes amorosos bastante desprovistos de sutilezas. Supongo que es así como las colonias italianas de Estados Unidos se enamoraban en esa época. Y los conflictos familiares se suceden con una madre histérica quien nunca aparece, pero cuyos gritos se dejan escuchar más allá de las paredes del hogar paterno. Desavenencias que, incluso, afectan a los propios hermanos Vitteli cuando la inmobiliaria estaba en plena consolidación.
Interesante retrato de la discriminación de las colonias italianas, bastante avanzado el siglo pasado, cuando les toca compartir espacio con los inmigrantes polacos. Ufana muestra de la sexualidad italiana, con episodios desenvueltos en un microbús o en una fiesta donde los hermanos se pelean el interés de una blonda invitada. El tema donde sí logra universalidad es el esfuerzo extenuante que debe invertir todo empresario emergente, al saber que su obra jamás brillará de la misma forma bajo las órdenes miopes de un capataz.
En algo este film debe a “Lo que el viento se llevó” o “Jean de Florette”, cuando el suelo se transforma en esa “madrastra” de la que habla Gabriela Mistral y que hará llorar, porque en el fondo es ahí donde los valores de las familias nacen y hacen la historia de los pueblos. Y que hoy parece una realidad en franca retirada.

9/12/2006

Ley de Darwin


Así como la literatura se ha encargado de graficar a los rusos con un vaso de vodka, los norteamericanos llevan el arma en la mano como un apéndice de su propio cuerpo. Clint Eastwood se prestó para estigmatizar al macho bueno para tomar y manejar la escopeta pero ahora, ya octogenario, busca resarcirse de estos pecados buscando las verdades que encierra su entorno cultural.
Ocurrió con “Million Dollar Baby” y con “Mystic River” –no hay modo de citarlas en español- con seres complejos impelidos a subsistir en el medio en que caminan aplicando a sus vidas la ley darwiniana del más fuerte.
“Mystic River” se basa en la relación de tres amigos de la infancia. Uno atrapado por su pasado, el ser víctima de dos pedófilos que lo mantuvieron secuestrado por cuatro días. Otro que vive esperando por que el futuro restituya la confianza de su esposa embarazada, y el tercero preso de un sentimiento de revancha al ser asesinada su hija de 18 años. Tres amigos de características sicológicas tan disímiles que se vuelven a encontrar cuando todas las sospechas de la muerte de la joven recaen en uno de ellos.
La trama policial deviene en las esferas de lo sicológico y, casi, terrorífico. Hasta las esposas aparentemente inofensivas justifican actos de injusticia, muerte, odio y revancha sin siquiera fruncir el ceño. Rara escena donde el desfile grotesco de las milicias infantiles sirve de trasfondo para estampar el patético sometimiento de los que pierden y los vítores simplistas de los que triunfan.
Pero no todo es tiroteo a mansalva. Eastwood se encarga de poner en manos de la corazonada esas extrañas razones de una cultura traumatizada por la violencia. Está la escena del dueño de la licorería que presiente la verdadera autoría del asaltante. O las sospechas que despierta en el policía negro la participación de Dave en el asesinato de la joven. Y más aún, en la mirada de Katie antes de salir de casa, en un gesto que su padre recibió como las palabras certeras del último adiós.
Jimmy tuvo que volver a los inicios de su rapto para superar el trauma. Fue un segundo viaje en auto, ahora con los matones del barrio que lo buscaban amistosamente en son de venganza, para entregarse apaciblemente a ese llamado místico de acabar con sus tribulaciones. En un pueblo pequeño que es la radiografía calcada de lo que ocurre a nivel país, cuando se despiertan los sentidos ante el peligro viniendo a torrentes. Extraño film de Eastwood en una sombría y perpleja autocrítica a la insensatez.

9/06/2006

Agosto 9, 1945

En varios aspectos Chile se parece a Japón. Tanto en esas heridas que no cierran, como en la adopción a la fuerza de sistemas económicos foráneos. Claro que los nipones constituyen una raza paciente y silenciosa, en esa extraña y aparente resignación por la vida donde uno nunca está seguro.
Ocurre en la escena donde conversan dos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial. Dos ancianas rememoran la hecatombe de Nagasaki sentándose una frente a la otra en horas sin decirse una palabra. Kan, la abuela, es descubierta en esta confrontación con la realidad por uno de sus cuatro nietos que vinieron a pasar las vacaciones a su cabaña, en las afueras de la golpeada ciudad. Es así como la diferencia palpable entre generaciones devela la insustancia cruel olvido y el dolor purificador.
Al regresar los padres de los niños, después de visitar a un pariente avecindado en Estados Unidos que logró hacerse rico con la exportación de piñas, comienza una persecución para que la abuela visite a su único hermano vivo, que muere en medio de la opulencia. Está la posibilidad cierta que traspase una de las compañías a sus parientes japoneses. Se erigen castillos en el aire de verde dólar, hasta que la abuela los acusa por parecer pordioseros.
Para ella la vida se reduce en contar historias del pasado a sus nietos, quienes van redescubriendo los hitos de sangre y desolación que dejó la explosión atómica de 1945. Pero no es una narración rencorosa, aunque dirige una crítica soterrada a una norteamérica ausente entre las naciones que levantaron un memorial en el lugar de los sucesos. Para Kan es mejor abanicarse en noches de luna y comer sandías en estos calurosos días que dieron forma a “Rapsodia en agosto”, de Akira Kurosawa.
El dolor es una cosa latente, sin una pizca de revanchismo. Sino como testimonio para la humanidad, porque las heridas arden. Según la tradición oriental, se requieren cinco generaciones para superar los traumas sociales. ¿Qué hacer mientras el pasado aún pena?, es una respuesta que se deja entrever en el mismo título. Rapsodia y toda su carga poética en pasajes como la rosa plagada de hormigas, la misma flor que tararean más de una vez y que sirve de conexión del pasado y presente. O el final, con la anciana descontrolada luchando contra el viento y la lluvia, sin que nadie pueda alcanzarla. Parodia fiel del estandarte sublime de los valores que nunca mueren.
Que la guerra es un monstruo grande y pisa fuerte, tan fuerte para no olvidar ni por todo el oro del mundo.

8/30/2006

Las flores del Corán

Siempre he sentido un interés reverencial por aquellas personas que sienten la fe cristiana como el faro indeleble de sus vidas. Hay una cualidad especial para transitar los días con optimista felicidad en estos seres. El señor Ibrahim es uno de ellos.
Claro que él es un musulmán ya anciano, dueño de una tienda de la Calle Azul de París. El mismo lugar donde se pasean rabinos y prostitutas a plena luz del día. Y en cuyas bifurcaciones vive Momo o Moisés, el niño marcado por la tristeza al cumplir 16 años. Las putas, el viejo y el niño componen la fauna de esta película que es en verdad un cuento conducido por dos ejes centrales: la religión y el amor filial.
El film comienza con el despertar sexual del adolescente rompiendo el chanchito de sus ahorros para pagar los servicios de una prostituta. Sobreviene el alejamiento de su padre, su abandono total, y la necesidad de un anciano por delegar parte de su experiencia como un mandato divino, previendo el aciago momento que vendrá. Es el mismo tipo de relación entre Edipo y Antígona, en la literatura; entre Remi y el señor Vitalis, en el anime, y de Moncho y el Doctor Gregorio en otra grandeza del cine: “La lengua de las mariposas”.
Tras este verdadero viaje de emociones está el Corán en frases como “lo que das es tuyo para siempre, porque lo que guardas se pierde”, “la lentitud es la clave para ser feliz” o “el país rico o pobre se conoce por los basureros públicos”. Para Momo la risa era privilegio de ricos, hasta que su nuevo amigo le enseña que mediante este simple gesto lograría cualquier cosa. Acá transitan por un París cosmopolita donde el respeto es la esencia del vecindario. Donde el director Francois Dupeyron se da el lujo de ostentar sus influencias estilísticas venidas de Truffaut, al incluir una escena donde una famosa actriz interrumpe el tráfico y la secuencia misma de su propia historia. Es la magia del cine que “El señor Ibrahim y la flores del Corán” muestra en esplendor.
Una hora y media para respirar un poco de fatalidad, pero sin amargura. Con un joven sensible que aprende en el momento oportuno que la música, las mujeres, los baños sauna, los viajes y, por sobretodo, la bondad, corresponden al bálsamo de la vida. Insertos en ambiente sesentero, con sotanas y turbantes cruzándose en la calle sin prever el choque violento que estaba por sacudirlos con menos Corán y más racionalismo hundido en la ignorancia supina del verdadero aporte del humanismo.

8/24/2006

Al menos hay lunes

Dicen que España se ha transformado en país de inmigrantes, cuando antes era todo lo contrario. Reflotada como una nación atractiva para quienes buscan mejores oportunidades laborales, Fernando León de Aranoa muestra el lado menos glamoroso de la “madre patria” en un grupo de cinco cesantes cuarentones.
Con menos dramatismo del que uno espera en este tipo de cine, ahí está en todo su esplendor uno de las plagas bíblicas del presente siglo. Sin alegorías políticas ni apuntes con el dedo a la globalización, León hace desfilar por las calles de un norteño puerto de España a personajes de gran calidad humana. Con una trama tan sencilla, todo el valor de este testimonio está en cada uno de sus personajes.
El eterno candidato a entrevistas de trabajo que no halla mejor solución para disimular sus canas que cubrirlas con tinturas baratas que escurren por el cuello con el fragor de los nervios, mientras espera su turno laboral. O el marido ideal que empieza a ver con resignación los primeros quiebres de su matrimonio. La joven estudiante que reparte su tiempo con el cuidado de niños y que delega parte de sus funciones a este grupo de desocupados mientras visita a su novio.
Junto con ese humor sin estridencias, está el lado oscuro del suicidio. Resultado de la miseria y la vergüenza de no confiar esa postración a sus amigos, cuando uno de los pilares en que se sustenta todo el film es la amistad. No hay demostraciones de allanar el camino escarpado por el que cruzan, más que una absurda impotencia ante el aciago futuro que tienen por delante. Parecen un grupo de estudiantes irresponsables que arrastran el dolor de ser unos apátridas del sistema, el mismo que los reventaría de todos modos absorbidos por una vida de trabajo sin frenos.
Ya no están los cargos vitalicios de antaño, cuando alguien entraba a una empresa para hacer carrera y morir con cincuenta o más años de servicios. Peor aún, se olvidaron de la verdadera misión del “homo sapiens laboral”, convertidos en el engranaje que sobra de una maquinaria que jamás entenderán del todo. “Los lunes al sol” conmueve y divierte entre sueños de marchar a Australia, con más copas para olvidar que ilusiones puestas en sus potencialidades.
Son los testigos mudos del sinsabor que trajo consigo la modernidad, cansados de tirar el carro de la vida pero que al menos tienen un lunes para reír juntos hasta que la risa deviene en una mueca amarga cuando llega la hora de preguntarse lo que harán el día de mañana.

8/16/2006

¿Coros celestiales?

Un réquiem es un tema musical que se escucha en las iglesias católicas durante una misa fúnebre. En “Réquiem por su sueño” tal melodía no parece ser el bálsamo sereno hacia una mejor vida; todo lo contrario, a medida que avanza la trama se tiene una eterna sensación de ahogo.
Dividida en cuatro partes -que son las cuatro estaciones-, todo comienza en primavera. Harry roba el televisor a su madre para comprar drogas, pero este hecho parece una broma de mal gusto con lo que está por venir. La novia de Harry tendrá que caer en una degradación moral y sexual con tal de proveerse de drogas cada vez más duras. Sara, la madre, sucumbirá a los llamados de sirena de las anfetaminas, no sin antes rendirse a los embrujos de otra droga letal: la televisión.
Pocas veces la miseria humana se ha mostrado sin vergüenzas como en esta producción del director norteamericano Darren Aronofsky. “Trainspotting” tuvo la virtud de mostrar a jóvenes tragados por el ducto de la taza del baño, entre orines, con la salvedad del humor. En Réquiem no hay tiempo para sonrisas. Todo el ritmo, la música envolvente, la pantalla dividida en dos y los primeros planos de las adicciones están encaminados a crear inconformidad en el espectador. Ese ligero escozor que necesariamente tiene que ser canalizado con información constructiva.
En su mejor papel, Ellen Burstyn interpreta a una madre adicta a los concursos de televisión. Creyéndose ganadora de uno de ellos, decide bajar de peso a como de lugar con tal de probarse un vestido de aquellos años mozos. Es increíble como la degradación síquica, primero, da paso a una transformación física degradante. Los sueños empiezan a transformarse en pesadillas a ojos del público.
Juventud, riqueza, amor y felicidad. Los arquetipos de bienestar moderno quedan como estropajos. Nunca he entendido este afán de mostrar la mediocridad por la mediocridad. Este tipo de películas cumple el mismo propósito que la pornografía. Ni siquiera la visita de las amigas de Sara, en la clínica siquiátrica, sirve para insuflar de aires frescos en medio de la perplejidad.
Una madre que quiere ser joven y jóvenes que ignoran qué hacer con sus vidas. El desamparo, la desorientación y la soledad ofrecen un espectáculo desquiciante, sin treguas. No hay atisbos de redención por ningún lado. Es más, algunas de las escenas de consumo de heroína fueron censuradas en nuestro país.
Terminó el “american way of life”, ahora sí que podemos cantar a coro un réquiem para esta cultura de ultratumba.

8/09/2006

Comedia en quiebra

En el arte mientras más viejo su autor, mejor la calidad de la obra realizada. ¿Será este el caso de Woody Allen con “Match Point”?
Con una temática sencilla, alejándose extrañamente de su acostumbrada comicidad, en una ciudad que no es Nueva York, Allen hecha raíces en el eterno complejo de la infidelidad, con ribetes totalmente actualizados. Las líneas de un Londres discreto lo condujeron a hacer un cine más europeo que norteamericano.
Unos aristócratas ingleses menos compulsivos, por un lado; y un par de jóvenes arribistas de clase baja, presos de sus pasiones hasta el descontrol. Chris, el irlandés que viene a Inglaterra para trabajar como entrenador de tenis y trepar en la escala social casándose con la hija de un acaudalado empresario, no es el único que miente. Su alumno, Tom, también lo hace, pero a él lo redime la sinceridad.
Impecable papel de Scarlett Johansson, como mujer fatal y pitonisa. Advierte a Chris que la única forma de estropear sus planes es interesándose en ella y, más aún, en su aparición fantasmagórica vaticina que Chris pagará por todas sus culpas con un dolor jamás imaginado. Queda claro que no será por medio de la expiación fácil de la justicia. El rostro compungido del protagonista hacia el final muestra algo de ese presagio.
La escena en las afueras del cine, con el gran anuncio de “Diarios de Motocicleta”, no es un hecho casual. Es el retrato idealista del Che Guevara, ícono del compromiso con un ideal, visto como una rareza digna de llevarse a la gran pantalla. Seres rodeados de un ambiente donde los valores más sublimes como el amor y la fidelidad son meros peldaños hacia la comodidad que ofrece una fría mansión o el escritorio pulcro de la gran compañía del suegro.
Allen, como nunca, rescata lo mejor del cine negro, de tragedia griega y los elementos filosóficos de Dostoievski para agregar un elemento más: el azar. La pelota que rebota en la red congelándola, se compara con la moneda que finalmente cae a este lado del río. Obviamente es la carta que lo salva de una reclusión oscura, pero hasta qué punto ese mismo sentimiento de sumisión ante los más básicos instintos no es ya una fosa de degradación moral y social. En este punto Allen no dogmatiza, su propia vida le impide dictar cátedra en el tema.
Con menos jazz y más ópera, quien dirige se aleja de las jugarretas estilísticas de alumno aventajado y entra de lleno en un cine serio que a veces aburre por sus aparentes obviedades, pero que desborda en significados que apunta al devenir marmóreo de las relaciones humanas más elementales.