5/30/2006

Saludables arrugas

Hay viejas y viejos. Aquellos octogenarios que piensan como jóvenes entusiastas y jóvenes que viven sus días como ancianos amargados. Esta es la historia sensiblera de una de ellas: la abuela Carrie Watts, encarnada en Geraldine Page quien ganó el Oscar a la mejor actriz por esta realización en 1985 para morir dos años después.
Y es que todo el peso de "Viaje a Bountiful" está en la interpretación que Page hace de una abuela ingenua, que vive en un departamento con su hijo y nuera, una mujer de voz chillona que redacta una declaración de principios para impedir que la suegra siga tarareando sus canciones de siempre, evite levantarse en la madrugada cuando halla luna llena y, sobretodo, para quedarse con los cheques de pensión por si la abuela comete el error de perderlos.
Pero Watts no es una vieja típica. Cuando su hijo se esmera en obtener un aumento de sueldo, y su nuera Jassie Mae vive precupada de las peluquerías y en tomar un curso de golf, Watts toma la firme decisión de volver a su pueblo natal después de veinte años de ausencia. Es Bountiful, un pueblo desconocido para los vendedores de boletos de Houston y un destino que la inyecta de nuevas energías para emprender un viaje sin retorno. Entonces se sube a un bus hasta llegar al pueblo más cercano de la esperada localidad.
Durante el trayecto se suceden diálogos con una sensible pasajera. Es así como se sabe de un amor imposible y la muerte de dos hijos cuando eran bebés. Suficientes datos para conocer una biografía basada en un destino infeliz. En otra época tal vez esta misma anciana hubiera contado un pasado neonazi, de opulencia o de esfuerzos como en "Memorias de Antonia". Acá se hace hincapié en el momento al cual todos debemos llegar con el néctar extraído de las escasas ambiciones, logradas o no, transformadas en experiencia de vida.
La mirada de Watts está puesta en la necesidad de volver a tocar su tierra y hacerla fértil. Pero antes deberá vencer una serie de obstáculos sumiendo al espectador en la impotencia, la rabia y una felicidad tan "simple como un anillo"; acometida que Peter Masterson, el director, logra sin recurrir a los facilismos de los flashbacks.
Un film que es lección de vida por el mero gusto de la conversación, del gozo de oír en silencio en cantar de los cardenales. Una obra cuyas repercusiones Masterson no ha vuelto a repetir y que Film & Arts rescató de los baúles apolillados al cual todos debemos recurrir de vez en cuando para seguir mirando hacia un punto que a veces se torna tan borroso y que al final resulta siempre precario. Posted by Picasa

5/24/2006

¿Nada nuevo bajo el sol?

Un grupo de niños logra salir ileso de un accidente aéreo. Son de una escuela militar y llegan a una isla sin otra presencia humana que la de ellos mismos. Ralph es el encargado de liderar y mantener el orden, pero otro de los muchachos, Jack, un ex convicto, comienza a urdir un plan para tomar el control de todo a costa de cobrarse algunas vidas.
El film de Harry Hook está basado en el libro del laureado nobel inglés William Golding, titulado “El señor de las moscas”. Hubo otra versión llevada al cine. Ambas coinciden en una cosa: la idea superó los medios técnicos para representarla quedando muy por debajo de la novela en sus logros estilísticos.
Y es que la trama no es fácil. Golding es un pesimista por excelencia manifestando por ello la precaria condición humana hacia la maldad, el engaño y la extrema violencia. Como son niños que bordean los trece años, no queda claro si este olfato natural por lo perverso es una simple imitación al mundo de los adultos o una situación que emana de una connatural bestialidad desde el nacimiento.
Resulta impactante ver como los niños elucubran tretas para reducir al bando contrario hasta crear mecanismos mortales de defensa. Una defensa que es ciega y que se mantiene intacta a través de la manipulación del miedo y la ignorancia. Es el correlato de Caín y Abel o de Atenas y Esparta. El apego a la fuerza o al amor. Una apología al nacimiento de las sociedades basadas en la fraternidad o el odio.
La cinta adopta personajes claramente identificables: Piggy y la sensatez encarnada en un niño obeso; Ralph, en defensa de la democracia con una simple caracola; Simón, que es la luz del conocimiento; Jack, el malvado, y la mayoría que se escuda en la violencia para enfrentar sus miedos sin razón. Todos en un comienzo temen al “señor de las moscas” que es una macabra jugarreta infantil usada para espantar al monstruo que habita en las cavernas.
Hay quienes se inclinan por el orden y el respeto, pero son reducidos por quienes optan por pulir armas y aniquilar un jabalí por el mero gusto de matar, antes que mejorar las viviendas. Con algunos toques tangenciales a la guerra fría (se nombra el temor a que los rusos separen los hijos de los padres), Hook no logra que la hora y media adquiera un ritmo atrayente. Demasiado pedagógico para algunos, pero sin lugar a dudas una obra que vale arrendar en momentos que las noticias nos vapulean con armas, con estudiantes, sangre y destrucción. Pareciera que nada nuevo hay bajo el sol, no obstante ser una apariencia de algo más profundo.

5/18/2006

Una perlita de film

Para los seguidores de la serial norteamericana “Sex and the City” les será imposible hacer la diferencia entre la histérica escritora neoyorkina Carrie Bradshaw y una desatinada, deslenguada y pacata aspirante a esposa, que llega a casa de sus futuros suegros para el día de Navidad y , sin quererlo, dejar bastante revuelto el gallinero.
Es que nunca supo acomodarse a los rituales de esa gran prole. Suficiente motivo para hacer de “La joya de la familia”, una comedia inteligente como nunca antes vista. A ello cabe agregar un reparto que el director Thomas Bezucha eligió con bastante acierto: Claire Danes (otra advenediza de seriales: “El mundo de Angela”), Diane Keaton y Dermot Mulroney.
Sara Jessica hace el papel de Meredith, demasiado seria para ser cierto y que llega a la gran casona algo reticente. Parece que en otras oportunidades ya tenía experiencia de no caer muy en gracia a los demás familiares de su novio. Hasta que llega a la escena de antología en que están todos en la cena navideña y ella intenta simpatizar con los comensales diciéndoles a los padres lo “mucho que debe costarle el hecho de tener un hijo gay”. Sin lograr salir del entuerto, hundiéndose cada vez más en el lodo de su desatino y terminando por encerrarse en su pieza para marcar, de esta forma, el desenlace de la cinta.
Es una pieza para reír con algo de reflexión de lo que significa para algunas culturas el mantener unida a la familia a como de lugar, por medio de la aceptación del clan completo. Desde ese punto de vista, nos encontramos con la antítesis de “Belleza Americana”: una familia feliz, con una madre que acepta su enfermedad mortal sin entrar en conflictos existenciales, vacaciones abrigadas al alero de una gran chimenea, autos, alcohol, desencuentros que se toman a la ligera y que se resuelven de la manera más simple y “sin quedar mal con nadie”.
Total, ese es el fin de la comedia: hacer de los temas más complicados una razón para reír con soltura. Y en eso Bezucha logra su objetivo basándose en amores contrapuestos que logran encajar en una jugada final de ajedrez; eso, sí, sin mucho esfuerzo mental. Porque, cuando todo está a punto de derrumbarse, aparecen las escenas disparatadas y exageradas como comodines de la jugada.
Especial momento para quienes rehuyen del humor gringo desabrido, como las “locademias” sin fin, y para otros que detestan el melodrama salpicado de cortes de cebollas y que se quedan a término medio entre la risa y el llanto de lo que podría pasar hasta en las mejores familias.

5/03/2006

Oliver Twist

Juana Spyri con su “Heidi”, Héctor Malot con su “Sin Familia” (Remi en la animación japonesa) y Edmundo de Amicis con su “De los Apeninos a los Andes” (Marco), tienen su precedente en Oliver Twist.
Junto con la literatura, en el cine existe más de una veintena de películas que han tomado de la novela de Charles Dickens la idea medular del niño huérfano que escapa del orfanato para adentrarse en las oscuras calles de Londres. Allí encuentra refugio y amigos en una banda de ladrones comandados por el viejo Fagin. Roman Polanski releyó estas páginas para llevarla a una nueva producción cinematográfica.
Quise verla para recordar pasajes casi olvidados. Sin embargo, como ocurre con las tramas excelentes que se niegan a ser sepultadas por el olvido con el correr del tiempo, las andanzas del niño huérfano cobraron nuevo interés durante todo el desarrollo. Más aún cuando la aparición de Nancy, la prostituta maternal que intenta ayudarlo, adquiere un papel destacado y subvalorado en otras producciones.
El personaje principal encarnado en el joven actor Barney Clark, hace de Oliver un niño sin avances en su relación con los demás, situación que bien pudiera haber aprovechado un Polanski acostumbrado a tratar con el lado menos luminoso del alma humana. Todo transcurre de la forma más correcta posible, cometiendo el pecado de adaptarse de manera casi documental al libro sin tomar en cuenta las actuales apreciaciones que niños y adultos tienen de una infancia carente de comodidades. Resulta, al final de cuentas, un cuento demasiado opaco.
Dickens no es un escritor de fácil digestión. Si bien es cierto, sus obras tratan acerca del precario mundo infantil con el advenimiento de la era industrial, hay una crítica insoslayable hacia el sistema imperante. Polanski logra estampar el sentido de esta realidad en varias escenas como, por ejemplo, durante la interrupción de la cena de los dueños del orfanato para demandar una ración más de algo parecido al engrudo. O como cuando Oliver se acerca a un lado del camino para beber de las aguas estancadas de una acequia. Aparte de eso, no se aprecia bien la firma de Polanski.
En cambio, la adecuada ambientación nos logra retrotraer a una Londres decimonónica de calles atestadas de gente, donde la neblina servía de cortina para encubrir las fechorías de sus habitantes. Hasta el nombre de algunos locales comerciales fueron fielmente trasvasados de una exhaustiva documentación.
Todas las obras nombradas en un principio están basadas en la ingenuidad infantil. Algo desmitificado por Freud y que hoy cuesta creer, inclusive, en un niño de 10 años.

4/26/2006

Manos de ladrón

El hurto es un excelente parámetro para medir la inteligencia de ciertas personas. Pero no el simple cogoteo a una montepiada en las afueras del INP, sino de aquellos que piensan en grande, con una idea simple. De esos que cruzan hacia los paraísos fiscales de una remota isla donde gastar su fortuna, mientras observan desde las alturas de un avión el frenesí de abejas de los transeúntes.
Ya no basta el placer de sentir el poder de tenerlo todo con un golpe de astucia, porque Dalton Russell, el ladrón de “El plan perfecto”, hace lo que hace sólo porque se siente capaz de hacerlo. Para este nuevo retrato policial neoyorkino, Spike Lee se basó en un motivo recurrente en este tipo de tramas: la austicia. Sin embargo, al barnizar su obra con una capa de gruesa moralina, pierde toda solidez. Ahí están las escenas de un niño rehén pasando el rato con un juego digital donde sólo triunfan los delincuentes. Así como también, los deseos de hacer justicia contra un oportunista del genocidio nazi sin conocerse los motivos y los medios por los cuales supo el paradero real de los preciados diamantes.
Los aciertos están más bien inclinados en las argucias del líder de la banda usando para ello la confusión desatada en el rescate y las aristas de un sistema corrupto, en manifiesta contraposición al orden y al respecto jerárquico de los secuestradores que duró en toda la operación. Estrategia comprobada con la división de los que estaban al interior del banco en hombres y mujeres, primero, y luego en clientes y oficinistas sin caer en el recurso fácil del estereotipo racial o religioso. Es más, el film no pasaría de ser una entretenida película de acción de la gran industria de Hollywood, si para ello no hubiera contado con un elenco de primer filete: Jodie Foster, Denzel Washington, Christopher Plummer, Willem Dafoe y Clive Owen.
En algunos casos se supera el límite de lo posible con el escondite armado tras las paredes de la bodega y la entrevista amenazante entre policía y magnate. No olvidemos que son los diamantes de un partidario del genocidio alemán, demasiado interesado en ocultar su pasado y que no cesa en comprar el silencio de una inescrupulosa e influyente lobbista.
Russell cree adquirir de manera gratuita su perdón robando a otro ladrón, en medio de una lluvia divina que cae desde los cielos de la Gran Manzana para deslegitimar cualquier acto de violencia en el logro de sus objetivos. Y de paso, condenar a un policía en el descrédito como resultado de su propia ingenuidad, frente a la inercia de una ciudad colapsada por la corrupción.

4/19/2006

La marca de la ira

Quien no ha sentido esa extraña energía que brota de los intestinos para cobrarse un profundo afán de justicia. Dicen que la venganza se sirve en plato frío y con uve en mayúscula. Claro que cuando es un extremista quien se toma estas armas, y más encima adquiere ribetes de héroe, las líneas de la sensatez se difuminan.
Porque con “V de venganza”, dirigida por James Mc Teigue, las disculpas por los alcances con cualquier hecho real, parecen palabras proferidas con una mueca sarcástica. Estamos en el 2020. Estados Unidos ha dejado de ser potencia y el Reino Unido está gobernado por un régimen fascista, donde el gran canciller marea a las masas con sus monsergas emitidas por televisión. Y no sólo eso, sino que existe también un estado policíaco encargado de reprimir las diferencias sexuales o de disidencia política con el gobierno.
Con estos datos, la trama parece un hecho arriesgado si consideramos que Estados Unidos atraviesa actualmente uno de los momentos más pesimistas con el actuar de sus dirigentes. En este llamado a encontrar respuestas frente a un complejo mapa en el orden internacional, aparece este audaz caudillo de antifaz -así como el fantasma de la ópera- a fin de arrogarse el derecho a vengarse después de las quemaduras sufridas en un experimento biológico irresponsable, del cual se libró caminando con parsimonia en medio de las llamas.
Es aquí donde se suma a la causa una menuda joven llamada Evie (Natalie Portman), con el propósito de hacer los días menos amargos al nacimiento de este extraño antihéroe. Es una muchacha marcada por la violencia que conserva, como su compañero de aventuras, el viejo anhelo porque la sociedad recobre la cordura. En la explicación de sus vidas se suceden demasiados flashbacks, pero lo que realmente satura son los diálogos filosóficos que a ratos se tornan exasperantes.
Mezcla de “El Conde de Montecristo” y “Cyrano de Bergerac”, el enigmático señor V reflota ese bajo sentimiento de revancha acompañado de los acordes grandilocuentes de Tchaikovski y Beethoven, mientras se vienen abajo los principales símbolos de la política inglesa como el parlamento. Ni pensar siquiera en hacer algo parecido con nuestra Moneda, ni mucho menos poner un personaje de bigotes a lo Chaplin dando mensajes desde un púlpito en cadena nacional de televisión.
V es una excelente película de efectos pirotécnicos, con imágenes poético-religiosas como el bautismo por medio del fuego o el agua; pero más aún, con un mensaje llamado a la defensa ciega en las ideas, pero a un precio que puede resultar demasiado caro.

4/12/2006

Malsana Justicia

El cine se ha especializado en configurar tramas policiales donde víctima, sicópata y policía se despeñan en la impotencia y la histeria por encontrar una salida. Frente a una mente desquiciada es fácil entrabarse en un diálogo difícil, dando manotazos en el aire en un mundo lejano al nimbo dorado de la civilización, la misma que fue capaz de crear tal engendro.
Desde el “Silencio de los Inocentes” que no veía a un policía tratando de sumergirse en las aguas infectas de la mente de un sicópata sagaz y frío. Con “El juego del miedo II”, dirigida por Larren Lynn Bousman, el investigador Eric Mason cree haber llegado al final de un caso al atrapar en su propio centro de operaciones a un desequilibrado que no ceja en mezclar a Darwin, la supervivencia del más fuerte y la dicha de absorber en forma lenta un vaso de agua, en señal manifiesta de su admiración por la vida.
Pero la templanza se acaba cuando descubre lo que ocurre tras las cámaras de televisión en circuito cerrado. Seis jóvenes, donde está incluido su propio hijo, están encerrados en una casona aspirando un gas letal que acabará con sus vidas en cuestión de horas. Jigsaw, el sicópata, advierte que la única salida es que el policía se someta a las reglas del juego.
Si no fuera por el exceso efecto comercial que provoca la exposición de miembros amputados y chamuscados, el film atravesaría la barrera del simple género “gore” hacia lo mejor del suspense en el último año. Porque Lynn se da la libertad de armar un esqueleto argumental utilizando todo lo lúdico que esté a su alcance, burlándose no sólo de la mesura de sus protagonistas, sino también el propio espectador.
El hijo del policía es un ser complejo y escasamente aprovechado. Él sabía que su padre había encarcelado a gente inocente, de lo contrario cómo se explica la negativa a revelar la verdadera identidad de su progenitor cuando uno de los reclusos se lo pregunta. Sin embargo, cuando esto se sabe no hay mayor reacción que la indeferencia de una de las muchachas. Así, se desaprovecha la oportunidad para subrayar el trabajo en el desdoblamiento de la naturaleza humana, como base argumental de una verdadera matriuska del celuloide.
Hay un afán exagerado por llamar la atención a través de actos sangrientos. En el cartel de la promoción del film aparecen un par de dedos quebrados con las uñas desencajadas. Pero a la vez, se recrea un ambiente con ribetes de justicia en el “ojo por ojo” de las creencias musulmanas o del contragolpe en una espiral sin techo, pero queda trunco; tal como las manos repartidas en las filigranas de la pantalla.

3/29/2006

Cuestionada Virilidad

Me pregunto si los padres de mis amigos sintieron alguna vez una fuerte inclinación sexual hacia personas del mismo sexo. Octavio Paz decía en su libro “La llama doble” que “nuestros sentidos no pueden vivir sin aquello que la razón y la moral reprueban”, como si todo cuanto nos rodea no fuera más que castillos de arena levantados en nombre de una vacua religión.
Más abajo dice Paz que el amor es el único remedio contra el Sida y que este mismo sentimiento está condicionado por la trasgresión ya sea contra la familia o la sociedad. Premisas que calzan perfectamente en la relación que tienen dos vaqueros en los llanos salvajes de Wyoming, mientras buscan trabajo en los cálidos días de 1963.
“Brokeback Mountain”, del director Ang Lee, interesa porque trata de dos bisexuales que no tienen un atisbo de amaneramiento. Son vaqueros rudos que escupen tabaco y cabalgan toros, tienen hijos y esposas que mantener. Envueltos repentinamente en una nebulosa romántica, parece que el resto de los mortales sufrieran los estigmas de ser los violentos y los cerrados de mente que llevan una vida absurda basada en limpiar pañales y soportar las caras largas de los suegros.
Es una aventura solitaria que se rompe cada tres o cuatro meses cuando los amantes vuelven a encontrarse a solas a los pies de la gran montaña Brokeback. Es el eterno retorno de “Romeo y Julieta” revestido de otros ropajes, los mismos que han abrigado a feministas y homosexuales en su lucha por la igualdad cívica a contar de la mitad del siglo pasado.
El tema carece de originalidad, ya que el inglés James Ivory realizó hace años otro film de similares características y, a mi gusto, de una complejidad y superior riqueza de ideas: “Maurice”. Pero en Brokeback destaca un despliegue enriquecido por los paisajes, donde la libertad es una sola cosa cuando el hombre está más cerca de la naturaleza sin más murallas que la lona de una vieja carpa.
Asimismo, el relato está firmemente sostenido por sus actores principales: uno retraído y el otro aventurero. Ambos, sin entender las razones de la religión que profesan: la metodista. Ambos reflejando por medio de sus actitudes que la hombría tiene directa relación con la voluntad para defender lo que sienten y piensan, como en la escena donde el suegro de Jack Twist es duramente reprendido por su yerno en medio de una cena familiar.
Tal vez ahí radique su éxito: en reflotar un sentimiento que es común a todos, pero por una vía distinta teniendo las tonadas del folk norteamericano, las botas y los arreos de ovejas como voladeros de luces de una claridad mucho más perdurable.

3/19/2006

Parada Obligada

En el continente Antártico la vida humana se da en forma excepcional. Los países sólo llegan a él con fines científicos. Allí el invierno dura nueve meses, con 40 grados bajo el cero. Helado, muy helado siquiera para pensar en una cálida historia de amor evaporándose entre sus tundras impenetrables.
Sin embargo eso fue lo que se propuso el director francés -otra vez Francia- Luc Jacquet con su tierno documental “La marcha de los pingüinos”. Y digo tierno porque dejó fuera todo vestigio de violencia irracional. Recuerdo ver en otro programa como un pingüino mataba a otro a fuerza de picotazos, ni qué hablar de los pingüinos gays del zoológico de Bremerhaven. Para Jacquet el punto de vista era sólo uno: el profeso amor y respeto que se tienen los pingüinos emperadores cuando llega la hora de aparearse.
La cinta está narrada en off por tres voces: el padre, la madre y el hijo pingüinos. Ellos relatan la travesía desde el momento en que la luna y el sol se juntan a mediodía. Allí comienza la primera de un total de cinco marchas para que estas aves provenientes de los cuatro puntos cardinales se reúnan en una planicie cubierta por montañas de granito. En ese lugar se emparejan y procrean hasta obtener el huevo que deberán proteger exponiendo, incluso, sus propias vidas.
La marcha del crepúsculo, de la luna, la noche de los hambrientos y el de la separación son jirones de aventuras excelsas que van desentrañando la naturaleza de un animal que a simple vista parece tan torpe.
A diferencia de la magistral obra “La historia del camello que llora”, en los pingüinos la interferencia humana es nula. No obstante, estas pequeñas y hermosas aves presentan actitudes en extremo civilizadas, algunas de ellas tenidas muy a trasmano en nuestra cultura, como la fidelidad. Schopenhauer debe estar revolcándose en su tumba al recordarnos que el peor de los animales en este reino es el hombre; noción ejemplificada con el niño que ve a dos cachorros jugando sobre el césped y de su natural inclinación de agarrar a patadas al par de canes.
En medio de tan variadas noticias que exacerban las frases de Schopenhauer, Jacquet rescata esta historia sencilla encarándonos con un espejo, el espejo sobre cual descansa la verdadera naturaleza humana, y que a más de alguno debería avergonzar. El concepto de familia (el punto de mayor flaqueza del film, ya que acá no se destaca al animal sino que la sensibilidad humana) se une al del amor, el sacrificio, la unión social, el trabajo, el compromiso y el aprendizaje en un relato no exento de sentimentalismo y misticismo, conocimiento y reflexión.

3/16/2006

El mundo en una cápsula

Si Julio Verne fue capaz de construir sus libros fantásticos a partir de las promesas de una incipiente tecnología automotora, directores actuales como Karyn Kusama intentan adelantarse a una biología todavía incapaz de responder a cuestiones éticas. En especial con el dilema de la clonación y que viene revestida con la cinta “Aeonflux”.
Han pasado 400 años y siete generaciones para llegar al año 2415. En la tierra sólo queda una ciudad -Bregna- donde viven cinco millones de habitantes y que es más bien un imperio cuyo monarca es el biólogo Trevor Goodchild. Fuera de sus murallas hay una selva inhóspita que alguna vez provocó una epidemia capaz de asolar de un plumazo cualquier vestigio de humanidad. Bregna es el arquetipo de un mundo feliz, donde todo es controlado por le eficiencia de las tecnologías.
Sin embargo, hay una organización de disidentes llamados los “monicanos”, cuyo objetivo es derrocar la dinastía de los Goodchild, debido a una serie de inexplicables desapariciones de seres humanos. La misión definitiva está en manos de las monicanas Aeon (Charlize Theron) y Sithandra, una mujer de raza negra que en vez de pies tiene manos. Pero Aeon sufre la muerte de su hermana, en momentos que padece de diversos sueños que la hacen experimentar sentimientos aletargados.
Aeon rompe con la misión porque “siente” que Trevor no es el causante de las desapariciones. Pero ella no es la única fugitiva. Trevor se une a esta causa para descubrir un insólito acontecimiento: que cada habitante es clonado eternamente, impidiendo que las mujeres engendren por sus propios medios. Y esto, debido a que en el comité de gobernantes hay un dogmático científico que reniega de todo natural proceso por considerarlo inferior y peligroso. La hermana de Aeon había muerto prematuramente, porque sería la primera mujer en 400 años en dar a luz un hijo de forma natural.
El moderno conflicto entre civilización y naturaleza regresa con esta cinta que cumple su noble labor de entretener, sin meter las manos en los conflictos sicológicos que ocasionaría el hecho de saber que la biografía puede ser cortada y prolongada por centurias. Aeon no se sorprende, sólo quiere llegar a la destrucción del sistema reinante, con habilidades corporales propias de los artistas del Cirque Du Soleil.
Nunca sabremos si en realidad los monicanos eran aliados de los Goodchild, ni siquiera si la peste desoladora había acabado en el exterior. Tal parece que la tierra prometida de este Moisés del séptimo arte será una causa a seguir en una segunda parte de esta divertida producción.

3/02/2006

Un paño blanco africano

En el renovado metrotrén que une a Viña del Mar con Valparaíso había una pareja de campesinos humildes de entre 15 ó 16 años de edad. Sus vestimentas y ademanes así los demostraban. Él, con una preocupación desmedida, propia de los recién enamorados; ella, un tanto más retraída. Era, a todas luces, un amor de los cristalinos.
La antítesis de ello son las personas “que vienen de vuelta” y cuya unión se basa en algún misterioso deseo de cumplir o proseguir con un objetivo propuesto de antemano. Acá el azar no cuenta y ese parece ser el motivo inicial del encuentro entre un diplomático de la corona británica y una bella defensora de los derechos humanos en el film “El jardinero fiel” del realizador brasileño Fernando Meirelles.
El título lo dice todo. Justin Quayle (Ralph Fiennes) es un fiel amante de la jardinería que viaja a Kenia, lugar donde debuta en escena con su joven prometida Tessa (Rachel Weisz), a quien se le imputa un desliz amoroso con Sandy, un médico africano que presta toda su ayuda en develar las extrañas muertes en un hospital de ese pobrísimo país.
La trama pasional cede a una intriga policíaco-periodística por parte de ella y que deja fuera de escena al diplomático a fin de no entorpecer su carrera. Ella muere en extrañas circunstancias en el lago Turkane y su amigo aparece pendiendo de la rama de un árbol en las cercanías. Esto motiva a un Quayle impertérrito a seguir la pista dejada por su esposa y que se relaciona con el complot entre el gobierno británico y una conocida marca de medicamentos que utiliza la población de esa zona devastada por la miseria para experimentar una vacuna contra la tuberculosis.
El tema se aleja de la fantasía si consideramos que realmente es en África donde más gente muere a causa de diversas enfermedades propagadas sin control. Rachel interpreta su rol de investigadora incansable como lo haría la mejor de las reporteras de una ONG que aboga por la salud mundial. Por ello, el amor es el pretexto un tanto interesado en ella e indiferente en él, que alcanza su punto cúspide en los recuerdos y en el llanto del flemático inglés, en medio de uno de sus cuidadosos jardines.
Meirelles utiliza uno de sus mejores recursos (la imagen publicitaria) para atrapar con interés un tema complejo. Ya no es el James Bond en plena guerra fría, sino que una ciudadana librada de toda afiliación partidista, interesada en librar una lucha sin cuartel valiéndose de un notebook, contra un fenómeno propio de la globalización: la expansión inescrupulosa de una transnacional.La cinta será una delicia para los que aún creen en los ideales sociales en los albores del siglo XXI y en el amor como algo más que la encrucijada ciega de dos amantes.

2/22/2006

Esos extraños ojos rasgados

“Una persona extraordinaria es la que ve y siente lo que otros no pueden”. Esta frase para el bronce se desprende entre los parlamentos del film “El Ojo”, cuyo personaje principal es una joven de unos 20 años de edad que no es una escritora de fina sensibilidad para retratar el mundo, sino una no vidente desde los dos años de edad que, llegada la pubertad, se somete a un trasplante de córneas para recuperar la visión.
Para el tratamiento de la protagonista (Mun), los directores del film, los hermanos hongkoneses Oxide y Danny Pang, emplean imágenes borrosas, desenfocadas, cuya sencillez e indiferencia por el uso de efectos técnicos de última generación se mantienen en toda la trama. Es así como Mun logra recuperar la vista, pero algo raro sucede, porque comienza a encontrarse con las almas de algunas personas que, minutos antes de morir, se habían cruzado en su camino.
Llama la atención que los médicos sean en extremo jóvenes. En una nación que venera y respeta a los ancianos por ser los receptáculos de la experiencia y la sabiduría. Tal vez allá la medicina sea vista como una técnica moderna más, subordinada a los dictámenes de su centenaria filosofía.
Siguiendo a ciegas las aceleradas promesas de la ciencia médica, Mun no sabe como interpretar esa nueva capacidad para tratar con las almas en pena. No es como en “Sexto Sentido”, donde el “niño-médium” asume su rol con seriedad a fin de entregar algo de consuelo a los espíritus que dejaron esta tierra con actos inconclusos. En “El Ojo” la joven pasa de la sorpresa a la desesperación y es en ese estado alterado donde aparece uno de los médicos para socorrerla. Para ello es necesario encontrar a los familiares de la persona que había donado sus córneas, antes de que Mun se sumerja en las aguas profundas de la locura.
La cinta asiática llega a nuestra cartelera con esa frescura de encontrarnos con una industria ajena a los “Martes 13” y los “Jason”. Tal parece que los asiáticos han superado el viejo estribillo de combinar las artes marciales con lo más excelso de su filosofía de vida, para abordar las aristas de las almas, buenas o malas, que erran entre las mansardas de las casas viejas o las estaciones del metro.
Buen sonido, con una estructura lineal y con pasajes que nos hacen recordar a la hecatombe de Hiroshima, “El Ojo” se suma a cintas como “El Aro” o “El Grito” que bien nos despiertan con sobresaltos al corazón de esta modorra veraniega y algo, sólo un poco, de reflexión espiritual.

1/27/2006

Viaje a las estrellas

El verano del 2004 tuve la oportunidad de conocer a los malabaristas, actores y artistas de la Caravana del Arco Iris, un movimiento ecológico que permaneció por más de una semana en Iquique en una travesía que partió de México. Hablé con su líder de quien me imaginaba el portavoz de los últimos pataleos de un idealismo exacerbado en sus intenciones. Qué equivocado estaba.
Alfredo Jocelyn-Holt criticando en televisión la mediocridad de la docencia en Chile. Hablaba de los modelos económicos en ciernes y la escasa participación de los focos universitarios chilenos en ese tipo de debates y propuestas. Tal vez los ecologistas aún tengan la oportunidad de saltar hacia la cancha de la política desde el idealismo de sus propuestas. Con la misma utopía, media pesimista, que plasmó en el celuloide la hija de Arthur Miller, Rebecca Miller.
La cinta aborda la vida entre el padre y su hija en una isla alejada de la civilización. A ella acuden sólo de forma provisoria cada vez que necesitan provisionarse de lo suficiente para vivir. Ellos cultivan, aserruchan, arman y construyen sobre las colinas en bellas imágenes donde los rayos del sol vienen a estrellarse en las aguas del río, que bien nos retrotraen a las quimeras voladeras de los hippies setenteros. El padre (Daniel Day Lewis) es el legado fiel de esos ideales abortados por la mayoría de sus compañeros ecologistas.
Los síntomas de una enfermedad terminal y el despertar sexual de la hija de 15 años (Camilla Belle) serán los detonantes de una serie de acontecimientos que borrarán, como en la borrasca de Macondo, todo lo creado. Primero, fue el experimento fallido de armar una nueva familia con una madre y dos hijos “postizos”. Luego, aparece el empresario que desea asentar en los alrededores de la comarca un conjunto habitacional que afectaría las napas de los acuíferos de toda el área. Y, finalmente, la aparición de un sutil enamoramiento incestuoso acallado con discreción por la muerte.
Un film que nos habla del ocaso de los ideales, extrayendo lo mejor de sí en el pasado. Un ayer que se muestra tan majestuoso como vulnerable. Alma de castor o pájaro carpintero fagocitados por la vida moderna del consumo y el trabajo. En su mensaje, Miller se topa con otra memorable película ambientada en Francia: “La vida soñada de los ángeles”.
En “La balada de Jack & Rose” los acordes finos del comienzo dan paso a tonos pasionales en el desenlace y algo más lúgubres casi al final, pero cuyo epílogo se decanta en un do sostenido como antesala de algo que aún está por saberse pero que, sin embargo, deja de manifiesto que las flores estarán ahí para seguir germinando ya sea en tierra yerta o en colchón almidonado de tiernas substancias.

12/29/2005

Sonreír hasta que duela

Whisky es la palabra clave y pretexto del film del mismo nombre que utilizan los jóvenes directores Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella como el "ábrete sésamo" de las "Mil y una noches". Mediante el conjuro de esta simple palabra que envuelve el oficio en declive de los fotógrafos de las plazas de las ciudades, se va destruyendo poco a poco el sino triste de una historia actual.
El jefe y su empleada de una pequeña fábrica de calcetines se ven obligados a sonreír frente a una cámara para hacer el retrato mentiroso de un feliz matrimonio. Es que llega el hermano desde Brasil y es preferible ocultar las manchas que la soledad ha dejado en las vidas de estos personajes uruguayos, como un limo pútrido sobre la piel. Sin embargo, Marta, la subordinada, algo deja entrever en los pliegues de su piel al sumergirse en sus recuerdos escuchando los temas edulcorados de Leonardo Fabio.
A la rutina de levantarse temprano, desayunar en el mismo lugar de siempre, esperar a que abran la puerta metálica en una tarde gris, encender las máquinas y esperar a que el ruido ensordecedor de la rutina surta el efecto de una canción de cuna diabólica, antes de acostarse a dormir... todo cambia repentinamente con la llegada de la inesperada visita.
German, que viene a la casa de su hermano Jacobo tras la muerte de la madre de ambos, hace la diferencia en forma palmaria con una personalidad cautivante. Inserto en medio de la farsa familiar (los supuestos esposos duermen en camas separadas) los invita a pasar unos días de relajo en el balneario carioca de Piriápolis. La cámara vuelve a registrar por segunda vez las sonrisas postizas con un "whisky" cuyo efecto embriagador va develando el mantel oscuro de esas biografías haciéndolas recordar energías juveniles olvidadas o descubriendo que la vida es algo más que el embrutecedor ritmo de una jornada sin pasiones.
Similares efectos provoca el "Sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi, cuando el viejo periodista portugués, descomprometido de la bullente realidad social en que se sumerge el país, termina por hacerse armas en ristre con una nueva visión de mundo que va enriqueciendo su vida.
En Whisky encontramos algo más con el toque sutil de un romance que no supera la metáfora. Tal vez el amor sea el verdadero motor de toda la trama. Pueda que sean las ansias de libertad. Esas son respuestas abiertas al espectador que, mediante un trabajo en extremo sencillo, los directores legan con respeto, sin sermones y dejando que la voz de lo nuevo que está por conocerse, en ideal platónico, hable por sí solo.

12/06/2005

A la conquista del mundo

De los chilenos en el extranjero, dicen que la comunidad de Suecia es la más numerosa. Dicen, así como de entre ellos, los tocopillanos llevan la delantera. Quien iba a pensar que hace más de cien años eran los propios suecos quienes huían de su país en busca de mejores perspectivas económicas.
Eran tiempos de gran movimiento migratorio motivados por el crecimiento de las ciudades y una desvaloración del trabajo agrícola. Era el fin de la primacía de los terratenientes. En nuestro suelo José Donoso retrató en cada una de su obras lo mejor que pudo el declive de la aristocracia latifundista criolla. En Dinamarca, mientras tanto, a comienzos del siglo pasado un escritor danés –Martin Andersen Nexo- escribía una obra de similares características. En 1988 su coterráneo Bille August tomó parte de este libro para llevar a la gran pantalla su ópera prima titulada “Pelle, el Conquistador”.
Antes que aparecieran “El Imperio del Sol” y “Kolja”, August introdujo en el cine los avatares de un niño y su padre (brillante Max Von Sydow), tras dejar su patria de origen (Suecia) para trabajar en la granja Stone de Dinamarca, propiedad del libertino señor Kongstrup y su infeliz esposa, la señora Missus.
“Los sueldos son tan altos que los niños tienen tiempo hasta de jugar”, repetía Lasse Karison, el padre de Pelle quien no tarda en afrontar las vicisitudes de vivir en patria de otro idioma y costumbres. Pero de a poco el niño se va alimentando de otro sueño, el de su rebelde y soñador amigo Eric que espera llegar a la primavera para conquistar América. Mientras ello no ocurra, la retina del pequeño se va impregnando de las injusticias en el trabajo, de los amores prohibidos, de la impotencia de su padre avejentado por darle una mejor vida, por la muerte, el abuso y la amistad.
El film retoma uno de los sueños de Kurosawa, en donde un menor es desterrado de su aldea para enfrentar por si solo el vasto mundo. Aquí la historia se repite por decisión del niño dejando en los espectadores la sensación de alguien que prosigue los pasos de un padre que se muestra incapaz de seguir viajando. Pelle lleva además de los zapatos legados por su progenitor, los sueños abandonados por otros adultos en medio de la tundra inhóspita.
Todos los sentimientos y los castigos ejemplarizadores se conjugan para que Pelle adquiera las herramientas indispensables para encontrar un espacio donde vivir con dignidad. La trama está ambientada alrededor de 1920, pero se muestra con una indiscutible actualidad y vergüenza por volver a ver ese insuperable trauma social.

11/29/2005

Horror cercano y verdadero

Apenas comienza diciembre y algunos hogares ya asoman entre las cortinas de sus ventanas los luminosos pinos navideños. Junto a ellos, no faltará la crítica de sobremesa de los por qué de esa tradición cuando en su lugar debiera asentarse un cactus con diversos frutos colgando de sus púas. Se acerca un festejo despojado de todo sentido, si hasta la paz y el amor escasean en una noche que todos catalogan de buena.
Perdónenme los que sienten la Navidad con lechosa dulzura. En medio de este grito por recobrar algo de espiritualidad en esta maratón mercadista aparece el film “El exorcismo de Emily Rose”, dirigida por Scott Derrickson (estudioso de las ciencias ocultas), con esa misma pesadez que deja la falta de sustancia en los propósitos.
La trama parte con el juicio en contra del Padre Moore, acusado de negligencia en la muerte de una joven universitaria por incentivarla a dejar los medicamentos para controlar una serie de supuestos trastornos siquiátricos, ya que éstos entorpecían los efectos de un exorcismo. Entonces aparecen abogados y testigos como sacados de un viejo molde del cine setentero.
La abogada Erin Brunner acepta la defensa del sacerdote, con el objetivo de escalar puestos en la empresa donde trabaja. Sin embargo, con el correr de la investigación no se especifica en qué grado cambia la biografía de esta solitaria mujer de roce frío con sus semejantes.
La obra de Derrickson adolece de anoréxica originalidad, ya que no alcanza la mística y la impotencia que trasciende Jane Fonda en “Agnes de Dios” o el nivel de terror en varias de las escenas que encarna Linda Blair en “El Exorcista”. En Emily Rose, la abogada jamás logra que el caso la supere. Su excesivo control y celo profesional (los alegatos en tribunales suelen ser demasiado largos), se deba quizás a que el director no quiso comprometerse moralmente en el caso real de la alemana Anneliese Michel.
Sin temor ni mera curiosidad, ya que desde un comienzo se establece en forma clara las causas de la muerte de la universitaria, el argumento científico que intentan otorgar al exorcismo desde el punto de vista antropológico se diluye. Así como la carta dejada por la posesa casi al final donde relata un encuentro celestial.
Un trabajo que no entusiasma, debido a esa misma carencia de alma que empieza a palparse en estas fechas donde los nervios por lograr el regalo más caro, el árbol sintético más frondoso, la gula y el egoísmo sí son capaces de erizar los pelos a cualquier mortal que enfrente tamaño engendro disfrazado de guirnaldas y cascabeles.

11/17/2005

País Inventado

Daniel, un profesional alemán que está en Iquique para estudiar nuestros moluscos, me decía que en su país la mayor preocupación del gobierno era el creciente número de cesantes producto, en parte, de la absorción de los trabajadores que venían de la RDA, luego de la unión de 1989 con la caída del Muro de Berlín.
“No es cierto eso del peligro de una Alemania fuerte”, respondía poniéndose algo molesto comparando la Alemania hitleriana con nuestro reciente pasado dictatorial. Para calmar los ánimos pedí que me mostrara fotos en donde aparece junto a su hermana y su madre. Una ejemplar ligazón teutona, me dije, que bien podría ser la copia fiel de Alex, el protagonista de “Good Bye Lenin”, film dirigido por Wolfgang Becker.
En momentos en que todos hablan de corregir el sistema, el film se inmiscuye en esta controversia con una mirada retrospectiva de lo que fue el acto más simbólico de la caída del comunismo. Sin recaer en la retórica política, el film se centra en una historia filial del hijo con la madre, tal como acontece con la película de Denys Arcand “Invasiones Bárbaras”.
La madre de Alex, una socialista a ultranza que vive en la RDA, sufre un desmayo al ver que su hijo es apresado en una manifestación callejera. Ella entra en un estado de coma que dura ocho meses, tiempo en el cual la Alemania vuelve a ser una. Para no alterar los ánimos que puedan ocasionar problemas en su salud, Alex intenta por todos los medios de ocultar la verdad buscando en los tarros de basura los frascos vacíos de los productos fuera de circulación.
El amor familiar se conjuga con lo erótico, cuando se percata de las nuevas tendencias de la moda que hacen descubrir las piernas de las enfermeras. Es así como se enamora de una inmigrante rusa, quien lo acompaña en una y otra ocurrencia como las grabaciones del noticiero hechas por él mismo con datos trucados.
¿Cuánto duele la verdad? ¿Es preferible vivir en el nimbo de la fantasía?, éstas son preguntas respondidas en “Ojos Bien Cerrados”, del director chileno afincado en España, Alejandro Amenábar. En “Good Bye Lenin” no importa la verdad, ya que nadie es capaz de contestarlas en estos momentos, al no existir una alternativa de modelo que lo sustente. Alejándose de la arenga política a regañadientes, en la cinta sólo aparece un viejo vecino reclamando por las condiciones defectuosas que lo dejó el nuevo sistema provisional.
Es el fin de una historia que planea junto al busto de Lenin desde un helicóptero y el nacimiento del afecto real hacia la mujer y el reencuentro con el padre ausente, consumista por excelencia, con un real sentimiento de conmiseración.

11/11/2005

Mister Adrenalina

Debo reconocer que el tema del boxeo en el cine no me gusta. Sobretodo cuando el desenlace se perfila hacia un final feliz esperado. Pero James Braddock trajo algo más que un mero espectáculo de circo romano allá por la década del 30 del siglo pasado, cuando la recesión económica que dejó la Primera Guerra Mundial remeció las bases sociales de Estados Unidos.
Ron Howard eligió adaptar a la pantalla grande no sólo la vida de un boxeador descendiente de italianos, sino también el drama de un personaje anclado en la miseria absoluta que no ceja en vaciar un plato de lentejas con los dedos, minutos antes una determinante pelea. Así es “El Luchador”, que en original lleva por nombre “Cinderella Man” como un ceniciento que lega un mensaje personal y social.
Un complejo desarrollo personal, porque Braddock no descansa tras superar sus necesidades más básicas de abrigo y alimentación sino que, motivado por el espíritu de superación, sigue la estrella de un deporte que fue su real pasión, que se desprende de él luego de una serie de eventos de mala suerte que culminan con la fractura de su mano izquierda, y que retoma con éxito después de cuatro años de penurias.
En los comienzos del siglo veinte, Estados Unidos se hundía en una crisis con 15 millones de desempleados. El Braddock de Howard no sólo hace gala de un temple moral que obliga a su hijo a devolver el robo de un salchichón, sino que también restituye hasta el último peso de lo que pedía en el seguro social y, además, arenga al magnate de la empresa del boxeo yanqui argumentando que si la pobreza fuera lucrativa, en los barriales pobres de la Villa Hoover, con seguridad aquel adinerado administrador habría cambiado de rubro.
Braddock fue un hombre que se cansó de rezar. Que se enfrentó contra los dobles intereses del pugilismo por medio de breves recuerdos, utilizados en raccontos certeros, de su familia subyugada por el frío y las enfermedades como la fuente que emergía de sus guantes para enfrentar a adversarios mejor alimentados y entrenados. Hasta para los menos adherentes al box comulgaban con un público que esperaba el triunfo a favor de Braddock, ejemplo de patriotismo norteamericano en estado puro, desempolvado de una época donde la radio reinaba sin contrapesos.
Russel Crowe y Reneé Zellweger confirman la fama del que han hecho gala los premios que han recibido, en un tema que ha sido explotado hasta la saciedad por la industria de Hollywood, pero que vale la pena ver y deleitarse con esa adrenalina que aflora cuando el derecho a una vida digna está a un paso de sucumbir.

11/03/2005

Como agua entre los dedos

Edificios húmedos, calles atestadas de indigentes y vecinos que harían palidecer a cualquiera conforman la gama de personajes y ambientes que el director brasileño Walter Salles imprimiera en el celuloide con el título de “Agua turbia”.
Qué deprimente ha devenido esta Nueva York en donde Gene Kelly se regocijaba bajo la lluvia cantando y bailando “Singing in the rain” en 1952. Sin embargo, tampoco es un film realista, pues la industria se encargó durante meses de promocionarla como “la obra” que haría erizar los pelos de puro miedo.
Madre e hija se embarcan en la tarea de encontrar cuanto antes un departamento y un trabajo que les permita vivir juntas, después que el matrimonio decidiera en forma consensuada poner fin a su relación. Es así como ambas van a dar a un oscuro lugar con vista hacia una selva de edificios maltrechos, nido preferido de inmigrantes y drogadictos. Al menos esa fue la tónica impuesta por el cine hasta que esta mujer (Jennifer Connelly) decidiera mudarse hacia el rostro feo de la gran ciudad.
El tiempo utilizado para adentrarnos en la crisis que vive la protagonista, daba por sentado que todo acabaría en el desamparo y las dificultades que encuentran las mujeres con ansias de libertad en la nación del norte. Pero he aquí que aparece una mancha en el techo, signos latentes que los vecinos del piso superior tienen problemas con los ductos de agua. A esto se suman ruidos molestos, en un lugar deshabitado durante meses.
La niña tiene una nueva amiga imaginaria. La madre, en tanto, no cesa de tener pesadillas con su madre en un conflicto que nunca llegó a ser aprovechado del todo y que se transforma en un recurso fuera de contexto. Como era de esperar, el final se despeña en el sinsentido que deja la falta de hilaridad.
La actuación de Connelly, de sostenido avance, no despega en este proyecto, suerte de trama sicológica que pasa a un suspenso semiterrorífico y que termina en un extraño embrollo sentimental que nos deja en los intersticios aturdidores de una cachetada.
Hay algo en común con “La habitación del pánico”, protagonizada por Jodie Foster. Ambas son mujeres de reciente separación, con una hija que padece de algún problema físico o mental, que atraviesan la etapa de acostumbramiento a una nueva forma de vivir, en un nuevo y amenazante hogar y que acaban por confirmar el quiebre del valor familiar hacia algo que al terror y al suspense gringo se les escapa como agua turbia entre los dedos.

10/27/2005

No estaban muertos...

Diez años tardó Tim Burton para crear y pulir su cuento fílmico “El cadáver de la novia”, ya que la técnica de su predilección, el stop motion, puede tardar hasta tres días en elaborar una toma. Tras la técnica, el tema retomó las letras de una antigua canción del grupo español Mecano titulado “No es serio este cementerio”.
El trío hispano relata en sus melodías cómo se divierten los muertos bajo tierra, claro que con algunas referencias políticas. Algo de eso también se halla en la obra de Burton, al mostrar la algarabía perpetua en que “viven” los muertos de un oscuro pueblo de Inglaterra. Un lugar victoriano de rancio abolengo que vive por y para las apariencias.
Los aristocráticos Everglot, casi en ruinas, desean casar a su hija con el primogénito de un acaudalado comerciante algo menos refinado en sus modales. Es un matrimonio convenido entre los padres, antes que los novios se conozcan. Pero el miedo de los jóvenes pasa a segundo plano cuando se encuentran por accidente y el amor llega casi en forma instantánea.
Pero el día en que debían contraer nupcias, los nervios traicionan a Víctor Van Dort, el sensible comprometido, lo que lleva a suspender el acto hasta que se aprenda de memoria los diálogos que la pompa religiosa obliga. Desalentado, camina por bosques fantasmagóricos recitando una y otra vez sus parlamentos hasta que, por descuido, su anillo queda prendado de una rama que no era otra cosa que las osamentas de la mano de una novia que lo lleva hacia las profundidades de la tierra.
Con una técnica impecable y un tema de exquisito gusto para los amantes de lo gótico y el mito ruso de la novia que muere tras haber sido abandonada en el altar, la marca gringa disneyana, de todas formas, se hace sentir. Aparece el antagonista encarnado en un apuesto personaje interesado en desposarse más con el dinero de los padres que de la hija. Algo parecido a nuestro Pepe Cortisona de las historietas Condorito, además de la figura simpática que atraviesa toda la historia y que es un gusano (la conciencia) que mora en el cráneo de ella.
Con los ingredientes suficientes para asegurar audiencia, Burton se lanzó en un proyecto de largo aliento donde las canciones aparecen con discreción, ambientándose en una época donde las noticias eran gritadas a viva voz y los velos raídos del traje de un fantasma vagan entren la claridad de la luna de un mundo sombrío y el torrente de juerga e igualdad que subyace en los faldeos de la conciencia de los seres.