No recuerdo bien el nombre de la película, pero trataba de un niño poco dado a los estudios que pasaba al mundo de la animación para vivir un sinfín de aventuras entre dos bandos irreconciliables: el reino de las letras y las matemáticas. Como todo buen cuento, perdura en la memoria, cosa que no ocurrirá con “Charlie y la fábrica de chocolates” de Tim Burton.
Charlie es un niño que vive en un pueblo cuyo oficio gira en torno a una fábrica de chocolates, propiedad de Willy Wonca quien, al pasar de los años, se transformará en un personaje casi mitológico al cerrar la empresa debido al robo continuo de sus recetas. Quince años después de este hecho, vuelve a abrir sus puertas.
Wonca (Johnny Deep) organiza un concurso mundial para que cinco niños conozcan la fábrica acompañados por un adulto de su elección. Entrarán sólo quienes encuentren un boleto dorado escondido en cinco barras de los famosos chocolates. Uno de los ganadores es Charlie quien vive en un hogar pobre, con sus padres y cuatro abuelos que aparecen durmiendo todos en una cama. Charlie acudirá junto a uno de sus abuelos, quien fuera un antiguo empleado de la fábrica. Por ello nadie explica la eterna juventud que rodea la figura de Wonca, un ser que por sus sicóticos modales se asemeja a un Michael Jackson de los caramelos.
Curioso film de Burton, acostumbrado a introducirnos en ambientes góticos y oscuros. Acá aparece un despliegue escénico de sesentero colorido y con un paseo tal cual nuestro mecanizado Tren Fantasma de septiembre. En cada estación aparece un grupo de enanos de la región de los Oompa Loompa, obreros de la fábrica y cantantes por naturaleza aunque el doblaje chillón impide apreciar lo que realmente dicen.
Los cantos aparecen cuando van eliminando a los participantes: cuatro niños que representan todos los males infantiles de la vida moderna. Uno es un obeso alemán, otra una niña rica consentida de sus padres, otra pequeña para quien la vida se basa en ganar cada desafío y otro adicto a los juegos de la computación, todo un genio de la pedantería. Al quedar sólo Charlie se da por enterado que es el ganador, pero ¿el ganador de qué?, si al final de cuentas nada hizo. Silencioso mensaje de conformismo.Lo más explícito está en el valor familiar presente en Charlie y que logra cambiar la vida solitaria de un Willy Wonca sumido en sus experiencias traumáticas infantiles, desde que su padre dentista le prohibiera comer dulces. Tal parece que el cuento de Roald Dahl, en el que se basó Burton, logra su moraleja con mayor acierto que esta olvidable y almibarada realización.
7/29/2005
7/22/2005
Roma, la decadente
El Día de la Madre y el Día del Niño tienen un punto en común en el film Roma, del realizador argentino Adolfo Aristarain.
La trama comienza en España con Joaquín Góñez, un escritor consagrado que, para transcribir sus memorias, contrata los servicios de un joven estudiante de periodismo. Góñez es un hombre hastiado de cuanto le rodea y que, en pleno trabajo de repasar las distintas etapas de su vida en Buenos Aires, va resquebrajando esa coraza invulnerable y pesimista que lo caracteriza.
¿Lo rescatable del film?: las excelentes locaciones que hace el director al pasar de la década del 49 al 50 y luego al 60; las actuaciones de José Sacristán, el viejo escritor, y de Susú Pecoraro, quien hace de Roma, la madre del protagonista, y que en 1984 participara en Camila, postulante al Oscar a la mejor película extranjera.
Sin embargo, y a pesar de haberse llamado Roma en honor a la abnegación materna, el film se centra en la vida cronológica de un niño huérfano de padre y que luego se ve enfrentado a una juventud disipada de los años 60 al más puro estilo Busco Mi Destino. Si no fuera porque madre e hijo padecían de constantes apremios económicos, lo más seguro es que el joven hubiera aparecido hundido en alguna de esas emblemáticas motocicletas. Pero a falta de motos, algunos atisbos del parlamento sorprenden al escucharlo hablar sin tapujos de orgasmos y otros menesteres con su mamá.
Cuesta encontrar el hilo conductor desde un principio. Carente de conflictos, las dos horas y media que dura la película están determinadas por un buen comienzo que se diluye en una biografía que avanza a tropiezos sin involucrar al protagonista con la política, ni con el amor ni mucho menos con la muerte de Roma. Los discursos se exceden cayendo a ratos en una atmósfera de bares y libros de un Buenos Aires bastante manido.
Aristarain quiso purgar sus propios pecados con demasiada autocomplacencia. Tal vez el humor hubiera surtido el efecto milagroso para tratar una temática que bien ha funcionado en varias obras de Woody Allen. Pareciera que, presintiendo los aleteos próximos de la muerte, el director creara una retrospectiva hecha a la rápida; un diario de vida predecible, sin añadir en el relato algún hecho que escapara a la burda realidad como sí lo hizo García Márquez en sus memorias Vivir para Contarla.Ahora por qué le pusieron Roma, la madre que en uno de los pasajes dice “ninguna de las vidas que uno vive tiene mucho sentido”, tal vez ahí esté la base del desarrollo argumental. Carentes de sentido, nos quedamos con imágenes débilmente tratadas y un joven cándido e ingenuo que no evoluciona hasta llegar al arisco escritor del presente.
La trama comienza en España con Joaquín Góñez, un escritor consagrado que, para transcribir sus memorias, contrata los servicios de un joven estudiante de periodismo. Góñez es un hombre hastiado de cuanto le rodea y que, en pleno trabajo de repasar las distintas etapas de su vida en Buenos Aires, va resquebrajando esa coraza invulnerable y pesimista que lo caracteriza.
¿Lo rescatable del film?: las excelentes locaciones que hace el director al pasar de la década del 49 al 50 y luego al 60; las actuaciones de José Sacristán, el viejo escritor, y de Susú Pecoraro, quien hace de Roma, la madre del protagonista, y que en 1984 participara en Camila, postulante al Oscar a la mejor película extranjera.
Sin embargo, y a pesar de haberse llamado Roma en honor a la abnegación materna, el film se centra en la vida cronológica de un niño huérfano de padre y que luego se ve enfrentado a una juventud disipada de los años 60 al más puro estilo Busco Mi Destino. Si no fuera porque madre e hijo padecían de constantes apremios económicos, lo más seguro es que el joven hubiera aparecido hundido en alguna de esas emblemáticas motocicletas. Pero a falta de motos, algunos atisbos del parlamento sorprenden al escucharlo hablar sin tapujos de orgasmos y otros menesteres con su mamá.
Cuesta encontrar el hilo conductor desde un principio. Carente de conflictos, las dos horas y media que dura la película están determinadas por un buen comienzo que se diluye en una biografía que avanza a tropiezos sin involucrar al protagonista con la política, ni con el amor ni mucho menos con la muerte de Roma. Los discursos se exceden cayendo a ratos en una atmósfera de bares y libros de un Buenos Aires bastante manido.
Aristarain quiso purgar sus propios pecados con demasiada autocomplacencia. Tal vez el humor hubiera surtido el efecto milagroso para tratar una temática que bien ha funcionado en varias obras de Woody Allen. Pareciera que, presintiendo los aleteos próximos de la muerte, el director creara una retrospectiva hecha a la rápida; un diario de vida predecible, sin añadir en el relato algún hecho que escapara a la burda realidad como sí lo hizo García Márquez en sus memorias Vivir para Contarla.Ahora por qué le pusieron Roma, la madre que en uno de los pasajes dice “ninguna de las vidas que uno vive tiene mucho sentido”, tal vez ahí esté la base del desarrollo argumental. Carentes de sentido, nos quedamos con imágenes débilmente tratadas y un joven cándido e ingenuo que no evoluciona hasta llegar al arisco escritor del presente.
7/18/2005
La voz del pueblo
Entre risas y resignados comentarios las personas salieron del cine una tarde de sábado después de ver La Guerra de los Mundos, la reciente entrega del director Steven Spielberg. Mientras bajaba las escalinatas recordé a José Luis Rodríguez en el Festival de Viña del Mar de 1988 y su célebre frase “A veces hay que escuchar la voz del pueblo”.
En verdad, fue casi imposible retrotraerse a un director afamado por articular con sofisticados métodos de producción, obras en donde la temática extraterrestre es ya una impronta de taquilla insuperable (Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, ET). Lo mismo ocurre con Tom Cruise, inverosímil en su papel de padre indiferente, aunque la cronología de sus interpretaciones denota escasas variaciones interpretativas.
Los primeros minutos nos interiorizan de un padre divorciado que trabaja como estibador en un puerto de New Jersey que recibe a sus hijos Robbie y Rachel, adolescente rebelde el primero y niña exigente, la segunda, quien no para de gritar. Pero su histeria tiene una razón: seres de otro planeta han bajado a la tierra para enseñorearse de todo y cultivar, con sangre humana, unas plantas parecidas a los corales de nuestro azulado planeta.
La idea de seres inteligentes hostiles a la raza humana viene del escritor inglés Herbert George Wells, quien publicó en 1898 una novela del mismo nombre que la película. Wells inspiró a Orson Wells a difundir por la cadena radial CBS el 30 de octubre de 1938 un programa que causó real pavor en una New Jersey sensible al advenimiento de una guerra mundial. Hay algunos que, escarbando en el original, encuentran una crítica severa a la hegemonía que ostentaba el imperio inglés en esa época, mientras que con la cinta de Spielberg hallan los mismos motivos temerosos del futuro bélico que imponen los grupos extremistas islámicos.
Motivos más o menos, pasados los primeros veinte minutos y descontando de plano la ingerencia del gobierno o la policía, el film se centra en entretener mediante un impecable despliegue computacional logrando con el surgimiento del primer trípode una de las escenas mejor logradas. Claro que en la lógica irreal del cine de espectáculo debe haber algo de credibilidad; por ello resultan imperdonables situaciones como la falta de cadáveres al encontrar los pedazos de un avión o la inexplicable salvación al caer de un ferry. La carrera por huir se ve interrumpida por un corto e intenso pasaje de suspense cuando padre e hija llegan al sótano de Ogilvy (Tim Robbins).El final, y escuchen con atención a quienes salen del cine, tropieza por un romanticismo casi fuera de contexto. Pese a sus errores, Esteve de Jarnatt logra estampar el pánico ante la caída de una bomba atómica con mayor solidez en Miracle Mile, de 1987.
En verdad, fue casi imposible retrotraerse a un director afamado por articular con sofisticados métodos de producción, obras en donde la temática extraterrestre es ya una impronta de taquilla insuperable (Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, ET). Lo mismo ocurre con Tom Cruise, inverosímil en su papel de padre indiferente, aunque la cronología de sus interpretaciones denota escasas variaciones interpretativas.
Los primeros minutos nos interiorizan de un padre divorciado que trabaja como estibador en un puerto de New Jersey que recibe a sus hijos Robbie y Rachel, adolescente rebelde el primero y niña exigente, la segunda, quien no para de gritar. Pero su histeria tiene una razón: seres de otro planeta han bajado a la tierra para enseñorearse de todo y cultivar, con sangre humana, unas plantas parecidas a los corales de nuestro azulado planeta.
La idea de seres inteligentes hostiles a la raza humana viene del escritor inglés Herbert George Wells, quien publicó en 1898 una novela del mismo nombre que la película. Wells inspiró a Orson Wells a difundir por la cadena radial CBS el 30 de octubre de 1938 un programa que causó real pavor en una New Jersey sensible al advenimiento de una guerra mundial. Hay algunos que, escarbando en el original, encuentran una crítica severa a la hegemonía que ostentaba el imperio inglés en esa época, mientras que con la cinta de Spielberg hallan los mismos motivos temerosos del futuro bélico que imponen los grupos extremistas islámicos.
Motivos más o menos, pasados los primeros veinte minutos y descontando de plano la ingerencia del gobierno o la policía, el film se centra en entretener mediante un impecable despliegue computacional logrando con el surgimiento del primer trípode una de las escenas mejor logradas. Claro que en la lógica irreal del cine de espectáculo debe haber algo de credibilidad; por ello resultan imperdonables situaciones como la falta de cadáveres al encontrar los pedazos de un avión o la inexplicable salvación al caer de un ferry. La carrera por huir se ve interrumpida por un corto e intenso pasaje de suspense cuando padre e hija llegan al sótano de Ogilvy (Tim Robbins).El final, y escuchen con atención a quienes salen del cine, tropieza por un romanticismo casi fuera de contexto. Pese a sus errores, Esteve de Jarnatt logra estampar el pánico ante la caída de una bomba atómica con mayor solidez en Miracle Mile, de 1987.
7/11/2005
Las trillizas del canto
No hay comparación con las caricaturas a trazo grueso de los japoneses o los norteamericanos. Las Trillizas de Belleville, del realizador francés Sylvian Chomet, aparecen a un tiempo donde los dibujos digitales imponen en forma definitiva el fin de una era de la animación. Si bien, el film franco belga canadiense utiliza la computación en sus movimientos tridimensionales, la mayor parte de sus pasajes nos retrotraen a la calidez que ofrece una viñeta artesanal.
En cada recuadro se aprecian una serie de detalles interesantes en sí mismos que apuntan a la industria Disney para decir que el dibujo animado no ha muerto. Más aún cuando las figuras cobran vida y movimiento en una trama envolvente, inteligente y de humor incisivo.
Champion es un niño abúlico que vive junto a Madame Souza, su abuela, en una campiña francesa a mediados de los años 30. Souza descubre que lo único que llama la atención del pequeño es una bicicleta, razón por la cual transcurren los años para ver a un adolescente entrenándose para el Gran Tour de París, la competencia ciclística más importante del país galo. Quien actúa de entrenadora es la propia abuela quien, en plena competencia, se percata que su nieto ha sido secuestrado por una mafia y decide seguir los pasos para rescatarlo.
Deambula en las calles de una Norteamérica poblada de obesos bonachones. Las únicas que no padecen del mentado sobrepeso son unas trillizas ancianas que en otrora brillaran en los escenarios del espectáculo jazzístico mundial. Viven en un departamento de cuarta categoría y se alimentan de ranas que capturan a las orillas de un río, mientras aún subsisten de algunas actuaciones con la percusión de electrodomésticos como los Stomp.
La música es lo que une a las trillizas y a Madame Souza quienes se alían en la causa por liberar a Champion y llevar la trama por el laberinto casi perdido de los “film noir”. Los diálogos hablados casi no existen, de esta forma la música se transforma en el vehículo de comunicación por excelencia. Los estereotipos que cada personaje representan están debidamente tratados: los ciclistas son vistos como caballos, uno de los mafiosos más parece un roedor y Bruno, el sabueso, adquiere a ratos apariencia de humano.Un interesante cortometraje que pasó directo a la videoteca y una bella obra que ensalza antiguas figuras del cine y del canto como Fred Astaire. El final, incluso, está dedicado al realizador Jacques Tati. Con atisbos de crítica a la condición precaria en que subsiste la vejez, son estas cuatro senescentes las que demuestran con divertimento que la solidaridad y una simple canción son capaces de acortar las distancias entre dos continentes.
En cada recuadro se aprecian una serie de detalles interesantes en sí mismos que apuntan a la industria Disney para decir que el dibujo animado no ha muerto. Más aún cuando las figuras cobran vida y movimiento en una trama envolvente, inteligente y de humor incisivo.
Champion es un niño abúlico que vive junto a Madame Souza, su abuela, en una campiña francesa a mediados de los años 30. Souza descubre que lo único que llama la atención del pequeño es una bicicleta, razón por la cual transcurren los años para ver a un adolescente entrenándose para el Gran Tour de París, la competencia ciclística más importante del país galo. Quien actúa de entrenadora es la propia abuela quien, en plena competencia, se percata que su nieto ha sido secuestrado por una mafia y decide seguir los pasos para rescatarlo.
Deambula en las calles de una Norteamérica poblada de obesos bonachones. Las únicas que no padecen del mentado sobrepeso son unas trillizas ancianas que en otrora brillaran en los escenarios del espectáculo jazzístico mundial. Viven en un departamento de cuarta categoría y se alimentan de ranas que capturan a las orillas de un río, mientras aún subsisten de algunas actuaciones con la percusión de electrodomésticos como los Stomp.
La música es lo que une a las trillizas y a Madame Souza quienes se alían en la causa por liberar a Champion y llevar la trama por el laberinto casi perdido de los “film noir”. Los diálogos hablados casi no existen, de esta forma la música se transforma en el vehículo de comunicación por excelencia. Los estereotipos que cada personaje representan están debidamente tratados: los ciclistas son vistos como caballos, uno de los mafiosos más parece un roedor y Bruno, el sabueso, adquiere a ratos apariencia de humano.Un interesante cortometraje que pasó directo a la videoteca y una bella obra que ensalza antiguas figuras del cine y del canto como Fred Astaire. El final, incluso, está dedicado al realizador Jacques Tati. Con atisbos de crítica a la condición precaria en que subsiste la vejez, son estas cuatro senescentes las que demuestran con divertimento que la solidaridad y una simple canción son capaces de acortar las distancias entre dos continentes.
7/01/2005
Desde las sombras
No sabía hasta qué punto la generación de los 70 estaba determinada por los seriales norteamericanas hasta que apareció en la cartelera nacional Batman Begins. Mis abuelos que crecieron leyendo la historieta creada por Joe Kane echarán de menos algo más de humor, mientras que mis contemporáneos extrañarán los puñetazos y volteretas que Adam West se encargó de difundir en toda una generación a partir de 1966.
Hasta la fecha han sido varias las realizaciones, directores y actores que dieron vida a este legendario héroe gótico y solitario que recién ahora devela la fuente de sus frustraciones. Si bien la película posee una estructura y una hilaridad que es la mejor de sus predecesoras, corre el riesgo de volverse tópico común comparada con las últimas entregas hollywoodenses del comic al utilizar el mismo matiz existencialista de Hulk, Gatúbela o El Hombre Araña.
Christian Bale (es el niño que aparece en El Imperio del Sol) es un adinerado empresario de Gotham que decide internarse en los fríos paisajes del Tibet para superar el trauma infantil que sufrió al caer a un foso lleno de murciélagos y, luego, al presenciar el asesinato a mansalva de sus padres en las afueras de una presentación teatral.
En las montañas recibe las instrucciones de los ninjas de la Liga de las Sombras, una secta extremista que busca la salvedad del hombre por medio de la venganza. Bruce Wayne emprende la larga tarea de superar sus temores y, de forma misteriosa, mantener intactas sus creencias en la justicia, cuestión que en el futuro lo llevarán a enfrentarse con sus mentores.
Después de siete años de ausencia, vuelve para retomar las riendas de su negocio así como luchar por la integridad de su amada (Katie Holmes) y de toda la población. Para lograr estos fines emplea destrezas naturales como la fuerza física y el camuflaje. La baticueva es una común caverna bajo la mansión en la que vive, así como el batimóvil parece más un tanque de última generación que el estilizado automóvil mostrado en las últimas realizaciones.
La primera hora retrata a Wayne con toda su fragilidad. Sólo a contar de la mitad de la película aparece el héroe como tal adquiriendo el ritmo común que aportan los malabares de circo, pero sustentada por un elenco de primer nivel personificando al bando justiciero Morgan Freeman, Gary Oldman y Michael Caine y por el lado contrario con Liam Neeson y Cillian Murphy.Destacable creación de Christopher Nolan (Memento), donde nuevamente trasgrede el curso temporal de los hechos para ahondar en la siquis del protagonista. Doble mérito si se trata de acoplar estos recursos a un personaje largamente manoseado.
Hasta la fecha han sido varias las realizaciones, directores y actores que dieron vida a este legendario héroe gótico y solitario que recién ahora devela la fuente de sus frustraciones. Si bien la película posee una estructura y una hilaridad que es la mejor de sus predecesoras, corre el riesgo de volverse tópico común comparada con las últimas entregas hollywoodenses del comic al utilizar el mismo matiz existencialista de Hulk, Gatúbela o El Hombre Araña.
Christian Bale (es el niño que aparece en El Imperio del Sol) es un adinerado empresario de Gotham que decide internarse en los fríos paisajes del Tibet para superar el trauma infantil que sufrió al caer a un foso lleno de murciélagos y, luego, al presenciar el asesinato a mansalva de sus padres en las afueras de una presentación teatral.
En las montañas recibe las instrucciones de los ninjas de la Liga de las Sombras, una secta extremista que busca la salvedad del hombre por medio de la venganza. Bruce Wayne emprende la larga tarea de superar sus temores y, de forma misteriosa, mantener intactas sus creencias en la justicia, cuestión que en el futuro lo llevarán a enfrentarse con sus mentores.
Después de siete años de ausencia, vuelve para retomar las riendas de su negocio así como luchar por la integridad de su amada (Katie Holmes) y de toda la población. Para lograr estos fines emplea destrezas naturales como la fuerza física y el camuflaje. La baticueva es una común caverna bajo la mansión en la que vive, así como el batimóvil parece más un tanque de última generación que el estilizado automóvil mostrado en las últimas realizaciones.
La primera hora retrata a Wayne con toda su fragilidad. Sólo a contar de la mitad de la película aparece el héroe como tal adquiriendo el ritmo común que aportan los malabares de circo, pero sustentada por un elenco de primer nivel personificando al bando justiciero Morgan Freeman, Gary Oldman y Michael Caine y por el lado contrario con Liam Neeson y Cillian Murphy.Destacable creación de Christopher Nolan (Memento), donde nuevamente trasgrede el curso temporal de los hechos para ahondar en la siquis del protagonista. Doble mérito si se trata de acoplar estos recursos a un personaje largamente manoseado.
6/10/2005
Eclipse Imperial
La lengua nace, crece y se transforma como todo organismo vivo. De esta manera el latín devino en las lenguas romances junto con la caída del imperio romano hace dos centurias. Para algunos, el hecho que la población de Estados Unidos extienda una nueva forma de hablar en “spanglish” basta para constatar que el mundo vive un proceso de transformación hacia un orden, hasta ahora, desconocido.
Los teóricos podrán tener su opinión acerca del fin de una etapa de nuestra historia. En tanto que el cine logra con voz propia retratar esta misma tesis con incomparable destreza en Las Invasiones Bárbaras del director Denis Arcand, con una cabal radiografía del siglo que se fue y del puente tambaleante en que vivimos.
Remi es un burgués intelectual de Montreal, jubilado profesor de historia y amante de placeres mundanos como la literatura y las mujeres, que vive los últimos minutos de su vida aquejado de una grave enfermedad. En ese trance recibe la visita de su hijo, un exitoso ejecutivo de Londres con quien mantiene irremediables divergencias, quien convoca a los amigos más cercanos de su padre para hacer que la travesía hacia la muerte sea lo menos penosa posible.
Al reencontrarse los viejos camaradas aparecen las sonrisas comunes y que, con el pasar de los días, van reflejando las grietas de sus vidas con una hija heroinómana o una esposa egoísta como síntomas de dos visiones de mundo jalando la cuerda de la historia a cada lado. Hecho patente en el hijo adinerado que abre todo tipo de puertas con sólo mostrar la billetera. Así ocurre cuando el sindicato del hospital le concede el permiso para acondicionar un cuarto especial en el mismo recinto o al comprar la voluntad de un puñado de estudiantes para que visitaran al moribundo profesor.
Esta misma idea aparece en el film argentino Lugares Comunes, dos joyitas para entender el acelerado proceso de inmigración, la devaluación del conocimiento humanista y la constante por reparar en medio de toda la vorágine contemporánea las rencillas familiares que den sosiego al espíritu. Entonces la literatura, entonces los paisajes campestres como dormideros naturales. Arcand logra estos propósitos a un ritmo frenético que sólo ralentiza en los instantes de mayor dramatismo.A ratos tropieza al adentrarse en un academicismo fuera de contexto que supera con un hilarante humor. El film se muestra a cabalidad hasta en los detalles que dejan los personajes secundarios: en la hija nómade que navega en las costas de Chile como último bastión de sus crepusculares ideales, o la amiga drogadicta que nos susurra con el gesto de un beso que no todo es tan perfecto y que una nueva Edad Media ha llegado con una invasión bárbara en la esferas sociales, morales y sicológicas de las nuevas generaciones.
Los teóricos podrán tener su opinión acerca del fin de una etapa de nuestra historia. En tanto que el cine logra con voz propia retratar esta misma tesis con incomparable destreza en Las Invasiones Bárbaras del director Denis Arcand, con una cabal radiografía del siglo que se fue y del puente tambaleante en que vivimos.
Remi es un burgués intelectual de Montreal, jubilado profesor de historia y amante de placeres mundanos como la literatura y las mujeres, que vive los últimos minutos de su vida aquejado de una grave enfermedad. En ese trance recibe la visita de su hijo, un exitoso ejecutivo de Londres con quien mantiene irremediables divergencias, quien convoca a los amigos más cercanos de su padre para hacer que la travesía hacia la muerte sea lo menos penosa posible.
Al reencontrarse los viejos camaradas aparecen las sonrisas comunes y que, con el pasar de los días, van reflejando las grietas de sus vidas con una hija heroinómana o una esposa egoísta como síntomas de dos visiones de mundo jalando la cuerda de la historia a cada lado. Hecho patente en el hijo adinerado que abre todo tipo de puertas con sólo mostrar la billetera. Así ocurre cuando el sindicato del hospital le concede el permiso para acondicionar un cuarto especial en el mismo recinto o al comprar la voluntad de un puñado de estudiantes para que visitaran al moribundo profesor.
Esta misma idea aparece en el film argentino Lugares Comunes, dos joyitas para entender el acelerado proceso de inmigración, la devaluación del conocimiento humanista y la constante por reparar en medio de toda la vorágine contemporánea las rencillas familiares que den sosiego al espíritu. Entonces la literatura, entonces los paisajes campestres como dormideros naturales. Arcand logra estos propósitos a un ritmo frenético que sólo ralentiza en los instantes de mayor dramatismo.A ratos tropieza al adentrarse en un academicismo fuera de contexto que supera con un hilarante humor. El film se muestra a cabalidad hasta en los detalles que dejan los personajes secundarios: en la hija nómade que navega en las costas de Chile como último bastión de sus crepusculares ideales, o la amiga drogadicta que nos susurra con el gesto de un beso que no todo es tan perfecto y que una nueva Edad Media ha llegado con una invasión bárbara en la esferas sociales, morales y sicológicas de las nuevas generaciones.
6/03/2005
Una larga cruzada
Para quien no sepa qué fueron las cruzadas en la Edad Media, le será difícil comprender el trasfondo del film Cruzada, dirigida por el ex publicista Ridley Scott, reconocido creador de obras como Thelma y Louise o Blade Runner.
Balian (Orlando Bloom) es un herrero francés que sufre la pérdida de su esposa e hijo allá por el año 1180. En ese trance de su vida es conminado por el caballero Godofredo de Ibelin (Liam Neeson) para ponerse a las órdenes del rey leproso Balduino IV en la conquista de Jerusalén, la Tierra Santa, en una campaña que motivó a varios señores feudales guiados por el férreo poder del papado romano.
Si bien en un comienzo Balian viaja para obtener el perdón divino por un asesinato que él cometió y por el suicidio de su esposa, este motivo personal dará paso al deseo de liberar Jerusalén al saberse heredero de Godofredo de Iberin. Con un alma sin sosiego por encontrar el perdón, trata de redimir sus pecados con un norte claro: mantener a ralla la constante amenaza del rebelde musulmán Saladino (Ghassan Massoudi), quien es mostrado como un ejemplar estratega, como el mismo Balian al utilizar sofisticados métodos de balística para defender las murallas de la santa ciudad.
Hay que rescatar la deslumbrante escenografía para mostrar a una Jerusalén multirracial, imán de diferentes hordas humanas motivadas por la consagración del alma, lado opuesto a la ultra materializada Nueva York de nuestra época. Sin embargo, en la búsqueda de exhibir con detallado realismo las batallas, perfectas en su gestación digital con abusos en el uso de la cámara lenta, cansan por el simple hecho de transformarse en una mala costumbre, repetida e innecesariamente extendida provocando el mismo efecto que una correría de aborígenes norteamericanos perseguidos por cowboys.
El film sigue una estructura lineal, con una historia amorosa incluida casi por obligación. Cómo es posible que el principal defensor de la fe cristiana ose inmiscuirse con una mujer casada. Incoherencias que volvemos a encontrar mientras Balian perfecciona en un bosque su ineficiente manejo de las armas para volverse, en cuestión de segundos, en un luchador sin contrapesos tras un sorpresivo asalto de las fuerzas enemigas.Se echa de menos esa conversión que experimenta Mel Gibson en Señales. Pese a ello, tuve la ocasión de ver en su justa medida personajes diestros sin esa caricatura de barbudos retrógrados, amantes de la paz en un pasaje de la historia que mantiene por siglos sus divergencias. Sin adentrarse en una crítica directa a la hegemonía occidental, el film distrae y entretiene como un juego de play station.
Balian (Orlando Bloom) es un herrero francés que sufre la pérdida de su esposa e hijo allá por el año 1180. En ese trance de su vida es conminado por el caballero Godofredo de Ibelin (Liam Neeson) para ponerse a las órdenes del rey leproso Balduino IV en la conquista de Jerusalén, la Tierra Santa, en una campaña que motivó a varios señores feudales guiados por el férreo poder del papado romano.
Si bien en un comienzo Balian viaja para obtener el perdón divino por un asesinato que él cometió y por el suicidio de su esposa, este motivo personal dará paso al deseo de liberar Jerusalén al saberse heredero de Godofredo de Iberin. Con un alma sin sosiego por encontrar el perdón, trata de redimir sus pecados con un norte claro: mantener a ralla la constante amenaza del rebelde musulmán Saladino (Ghassan Massoudi), quien es mostrado como un ejemplar estratega, como el mismo Balian al utilizar sofisticados métodos de balística para defender las murallas de la santa ciudad.
Hay que rescatar la deslumbrante escenografía para mostrar a una Jerusalén multirracial, imán de diferentes hordas humanas motivadas por la consagración del alma, lado opuesto a la ultra materializada Nueva York de nuestra época. Sin embargo, en la búsqueda de exhibir con detallado realismo las batallas, perfectas en su gestación digital con abusos en el uso de la cámara lenta, cansan por el simple hecho de transformarse en una mala costumbre, repetida e innecesariamente extendida provocando el mismo efecto que una correría de aborígenes norteamericanos perseguidos por cowboys.
El film sigue una estructura lineal, con una historia amorosa incluida casi por obligación. Cómo es posible que el principal defensor de la fe cristiana ose inmiscuirse con una mujer casada. Incoherencias que volvemos a encontrar mientras Balian perfecciona en un bosque su ineficiente manejo de las armas para volverse, en cuestión de segundos, en un luchador sin contrapesos tras un sorpresivo asalto de las fuerzas enemigas.Se echa de menos esa conversión que experimenta Mel Gibson en Señales. Pese a ello, tuve la ocasión de ver en su justa medida personajes diestros sin esa caricatura de barbudos retrógrados, amantes de la paz en un pasaje de la historia que mantiene por siglos sus divergencias. Sin adentrarse en una crítica directa a la hegemonía occidental, el film distrae y entretiene como un juego de play station.
5/19/2005
Amores Chatarras
Son escenas que golpean conciencias por el simple hecho de retratar, obviando lo establecido por la convención social, el tema de la infidelidad, las relaciones humanas basadas en la verdad y en el ideal de felicidad compartida que ha forjado la humanidad, quizás, encorsetándose a si misma.
Desfilan una raza de primates con ganas de emprender vuelo semejante al del cisne de cuello negro que muere de hambre al desaparecer la pareja palmípeda elegida. Esta incapacidad para recrear este estilo de vida es la que asume el veterano director Mike Nichols, llevándonos hasta la incomodidad al ver a Anna (Julia Roberts) responder a su marido los detalles escabrosos de su acto infiel con un escritor inseguro (Jude Law). “Me vas a dejar porque piensas que no mereces ser feliz” dice el dermatólogo esposo (Clive Owen) dando un portazo al engaño, pero llevándose las llaves.
No obstante la correcta actuación del elenco, en Closer despunta en cada momento una interpretación secundaria que lleva todo el peso de la historia. Es Alice (Natalie Portman), la joven que sufre, se compadece de su mala suerte y que al final asestará el golpe certero al denostar con una mentira más, la de su propia identidad, al hombre con quien habría envejecido al calor de una chimenea.
Para algunos podría tratarse del utilitarismo y la importancia excesiva a las relaciones carnales. Si bien el film se inclina por el goce sexual como factor determinante en las parejas, las escenas de este tipo son mínimas. De contar con el consentimiento de las partes se habría transformado en una cinta para analizar la práctica del swinger (intercambio de parejas), pero no fue así. Los celos y el egoísmo salpican a cada instante el blanco mantel del amor exclusivo que se rejuran en esta cultura chatarra, donde lo efímero se encumbra como estandarte de batalla.
El tema no es nuevo. A más de un siglo Flaubert nos legó a una Madame Bovary intentando zafarse de la presión social sucumbiendo en su intento. Esta misma fragilidad es extrapolada a lo precario con una Demi Moore vendiéndose en Una Propuesta Indencente y las insospechadas consecuencias que el juego ocasionaría en su matrimonio. ¿Somos realmente capaces de perdonar y aceptar la verdad? El film responde esta pregunta con dos posturas y cuatro protagonistas lamiéndose las llagas para dejar una estela de dudas que el espectador reconstruirá en base a su propia experiencia.Con un film que adquiere bruscos cortes en su diégesis, Nichols fijó su mirada develadora en la cloaca que crean algunos adornándola de lujosa pedrería, y lo hace en un acto sincero y real: cualidades que escasean en el trasfondo de esta cinta, suerte de ajedrez que termina empatando a los reyes del engaño.
Desfilan una raza de primates con ganas de emprender vuelo semejante al del cisne de cuello negro que muere de hambre al desaparecer la pareja palmípeda elegida. Esta incapacidad para recrear este estilo de vida es la que asume el veterano director Mike Nichols, llevándonos hasta la incomodidad al ver a Anna (Julia Roberts) responder a su marido los detalles escabrosos de su acto infiel con un escritor inseguro (Jude Law). “Me vas a dejar porque piensas que no mereces ser feliz” dice el dermatólogo esposo (Clive Owen) dando un portazo al engaño, pero llevándose las llaves.
No obstante la correcta actuación del elenco, en Closer despunta en cada momento una interpretación secundaria que lleva todo el peso de la historia. Es Alice (Natalie Portman), la joven que sufre, se compadece de su mala suerte y que al final asestará el golpe certero al denostar con una mentira más, la de su propia identidad, al hombre con quien habría envejecido al calor de una chimenea.
Para algunos podría tratarse del utilitarismo y la importancia excesiva a las relaciones carnales. Si bien el film se inclina por el goce sexual como factor determinante en las parejas, las escenas de este tipo son mínimas. De contar con el consentimiento de las partes se habría transformado en una cinta para analizar la práctica del swinger (intercambio de parejas), pero no fue así. Los celos y el egoísmo salpican a cada instante el blanco mantel del amor exclusivo que se rejuran en esta cultura chatarra, donde lo efímero se encumbra como estandarte de batalla.
El tema no es nuevo. A más de un siglo Flaubert nos legó a una Madame Bovary intentando zafarse de la presión social sucumbiendo en su intento. Esta misma fragilidad es extrapolada a lo precario con una Demi Moore vendiéndose en Una Propuesta Indencente y las insospechadas consecuencias que el juego ocasionaría en su matrimonio. ¿Somos realmente capaces de perdonar y aceptar la verdad? El film responde esta pregunta con dos posturas y cuatro protagonistas lamiéndose las llagas para dejar una estela de dudas que el espectador reconstruirá en base a su propia experiencia.Con un film que adquiere bruscos cortes en su diégesis, Nichols fijó su mirada develadora en la cloaca que crean algunos adornándola de lujosa pedrería, y lo hace en un acto sincero y real: cualidades que escasean en el trasfondo de esta cinta, suerte de ajedrez que termina empatando a los reyes del engaño.
5/13/2005
Guerra Indiferente
La confianza se asemeja a las semillas del cardo en pleno desequilibrio de ser esparcidas por el viento. ¿Cuándo llega el momento de restablecerla, después de pasados los hechos dolorosos que la diseminaron?, tal vez sólo con actos relacionados con la economía o el arte como abonos que reblandezcan el casco duro y las hagan germinar.
La guerra es una de esas de tantas situaciones que empañan las relaciones entre los países y “Mi mejor enemigo”, la primera intención en cine chileno de superar el conflicto que originó la posesión de las islas Nueva, Picton y Lennox en 1978, año en que Chile y Argentina estuvieron a un paso de entrar en combates.
La cinta de Alex Bowen relata la incursión de seis militares chilenos en la frontera con Argentina al sur de Chile, perdiéndose en el intento por establecer los límites entre las naciones. Con la brújula y la radio averiadas llegan sin quererlo a territorio enemigo para encontrarse luego con militares trasandinos. Ambos bandos se protegen en sus respectivas trincheras a la espera de órdenes superiores de abrir fuego apenas sea declarada la guerra en forma oficial.
Las tropas hambrientas comienzan a establecer lazos de amistad con el envío de recados por medio de una perra que luego es olvidada por completo. Es el mismo olvido que padecen nuestros combatientes al regresar a un país sumido en la indiferencia reflejada en la extrañeza de la camarera de un restorán por el largo tiempo que no veía a Rodrigo Rojas (Nicolás Saavedra), en circunstancias que habían evacuado a mujeres y niños de Punta Arenas.
Con esta contradicción, pensé en mis tías que lloraron porque mi padre y abuelos debían alistarse para marchar a la frontera. No creo que el país tenga la capacidad de olvidar tan fácilmente una amenaza de este tipo. En forma soterrada, la violencia se expresa mejor en los paisajes que hablan por si solos del desamparo y la sofocante incertidumbre que debieron sentir gran parte de los chilenos en esos días de rojo furioso. Si bien la cinta trata de suavizar el tema con humor y la manoseada idea de nuestra hospitalidad, creo que la realidad del militar criollo dista mucho de esa dulcificada imagen.Quedan pasajes moralizantes en la reprimenda al subalterno que roba. “Esto demuestra la cuna de donde vení”, dice el sargento Ferrer después de golpearlo o del militar agudo que en un improvisado partido de fútbol se aprovecha de la situación para meter un gol cuando todos corrían a refugiarse. La cinta cumple en sus intenciones de estrechar las manos en señal de hermandad, aunque para ello se necesita antes la franqueza fría, la ecuánime exposición de los ánimos exaltados y la paz pontificia que el propio film excluyó.
La guerra es una de esas de tantas situaciones que empañan las relaciones entre los países y “Mi mejor enemigo”, la primera intención en cine chileno de superar el conflicto que originó la posesión de las islas Nueva, Picton y Lennox en 1978, año en que Chile y Argentina estuvieron a un paso de entrar en combates.
La cinta de Alex Bowen relata la incursión de seis militares chilenos en la frontera con Argentina al sur de Chile, perdiéndose en el intento por establecer los límites entre las naciones. Con la brújula y la radio averiadas llegan sin quererlo a territorio enemigo para encontrarse luego con militares trasandinos. Ambos bandos se protegen en sus respectivas trincheras a la espera de órdenes superiores de abrir fuego apenas sea declarada la guerra en forma oficial.
Las tropas hambrientas comienzan a establecer lazos de amistad con el envío de recados por medio de una perra que luego es olvidada por completo. Es el mismo olvido que padecen nuestros combatientes al regresar a un país sumido en la indiferencia reflejada en la extrañeza de la camarera de un restorán por el largo tiempo que no veía a Rodrigo Rojas (Nicolás Saavedra), en circunstancias que habían evacuado a mujeres y niños de Punta Arenas.
Con esta contradicción, pensé en mis tías que lloraron porque mi padre y abuelos debían alistarse para marchar a la frontera. No creo que el país tenga la capacidad de olvidar tan fácilmente una amenaza de este tipo. En forma soterrada, la violencia se expresa mejor en los paisajes que hablan por si solos del desamparo y la sofocante incertidumbre que debieron sentir gran parte de los chilenos en esos días de rojo furioso. Si bien la cinta trata de suavizar el tema con humor y la manoseada idea de nuestra hospitalidad, creo que la realidad del militar criollo dista mucho de esa dulcificada imagen.Quedan pasajes moralizantes en la reprimenda al subalterno que roba. “Esto demuestra la cuna de donde vení”, dice el sargento Ferrer después de golpearlo o del militar agudo que en un improvisado partido de fútbol se aprovecha de la situación para meter un gol cuando todos corrían a refugiarse. La cinta cumple en sus intenciones de estrechar las manos en señal de hermandad, aunque para ello se necesita antes la franqueza fría, la ecuánime exposición de los ánimos exaltados y la paz pontificia que el propio film excluyó.
5/06/2005
Voces del más allá
Jonathan (Michael Keaton) es un arquitecto que acaba de recibir la noticia que Anna, su esposa escritora (Chandra West), será madre por primera vez. Jonathan espera festejar esa noche con una botella de champaña y chocolates, pero las horas pasan y la futura madre no vuelve. Sólo al día siguiente le comunican que la mujer ha sufrido un accidente fatal cerca de un río.
Jonathan descubre al cabo de seis meses que existe un método para contactarse con Anna y otros seres del “más allá” al utilizar los EVP (Electronical Voice Phenomena) por medio de los cuales es posible recibir la imagen de los muertos en una pantalla de televisión o bien oír las voces de las almas registrándolas en una radiograbadora.
Sugerente tema a desarrollar de forma tan intensa como intrigante, pero que el director Geoffrey Sax sencillamente deja a la deriva del sinsentido valiéndose de los efectos sorpresivos, más preocupado de los saltos que darían los espectadores en sus butacas. Lo que desde un comienzo se perfilaba como un thriller sicológico interesante dio paso a una trama policial de corto aliento donde los enemigos se reducían a tres difusos espectros empeñados en “ganar almas” hacia el bando contrario.
Suerte de Ghost, Poltergeist y Sexto Sentido, el film no encuentra su cauce particular que devele o deje en entredicho la posibilidad siquiera que todo fuera falso. Si hasta el alma de Anna se da la libertad de aparecer fuera de la pantalla televisiva, en un haz de luz formado por la cortina de una llovizna. Sin conformarse con el contacto establecido con otras esferas de la realidad prodigándose amor eterno, Jonathan va cediendo a la tentación de convertirse en superhéroe al amparo de las premoniciones de hechos sangrientos que ve en la televisión y del susurro de su esposa que lo insta a seguir las pistas de las futuras víctimas.
Muchos cabos sin resolver y carente de un hilo conductor claro, el final se suma a esta serie de acontecimientos extraños con un escueto mensaje donde señala que “una de cada doce imágenes televisivas son violentas”. En ningún momento se dio a entender que la televisión era nociva en si misma, ni siquiera cuando el hijo de su primer matrimonio se halla en la habitación divirtiéndose con tal aparato. No hay indicios que permitieran llegar a esa conclusión.Sax no fue capaz de crear intersticios donde la imaginación desarrollara el tema por medio de un atisbo de duda, una vez acabada la película. “Voces del más allá” retoma la secuencia de una narración poco original como un relato burdo de conocidos amantes de series policíacas y de cuentos añejos de almas en pena.
Jonathan descubre al cabo de seis meses que existe un método para contactarse con Anna y otros seres del “más allá” al utilizar los EVP (Electronical Voice Phenomena) por medio de los cuales es posible recibir la imagen de los muertos en una pantalla de televisión o bien oír las voces de las almas registrándolas en una radiograbadora.
Sugerente tema a desarrollar de forma tan intensa como intrigante, pero que el director Geoffrey Sax sencillamente deja a la deriva del sinsentido valiéndose de los efectos sorpresivos, más preocupado de los saltos que darían los espectadores en sus butacas. Lo que desde un comienzo se perfilaba como un thriller sicológico interesante dio paso a una trama policial de corto aliento donde los enemigos se reducían a tres difusos espectros empeñados en “ganar almas” hacia el bando contrario.
Suerte de Ghost, Poltergeist y Sexto Sentido, el film no encuentra su cauce particular que devele o deje en entredicho la posibilidad siquiera que todo fuera falso. Si hasta el alma de Anna se da la libertad de aparecer fuera de la pantalla televisiva, en un haz de luz formado por la cortina de una llovizna. Sin conformarse con el contacto establecido con otras esferas de la realidad prodigándose amor eterno, Jonathan va cediendo a la tentación de convertirse en superhéroe al amparo de las premoniciones de hechos sangrientos que ve en la televisión y del susurro de su esposa que lo insta a seguir las pistas de las futuras víctimas.
Muchos cabos sin resolver y carente de un hilo conductor claro, el final se suma a esta serie de acontecimientos extraños con un escueto mensaje donde señala que “una de cada doce imágenes televisivas son violentas”. En ningún momento se dio a entender que la televisión era nociva en si misma, ni siquiera cuando el hijo de su primer matrimonio se halla en la habitación divirtiéndose con tal aparato. No hay indicios que permitieran llegar a esa conclusión.Sax no fue capaz de crear intersticios donde la imaginación desarrollara el tema por medio de un atisbo de duda, una vez acabada la película. “Voces del más allá” retoma la secuencia de una narración poco original como un relato burdo de conocidos amantes de series policíacas y de cuentos añejos de almas en pena.
4/29/2005
Cambio Indeseado
Uno se hace responsable para siempre de lo que ha creado, señala uno de los pasajes de El Principito y que encuentra sus orígenes en el mito griego Pigmalión y Galatea, la del escultor que se enamora de su obra o la del maestro que termina rendido ante su alumna.
En medio de toda la maraña informativa que ofrece la televisión por cable, fue una suerte haber encontrado en el Film&Arts una joyita que data de 1937. Se trata del film Pigmalión, dirigida e interpretada por Leslie Howard como el utilitarista profesor Higgins, especialista en fonética, que recoge a una burda vendedora de flores de una céntrica calle de Londres con el propósito de convertirla en dama de sociedad.
Elisa rehúsa en los comienzos a siquiera meter un pie en la bañera, pero con el tiempo los afanes del profesor irán surtiendo los efectos deseados hasta llegar a una fiesta ofrecida por la realeza con el estreno deslumbrante de Elisa (Wendy Hiller) llamando la atención de los concurrentes por la finura de sus modales. La educación la había cambiado en un proceso irreversible.
El film está basado en la novela de George Bernard Shaw, quien aceptó participar en el guión de la película siempre y cuando mantuvieran los motivos que inspiraron el texto escrito: hacer una sátira del esnobismo de la alta sociedad, adentrarse en los influjos más o menos bienhechores de la educación y, por sobretodo, alejarse de un final sentimentaloide, pero las manos del mercado pesaron más. ¿El resultado?: la ambigua relación sentimental de Elisa con su maestro desembocando en un final incomprensible. El mismo Shaw tuvo que lidiar con los editores de la época para que su novela fuera publicada íntegramente.
El film carecía del punto revelador de la fe ciega que depositan los seres al bienestar imaginado. En mis años de universidad un grupo de compañeros elaboraron un interesante estudio de las clases sociales de Antofagasta y el alto grado de solidaridad predominante en los sectores más pobres en contraste con los más ricos, carentes de almacenes populares y con una junta de vecinos como un lunar solitario en medio de las opulentas mansiones. A propósito del debate en Concepción de las precandidatas presidenciales para ratificar que los abismos de la distribución de la riqueza en Chile era superable con una mayor inyección de recursos a la educación.Algunas luces de todas estas ideas esperaba encontrar en la cinta de diálogos memorables, pero con un desenlace poco claro, porque desde un comienzo no se perfilaba como un drama sentimental, como sí ocurrió con la melosa versión musicalizada de Mi Bella Dama, pero mucho más coherente en sus propósitos comerciales.
En medio de toda la maraña informativa que ofrece la televisión por cable, fue una suerte haber encontrado en el Film&Arts una joyita que data de 1937. Se trata del film Pigmalión, dirigida e interpretada por Leslie Howard como el utilitarista profesor Higgins, especialista en fonética, que recoge a una burda vendedora de flores de una céntrica calle de Londres con el propósito de convertirla en dama de sociedad.
Elisa rehúsa en los comienzos a siquiera meter un pie en la bañera, pero con el tiempo los afanes del profesor irán surtiendo los efectos deseados hasta llegar a una fiesta ofrecida por la realeza con el estreno deslumbrante de Elisa (Wendy Hiller) llamando la atención de los concurrentes por la finura de sus modales. La educación la había cambiado en un proceso irreversible.
El film está basado en la novela de George Bernard Shaw, quien aceptó participar en el guión de la película siempre y cuando mantuvieran los motivos que inspiraron el texto escrito: hacer una sátira del esnobismo de la alta sociedad, adentrarse en los influjos más o menos bienhechores de la educación y, por sobretodo, alejarse de un final sentimentaloide, pero las manos del mercado pesaron más. ¿El resultado?: la ambigua relación sentimental de Elisa con su maestro desembocando en un final incomprensible. El mismo Shaw tuvo que lidiar con los editores de la época para que su novela fuera publicada íntegramente.
El film carecía del punto revelador de la fe ciega que depositan los seres al bienestar imaginado. En mis años de universidad un grupo de compañeros elaboraron un interesante estudio de las clases sociales de Antofagasta y el alto grado de solidaridad predominante en los sectores más pobres en contraste con los más ricos, carentes de almacenes populares y con una junta de vecinos como un lunar solitario en medio de las opulentas mansiones. A propósito del debate en Concepción de las precandidatas presidenciales para ratificar que los abismos de la distribución de la riqueza en Chile era superable con una mayor inyección de recursos a la educación.Algunas luces de todas estas ideas esperaba encontrar en la cinta de diálogos memorables, pero con un desenlace poco claro, porque desde un comienzo no se perfilaba como un drama sentimental, como sí ocurrió con la melosa versión musicalizada de Mi Bella Dama, pero mucho más coherente en sus propósitos comerciales.
4/20/2005
La vida en un ring
No hay mal que por bien no venga. Después de ver Million Dollar Baby pensé que la vida es un equilibrio de fuerzas en contraste. El dolor, así como la rabia, si es utilizada con nobles fines, provoca resultados enaltecedores.
Frankie Dunn (Clint Eastwood) es un entrenador de box cuyos motivos al levantarse cada mañana se reducen a leer poemas en lengua muerta (el gaélico), comer tarta de limón y fustigar al cura de una iglesia de Los Ángeles. Su máxima premisa es “protegerse siempre” como asomo de algo oculto, con una hija que devuelve sus cartas sin abrir, y que magistralmente jamás es esclarecido.
Maggie Fitzgerald (Hilary Swank) en los albores de su adultez aún conserva el brillo del idealismo, razón por la cual escapa de la subyugación familiar decidida a dar sentido a su existencia. Llega a la gran ciudad para servir en una cafetería, mientras se inscribe en el gimnasio donde trabaja Dunn, con el afán de convertirse en boxeadora profesional.
Hasta acá es posible comparar la historia a los bodrios de Rocky o Karate Kid semejantes en la relación de maestro y alumno, salvo por la discriminación que sufre en sus comienzos la joven. El gimnasio, la habitación de Maggie y la casa rodante donde vive su madre son lugares sórdidos, suerte de complemento ideal para retratar la pobreza interior que habita en cada personaje hasta que llega la esperanza y el brío de emprender nuevos proyectos con rostro de mujer.
La estructura del film es el fiel reflejo de una pelea de box: la última media hora toma por sorpresa al espectador y lo deja nockeado en la butaca con una historia sencilla de amigos medulares. No aborda el dilema de un deporte intrínsecamente inmoral, sino que retrata el camino difícil que adoptan unos pocos con “dedos para el piano” para completar en un par de años la misión de toda una vida. Por ello no hay personajes que sobran, como el “Peligroso Barch” que asiste al gimnasio a sabiendas que para cualquier fin las ganas no son todo. El talento, la inteligencia y la constancia aportan otro poco reflejado en Maggie cuando descubre que su mano izquierda la hace fallar en los entrenamientos, razón por la cual decide amarrársela.Notable actuación de Morgan Freeman personificando a Scraft, el deportista en retirada que provee los espacios de humor y la voz en off como la conciencia del hierático Dunn. Es una suerte que Eastwood abandonara los vaqueros para llegar a hilar este film en cada fase, si hasta algunos fragmentos de jazz son de su creación. Artesanía de primer nivel que gustará a quienes gustan de ver películas pletóricas de patadas y volteretas, pero con una dosis extra de reflexión. No hay mal que por bien no venga.
Frankie Dunn (Clint Eastwood) es un entrenador de box cuyos motivos al levantarse cada mañana se reducen a leer poemas en lengua muerta (el gaélico), comer tarta de limón y fustigar al cura de una iglesia de Los Ángeles. Su máxima premisa es “protegerse siempre” como asomo de algo oculto, con una hija que devuelve sus cartas sin abrir, y que magistralmente jamás es esclarecido.
Maggie Fitzgerald (Hilary Swank) en los albores de su adultez aún conserva el brillo del idealismo, razón por la cual escapa de la subyugación familiar decidida a dar sentido a su existencia. Llega a la gran ciudad para servir en una cafetería, mientras se inscribe en el gimnasio donde trabaja Dunn, con el afán de convertirse en boxeadora profesional.
Hasta acá es posible comparar la historia a los bodrios de Rocky o Karate Kid semejantes en la relación de maestro y alumno, salvo por la discriminación que sufre en sus comienzos la joven. El gimnasio, la habitación de Maggie y la casa rodante donde vive su madre son lugares sórdidos, suerte de complemento ideal para retratar la pobreza interior que habita en cada personaje hasta que llega la esperanza y el brío de emprender nuevos proyectos con rostro de mujer.
La estructura del film es el fiel reflejo de una pelea de box: la última media hora toma por sorpresa al espectador y lo deja nockeado en la butaca con una historia sencilla de amigos medulares. No aborda el dilema de un deporte intrínsecamente inmoral, sino que retrata el camino difícil que adoptan unos pocos con “dedos para el piano” para completar en un par de años la misión de toda una vida. Por ello no hay personajes que sobran, como el “Peligroso Barch” que asiste al gimnasio a sabiendas que para cualquier fin las ganas no son todo. El talento, la inteligencia y la constancia aportan otro poco reflejado en Maggie cuando descubre que su mano izquierda la hace fallar en los entrenamientos, razón por la cual decide amarrársela.Notable actuación de Morgan Freeman personificando a Scraft, el deportista en retirada que provee los espacios de humor y la voz en off como la conciencia del hierático Dunn. Es una suerte que Eastwood abandonara los vaqueros para llegar a hilar este film en cada fase, si hasta algunos fragmentos de jazz son de su creación. Artesanía de primer nivel que gustará a quienes gustan de ver películas pletóricas de patadas y volteretas, pero con una dosis extra de reflexión. No hay mal que por bien no venga.
4/15/2005
Amor que nunca mueres
El largo travelling siguiendo de espaldas el trote de un hombre sobre un camino nevado de un parque neoyorkino, sumado a la escena de un parto, presagiaban el relato de un film que sólo por su nombre (Birth, traducido a Reencarnación) auguraban el salto deslumbrante hacia los abismos de la muerte. Pero este motivo fue el menos abordado.
Nicole Kidman interpreta a Anna, una viuda que después de diez años deja a un lado el luto para reemprender su vida con el anuncio en una comida familiar de su nuevo compromiso con Joseph (Danny Huston). En medio de la velada aparece un niño de diez años que pide a Anna que no se case pues dice ser la reencarnación de su difunto marido.
Lo que comenzó como una jugarreta infantil dio paso a la creencia fervorosa de la vuelta a la vida de Sean. El director Jonathan Glazer logra plasmar en cada gesto de la Kidman el resurgimiento del amor idealizado que siente por su ex marido (luego se sabrá que nunca fue tan ideal), imagen depurada que la deposita en el niño que tampoco era motivado por las intenciones más excelsas. Más que reencarnación es la historia de una mujer atormentada por sus faltas emocionales porque cuando creía restablecer su vida sentimental, ésta se desfigura lentamente en una larga secuencia en primer plano mientras presenciaba una obra de ballet.
El ritmo lento de la película nos adentra en una trama envolvente sostenida por las interpretaciones consistentes de los actores pero en especial de Nicole Kidman, creíble en su amor hacia el niño, y Lauren Bacall como la estricta e impositiva matriarca. Ambas ya se habían encontrado en Dogville, otra gran obra llevada al cine.
Las secuencias de una mujer adulta y un niño metidos en una bañera desnudos, sólo despiertas suspicacias en la polémica opinión de los círculos conservadores norteamericanos quienes criticaron el pregón que hacían de una relación pedófila. Creo más bien que se trató de una articulada campaña publicitaria.
El ritmo, las actuaciones, los tonos plateados del frío invierno plasmaron en el celuloide imágenes de una elegancia y textura raras de ver en el cine de Estados Unidos dados más que nada a la grandilocuencia de lo digital. Estaríamos presente a un film de primer nivel si no fuera por la última media hora en que la trama se despeña por la racionalidad absurda que empaña lo que estaba llamada a convertirse en la mezcla sicológico-amorosa más llamativa de los últimos años.En su esfuerzo por sincerarse, el director logra develar la extrema ingenuidad femenina como un trazo poético librado a su suerte de un disparo al aire.
Nicole Kidman interpreta a Anna, una viuda que después de diez años deja a un lado el luto para reemprender su vida con el anuncio en una comida familiar de su nuevo compromiso con Joseph (Danny Huston). En medio de la velada aparece un niño de diez años que pide a Anna que no se case pues dice ser la reencarnación de su difunto marido.
Lo que comenzó como una jugarreta infantil dio paso a la creencia fervorosa de la vuelta a la vida de Sean. El director Jonathan Glazer logra plasmar en cada gesto de la Kidman el resurgimiento del amor idealizado que siente por su ex marido (luego se sabrá que nunca fue tan ideal), imagen depurada que la deposita en el niño que tampoco era motivado por las intenciones más excelsas. Más que reencarnación es la historia de una mujer atormentada por sus faltas emocionales porque cuando creía restablecer su vida sentimental, ésta se desfigura lentamente en una larga secuencia en primer plano mientras presenciaba una obra de ballet.
El ritmo lento de la película nos adentra en una trama envolvente sostenida por las interpretaciones consistentes de los actores pero en especial de Nicole Kidman, creíble en su amor hacia el niño, y Lauren Bacall como la estricta e impositiva matriarca. Ambas ya se habían encontrado en Dogville, otra gran obra llevada al cine.
Las secuencias de una mujer adulta y un niño metidos en una bañera desnudos, sólo despiertas suspicacias en la polémica opinión de los círculos conservadores norteamericanos quienes criticaron el pregón que hacían de una relación pedófila. Creo más bien que se trató de una articulada campaña publicitaria.
El ritmo, las actuaciones, los tonos plateados del frío invierno plasmaron en el celuloide imágenes de una elegancia y textura raras de ver en el cine de Estados Unidos dados más que nada a la grandilocuencia de lo digital. Estaríamos presente a un film de primer nivel si no fuera por la última media hora en que la trama se despeña por la racionalidad absurda que empaña lo que estaba llamada a convertirse en la mezcla sicológico-amorosa más llamativa de los últimos años.En su esfuerzo por sincerarse, el director logra develar la extrema ingenuidad femenina como un trazo poético librado a su suerte de un disparo al aire.
4/08/2005
Solidaridad sobre ruedas
Caminaba por una céntrica calle de Antofagasta en 1999. Fue para una Navidad y el ambiente bullía de pasos, paquetes y papeles de regalo lo que hacía insostenible el tránsito peatonal y los autos se sumaban a este frenesí. En eso andaba cuando me distrae la discusión entre un hombre y una mujer de unos cincuenta años al lado de un menor que los miraba con tristeza, expectante de lo peor. Supongo que era su hijo.
La imagen me quedó en la retina de la memoria no sólo como el fiel reflejo de la inutilidad de una fecha, sino más bien como el sinsentido de trastocar en ciento ochenta grados los valores cristianos de austeridad y paz. Y peor aún, veo que cada año los viejos estandartes de solidaridad se diluyen. A propósito de un discurso que escuchaba en la radio por la muerte del Papa Juan Pablo II quien, en su visita a Chile en 1987, hablaba acerca de la misión que tiene el hombre de los nuevos tiempos para realizarse en la medida de sus potencialidades productivas. Finalizaba su discurso en Talcahuano con la palabra ‘amor’.
Los tratados cristianos ha adoptado la problemática social tanto como el cine de mediados de siglo pasado. En lo que llamaron el neorrealismo italiano el realizador Vittorio de Sica se amparó en esta temática y en una bicicleta, las mismas que usan los trabajadores de China, María Elena u Holanda para transportarse. El Ladrón de Bicicletas logró remecer las bases de nuestra moral.
El valor humano es incorruptible al tiempo. Pero no ocurrió lo mismo con la bicicleta de Antonio Ricci, un albañil que para conseguir empleo en la Roma de la posguerra debía contar con el preciado vehículo. Su esposa tuvo que empeñar las sábanas para juntar el dinero necesario y comprarla, pero en su primer día de trabajo se la roban y entonces comienza la búsqueda en compañía de su hijo Bruno de nueve años de edad.
Los diálogos aparecen con discreción para narrar mediante el impacto de las imágenes todo el desamparo de un hombre subyugado por la impotencia de conseguir su bicicleta y las calles atestadas por una sociedad indolente. La escena de la iglesia toma el caso y lo hace injusto. La música se vuelve cómplice en la intimidad de los personajes durante los largos paseos o al final cuando el hijo toma la mano del padre despreciado aceptándolo en su condición de padre/dios y padre/miserable.La Asociación Lucana del Norte (Fono 314574) expuso la película en original (la traducida al español aparece con una voz en off que le resta poesía) que forma parte de un ciclo de cine llamado a preservar la memoria de este arte como crítica vigente al comportamiento de las masas y en rescate a un sentimiento expuesto con escasa gratuidad.
La imagen me quedó en la retina de la memoria no sólo como el fiel reflejo de la inutilidad de una fecha, sino más bien como el sinsentido de trastocar en ciento ochenta grados los valores cristianos de austeridad y paz. Y peor aún, veo que cada año los viejos estandartes de solidaridad se diluyen. A propósito de un discurso que escuchaba en la radio por la muerte del Papa Juan Pablo II quien, en su visita a Chile en 1987, hablaba acerca de la misión que tiene el hombre de los nuevos tiempos para realizarse en la medida de sus potencialidades productivas. Finalizaba su discurso en Talcahuano con la palabra ‘amor’.
Los tratados cristianos ha adoptado la problemática social tanto como el cine de mediados de siglo pasado. En lo que llamaron el neorrealismo italiano el realizador Vittorio de Sica se amparó en esta temática y en una bicicleta, las mismas que usan los trabajadores de China, María Elena u Holanda para transportarse. El Ladrón de Bicicletas logró remecer las bases de nuestra moral.
El valor humano es incorruptible al tiempo. Pero no ocurrió lo mismo con la bicicleta de Antonio Ricci, un albañil que para conseguir empleo en la Roma de la posguerra debía contar con el preciado vehículo. Su esposa tuvo que empeñar las sábanas para juntar el dinero necesario y comprarla, pero en su primer día de trabajo se la roban y entonces comienza la búsqueda en compañía de su hijo Bruno de nueve años de edad.
Los diálogos aparecen con discreción para narrar mediante el impacto de las imágenes todo el desamparo de un hombre subyugado por la impotencia de conseguir su bicicleta y las calles atestadas por una sociedad indolente. La escena de la iglesia toma el caso y lo hace injusto. La música se vuelve cómplice en la intimidad de los personajes durante los largos paseos o al final cuando el hijo toma la mano del padre despreciado aceptándolo en su condición de padre/dios y padre/miserable.La Asociación Lucana del Norte (Fono 314574) expuso la película en original (la traducida al español aparece con una voz en off que le resta poesía) que forma parte de un ciclo de cine llamado a preservar la memoria de este arte como crítica vigente al comportamiento de las masas y en rescate a un sentimiento expuesto con escasa gratuidad.
4/01/2005
Mensajes en el aire
Un policía corrupto increpa al periodista cómplice porque encontró que se había extralimitado en sus dichos en una nota televisiva. “Es que a esta hora mi abuela acostumbra ver las noticias por televisión”, responde el periodista absorto en los billetes que cuenta uno a uno mientras fuma. Si a esta típica escena gangsteril, agregamos la rutilante atmósfera que rodea la industria del cine de los años 30, más la personalidad excéntrica de un empresario obsesivo, sólo podía salir de Scorsese El Aviador.
Generalmente el cine ha valorado las huellas que dejaron en la historia novelistas, pintores y otros artistas, pero esta vez las cámaras rescataron la vida de Howard Hughes, un exitoso empresario que da rienda suelta a su pasión por los aviones retratándolos él mismo con su filmadora, además de quebrantar con la irrupción de una nueva línea aérea la hegemonía que ostentaba en ese entonces Pan Am.
Se trata de un film sin errores de orden técnico, pero carente de sobresaltos en la diégesis que dejen para la posteridad un recuerdo vívido de parte del guión o una escena artísticamente singular. Porque al fin y al cabo Martín Scorsese se militó a resucitar la vida correcta de un hombre que luchó contra el soborno de un senador y el monopolio de una industria en expansión.
Al ingenio en la constante búsqueda por mejorar su negocio y encontrar el punto ideal de una obra de arte que conmoviera las masas, se contrapone la personalidad contradictoria que abarca la segunda parte de la película. Los colores se atenúan, la asepsia del desierto da paso a las profundidades oscuras del verde bosque como escenarios suficientes para extrapolarnos hacia la obsesiva intención por librarse de los gérmenes y las enfermedades que lo circundan, un rasgo común en las personas en extremo perfeccionistas.
Si Ángeles del Infierno, la ópera prima de Hughes, pasó en la historia del cine sin pena ni gloria, no fue el caso para las diferentes relaciones sentimentales que sostuvo con Jean Harlow, Ginger Rogers, Katharine Hepburn o Ava Gadner. Destacable actuación de Cate Blanchet en la personificación de la Hepburn, con la salvedad que el director da por todos conocidos quiénes fueron estas luminarias al nombrarlas sólo por sus nombres de pila. Craso error.La frase dejada para el final “el camino del futuro” nos retrotraen al “Rosebud” de Ciudadano Kane como hilo conductor de un hombre devorado por la fiebre productiva de Estados Unidos al comenzar el siglo 20. Sin alcanzar la propiedad que ha dado el tiempo a La Lista de Schindler, El Aviador logró planear con decoro en un día despejado sobre los campos de la corrupción.
Generalmente el cine ha valorado las huellas que dejaron en la historia novelistas, pintores y otros artistas, pero esta vez las cámaras rescataron la vida de Howard Hughes, un exitoso empresario que da rienda suelta a su pasión por los aviones retratándolos él mismo con su filmadora, además de quebrantar con la irrupción de una nueva línea aérea la hegemonía que ostentaba en ese entonces Pan Am.
Se trata de un film sin errores de orden técnico, pero carente de sobresaltos en la diégesis que dejen para la posteridad un recuerdo vívido de parte del guión o una escena artísticamente singular. Porque al fin y al cabo Martín Scorsese se militó a resucitar la vida correcta de un hombre que luchó contra el soborno de un senador y el monopolio de una industria en expansión.
Al ingenio en la constante búsqueda por mejorar su negocio y encontrar el punto ideal de una obra de arte que conmoviera las masas, se contrapone la personalidad contradictoria que abarca la segunda parte de la película. Los colores se atenúan, la asepsia del desierto da paso a las profundidades oscuras del verde bosque como escenarios suficientes para extrapolarnos hacia la obsesiva intención por librarse de los gérmenes y las enfermedades que lo circundan, un rasgo común en las personas en extremo perfeccionistas.
Si Ángeles del Infierno, la ópera prima de Hughes, pasó en la historia del cine sin pena ni gloria, no fue el caso para las diferentes relaciones sentimentales que sostuvo con Jean Harlow, Ginger Rogers, Katharine Hepburn o Ava Gadner. Destacable actuación de Cate Blanchet en la personificación de la Hepburn, con la salvedad que el director da por todos conocidos quiénes fueron estas luminarias al nombrarlas sólo por sus nombres de pila. Craso error.La frase dejada para el final “el camino del futuro” nos retrotraen al “Rosebud” de Ciudadano Kane como hilo conductor de un hombre devorado por la fiebre productiva de Estados Unidos al comenzar el siglo 20. Sin alcanzar la propiedad que ha dado el tiempo a La Lista de Schindler, El Aviador logró planear con decoro en un día despejado sobre los campos de la corrupción.
3/30/2005
3/18/2005
Un patio de rosas
Un ejemplo de belleza desprovista de artificios sin perder por ello su aura casi sobrenatural aparecía en un comercial de los ochenta donde una ninfa deambulaba por el bosque para terminar en un descampado bebiendo un conocido yogurt. Podría ser que “María llenas eres de gracia” repitiera aquella impresión angelical en estos días previos a la Semana Santa.
Dejando de lado las vestimentas etéreas de la Grecia clásica, los bluyines y las joyas de fantasía componen la ornamenta sencilla de María, una joven de 17 años poseedora de la hermosura seria que deja la resignación a la miseria sabiendo que la situación puede ser otra en un pueblo mexicano que subsiste con la plantación de rosas y el trabajo infrahumano a que son sometidas las lugareñas en una maquila de exportación.
Allí trabaja María con todo un porvenir que vislumbra en el horizonte desde el techo de una vivienda. Para ello cuenta sólo con el orgullo, la joya que guarda toda mujer pobre. Con un retrato bastante bajo para el macho latino (María sustenta un hogar de tres mujeres y es embarazada por alguien que no la ama) la cinta se sustenta en la fuerza interpretativa de la joven sin mediar el sexo para sobrevivir. Tanto argumento fatalista daría para un melodrama tantas veces visto en las telenovelas sudamericanas, si no fuera por la actuación de Catalina Sandino y el tratamiento descarnado al tráfico de drogas de las “mulas”.
Esta obra cuasi periodística recrea el mundo de las mujeres rebajadas a la categoría de animal para burlar los sofisticados métodos de detección de drogas en las fronteras de Estados Unidos. Es la vida degradada al máximo con tal de salvar las cápsulas de látex contenedores del mortal alucinógeno y que engullen las humildes mujeres mexicanas. Y en medio de todo eso, la vida que renace en el vientre de María y el futuro que se abre ante ella sobre la losa fría del desarraigo.
Escasea la solidaridad en el latinoamericano incapaz de hablar su lengua materna para ayudar a la forastera en una gasolinera. Por ello cuesta creer que los narcotraficantes, después de actuar con extrema violencia con Lucy, una de las mulas que retrata uno de los episodios más apremiantes del viaje hacia la ‘tierra de las oportunidades’, se comporten ante María y su amiga con tanta indulgencia.Así como un mismo invento aflora desde puntos distantes, esta obra refuerza la novela 2666 que nos legó Roberto Bolaño y que relata el asesinato de varias mujeres en Ciudad Juárez. Envueltos en el enajenamiento del lucro fácil, vale la pena ver este film realista y violento que solidariza con la esperanza de un mañana más justo.
Dejando de lado las vestimentas etéreas de la Grecia clásica, los bluyines y las joyas de fantasía componen la ornamenta sencilla de María, una joven de 17 años poseedora de la hermosura seria que deja la resignación a la miseria sabiendo que la situación puede ser otra en un pueblo mexicano que subsiste con la plantación de rosas y el trabajo infrahumano a que son sometidas las lugareñas en una maquila de exportación.
Allí trabaja María con todo un porvenir que vislumbra en el horizonte desde el techo de una vivienda. Para ello cuenta sólo con el orgullo, la joya que guarda toda mujer pobre. Con un retrato bastante bajo para el macho latino (María sustenta un hogar de tres mujeres y es embarazada por alguien que no la ama) la cinta se sustenta en la fuerza interpretativa de la joven sin mediar el sexo para sobrevivir. Tanto argumento fatalista daría para un melodrama tantas veces visto en las telenovelas sudamericanas, si no fuera por la actuación de Catalina Sandino y el tratamiento descarnado al tráfico de drogas de las “mulas”.
Esta obra cuasi periodística recrea el mundo de las mujeres rebajadas a la categoría de animal para burlar los sofisticados métodos de detección de drogas en las fronteras de Estados Unidos. Es la vida degradada al máximo con tal de salvar las cápsulas de látex contenedores del mortal alucinógeno y que engullen las humildes mujeres mexicanas. Y en medio de todo eso, la vida que renace en el vientre de María y el futuro que se abre ante ella sobre la losa fría del desarraigo.
Escasea la solidaridad en el latinoamericano incapaz de hablar su lengua materna para ayudar a la forastera en una gasolinera. Por ello cuesta creer que los narcotraficantes, después de actuar con extrema violencia con Lucy, una de las mulas que retrata uno de los episodios más apremiantes del viaje hacia la ‘tierra de las oportunidades’, se comporten ante María y su amiga con tanta indulgencia.Así como un mismo invento aflora desde puntos distantes, esta obra refuerza la novela 2666 que nos legó Roberto Bolaño y que relata el asesinato de varias mujeres en Ciudad Juárez. Envueltos en el enajenamiento del lucro fácil, vale la pena ver este film realista y violento que solidariza con la esperanza de un mañana más justo.
3/11/2005
Sones de África
Quienes creían no conocer la música del cantante y pianista norteamericano Ray Charles, de seguro comenzarán a identificar varios de los temas que aparecen en Ray, la galardonada película de Taylor Hackford en la última entrega de los premios Oscar.
Pues el mayor de los méritos de este film se halla en la banda sonora que utiliza la voz original del cantante como uno de los legados más importantes que dio la comunidad negra de Estados Unidos al mundo: el soul. Aquellas melodías sufrientes de la esclavitud que nació a mediados del siglo 19, pero que en los primeros quince años del siglo pasado Charles las perfeccionara añadiéndoles un contenido menos religioso y más sensual.
Por ello es una lástima que la cinta no tradujera los temas que, por cierto, tienen un papel fundamental en la secuencia de la historia. Una trama que se basa en los decisivos siete primeros años en la vida del cantante en donde, a medida que va perdiendo la visión, adquiere las enseñanzas férreas de su joven madre para valerse por si mismo.
Todo se traduce en mostrar la ascendente carrera del artista al incorporar innovaciones en las melodías, incluyendo la genial experiencia de componer algunos de sus temas en medio de una presentación en público y obligar al coro a seguir la marcha de su desenfrenada imaginación. A esta capacidad evolutiva le sigue una persistente degradación personal por el abuso de las drogas y las relaciones extramaritales.
Con una adecuada ambientación de los años veinte, pasando por los sesenta, el film recae en tópicos comunes que bien podrían ser utilizados en biografías de grandes artistas como Elvis Presley o Jim Morrison, con la salvedad que Charles escapa a la muerte prematura para fallecer recién el 2004 a los 74 años.
Con un destacado elenco, la cinta se mueve con sutileza en el mundo del abuso y la manipulación sin incorporar a gente blanca como antagonistas. Salvo la poca originalidad en la puesta en escena, el director muestra con maestría a un Ray Charles capaz de doblegar la mano al destino comenzando por abandonar a una amante interesada más en su dinero que en su propio bienestar.Es la vida de una constante lucha por quienes se amparan en lo establecido y los prejuicios de quienes no comen ni dejan comer dando codazos contra cualquier atisbo de innovación. En Ray la historia de la música toma un nuevo curso según el ritmo del corazón de una gran mayoría y Charles fue sólo un portavoz, el artista que hizo del ritmo afroamericano un baluarte de superación para las generaciones del rock y el pop que estaban por venir.
Pues el mayor de los méritos de este film se halla en la banda sonora que utiliza la voz original del cantante como uno de los legados más importantes que dio la comunidad negra de Estados Unidos al mundo: el soul. Aquellas melodías sufrientes de la esclavitud que nació a mediados del siglo 19, pero que en los primeros quince años del siglo pasado Charles las perfeccionara añadiéndoles un contenido menos religioso y más sensual.
Por ello es una lástima que la cinta no tradujera los temas que, por cierto, tienen un papel fundamental en la secuencia de la historia. Una trama que se basa en los decisivos siete primeros años en la vida del cantante en donde, a medida que va perdiendo la visión, adquiere las enseñanzas férreas de su joven madre para valerse por si mismo.
Todo se traduce en mostrar la ascendente carrera del artista al incorporar innovaciones en las melodías, incluyendo la genial experiencia de componer algunos de sus temas en medio de una presentación en público y obligar al coro a seguir la marcha de su desenfrenada imaginación. A esta capacidad evolutiva le sigue una persistente degradación personal por el abuso de las drogas y las relaciones extramaritales.
Con una adecuada ambientación de los años veinte, pasando por los sesenta, el film recae en tópicos comunes que bien podrían ser utilizados en biografías de grandes artistas como Elvis Presley o Jim Morrison, con la salvedad que Charles escapa a la muerte prematura para fallecer recién el 2004 a los 74 años.
Con un destacado elenco, la cinta se mueve con sutileza en el mundo del abuso y la manipulación sin incorporar a gente blanca como antagonistas. Salvo la poca originalidad en la puesta en escena, el director muestra con maestría a un Ray Charles capaz de doblegar la mano al destino comenzando por abandonar a una amante interesada más en su dinero que en su propio bienestar.Es la vida de una constante lucha por quienes se amparan en lo establecido y los prejuicios de quienes no comen ni dejan comer dando codazos contra cualquier atisbo de innovación. En Ray la historia de la música toma un nuevo curso según el ritmo del corazón de una gran mayoría y Charles fue sólo un portavoz, el artista que hizo del ritmo afroamericano un baluarte de superación para las generaciones del rock y el pop que estaban por venir.
2/18/2005
Temprana Soledad
Expuestos a la imagen victoriana, fantasmal, de árboles desnudos y el sonsonete de un búho en las penumbras grises de un atardecer inglés o chilote, es imposible no sustraerse al imaginario que ya es estampa indeleble en las creaciones de Tim Burton. Como todo buen discípulo, Brad Silberling adaptó tres cuentos de Lemony Snicket para armar su no menos gótico “Lemony Snicket: una serie de eventos desafortunados”.
En esta extraña mezcla de drama y humor, el film cumple con la mayoría de los requisitos que exige la arquitectura de un buen cuento: una moraleja, una historia sencilla, envolvente y de final impredecible, que es el único factor que se pierde en las tinieblas de sus decorados.
Tres niños crecen al abrigo de sus padres armando sus personalidades con una marcada diferencia. Violet, la hija mayor, dedicada a las ciencias, Klaus como lector voraz de una monumental biblioteca y la más pequeña, Sunny, retratada sólo con la peculiar costumbre de mascar todo cuanto encuentre a su paso. Esta breve explicación se encuentra en el film narrada en off, mientras los tres hermanos yacen a las orillas de una playa donde reciben la visita intempestiva del señor Poe para comunicar la muerte de sus padres en un incendio que consumió la casa en que vivían.
En la búsqueda de conseguir un familiar que se haga cargo de los niños hasta cumplir la mayoría de edad, uno de los tíos, el conde Olaf (Jim Carrey), intentará por todos los medios quedarse con la tutela al saber de una cuantiosa herencia que hay detrás. Los niños alcanzan a estar en las casas de tres lejanos parientes con las actuación siempre rescatable de Meryl Streep como la temerosa tía Josephine.
Por qué será que desde los comienzos de la era industrial, los cuentistas retoman una y otra vez la temática del niño huérfano para adentrarse en los laberintos de la ambición humana. Así, en esta producción no escapa al hecho de contar con un Carrey que aporta con su buena cuota de humor negro, bastante histriónico, en el drama de los sin hogar.
A pesar de tener un final predecible, la obra deja cabos sin resolver como, por ejemplo, cuál fue el motivo para que el difunto marido de tía Josephine investigara la causa del incendio y cómo llegó a elaborar el ojo dibujado sobre una ventana.La enseñanza es clara desde que los hermanos se refugiaran en una impostada carpa armada en medio de una lúgubre habitación, creando un pequeño santuario donde ser felices. Es el ideal de la fortaleza interior que es retomada con el recibimiento de un catalejos como costumbre familiar y símbolo para mirar más allá de las eventuales circunstancias desafortunadas de la vida.
En esta extraña mezcla de drama y humor, el film cumple con la mayoría de los requisitos que exige la arquitectura de un buen cuento: una moraleja, una historia sencilla, envolvente y de final impredecible, que es el único factor que se pierde en las tinieblas de sus decorados.
Tres niños crecen al abrigo de sus padres armando sus personalidades con una marcada diferencia. Violet, la hija mayor, dedicada a las ciencias, Klaus como lector voraz de una monumental biblioteca y la más pequeña, Sunny, retratada sólo con la peculiar costumbre de mascar todo cuanto encuentre a su paso. Esta breve explicación se encuentra en el film narrada en off, mientras los tres hermanos yacen a las orillas de una playa donde reciben la visita intempestiva del señor Poe para comunicar la muerte de sus padres en un incendio que consumió la casa en que vivían.
En la búsqueda de conseguir un familiar que se haga cargo de los niños hasta cumplir la mayoría de edad, uno de los tíos, el conde Olaf (Jim Carrey), intentará por todos los medios quedarse con la tutela al saber de una cuantiosa herencia que hay detrás. Los niños alcanzan a estar en las casas de tres lejanos parientes con las actuación siempre rescatable de Meryl Streep como la temerosa tía Josephine.
Por qué será que desde los comienzos de la era industrial, los cuentistas retoman una y otra vez la temática del niño huérfano para adentrarse en los laberintos de la ambición humana. Así, en esta producción no escapa al hecho de contar con un Carrey que aporta con su buena cuota de humor negro, bastante histriónico, en el drama de los sin hogar.
A pesar de tener un final predecible, la obra deja cabos sin resolver como, por ejemplo, cuál fue el motivo para que el difunto marido de tía Josephine investigara la causa del incendio y cómo llegó a elaborar el ojo dibujado sobre una ventana.La enseñanza es clara desde que los hermanos se refugiaran en una impostada carpa armada en medio de una lúgubre habitación, creando un pequeño santuario donde ser felices. Es el ideal de la fortaleza interior que es retomada con el recibimiento de un catalejos como costumbre familiar y símbolo para mirar más allá de las eventuales circunstancias desafortunadas de la vida.
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